Samarcanda, de Amin Maalouf

Publicado el 14 febrero 2011 por Flenning

Varias veces, a lo largo del viaje que propone Maalouf, pensé en la idea de la obsesión y en cómo la idea recurrente puede proyectarnos desde la Monotonía hasta la Esperanza.

Perdón, pero... ¿Qué monotonía?, ¿qué esperanza?

Probablemente el autor, obsesionado por la reconstrucción histórica, ha trazado un camino a Samarcanda y ha sentado a sus personajes incomprensibles o incomprendidos, ─son unos personajes muy diferentes, pero cada uno representa un aspecto eterno del alma persa─ en su habitual estado de somnolencia a preguntarse:




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Samarcanda
«… ¿Qué queda de la ciudad que antaño se elevaba aquí? No hablemos de los hombres, son las más efímeras de las criaturas, pero ¿qué queda de su civilización? ¿Qué reino ha subsistido, qué ciencia, qué ley, qué verdad? Nada. […]» «… Lo que queda de una ciudad es la mirada indiferente que habrá posado sobre ella un poeta medio borracho. […]»
«… ¿Habrá existido realmente? ¿Era otra cosa que el fruto de mis obsesiones orientales? […]».

Insisto... ¿Qué monotonía?, ¿qué esperanza?

La monotonía que se embosca en el sol de media tarde en las lejanas Constantinopla, Ispahán o Tabriz. La monotonía de la muerte en Alamut. La monotonía de los turbantes grises o la monotonía de las sombras del desierto sin sombras.

La perfecta esperanza del álgebra. La esperanza de ignorarlo todo y, aun así, ser sabio:

«… ¡Jayyám, si pudieras ver el bello instante que se nos ha otorgado vivir! […]».

La esperanza de hallar el manuscrito que rescate la cultura de Oriente. La esperanza de recuperarse dando.

«… ¡El texto auténtico de Jayyám! Esas pinturas, esos adornos… ¡Es inestimable! ¿Más de mil cien tumanes? […] ¡Infinitamente más! Te lo regalo, consérvalo. Te recordaré que Mirza Reza no vino a ti para recuperar su dinero, sino para recobrar su orgullo […]».

Después de leer Samarcanda, me pregunto, otra vez ¿cuál es mi obsesión y mi esperanza?


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