Revista Comunicación

Samsung es condenado a pagar USD $290 millones a Apple por daños

Publicado el 21 noviembre 2013 por On Fire @frekuraurbana

Samsung es condenado a pagar USD $290 millones a Apple por daños

Debido al proceso legal que enfrentó a Apple con Samsung por uso de patentes, hoy la surcoreana fue condenada a pagar USD $290 millones en daños por utilización de propiedad intelectual de la compañía de Cupertino en sus móviles. La orden fue entregada por un jurado en California que llegó a esta cifra tras el pedido inicial de los norteamericanos por USD $380 millones.

Samsung reconocía los daños, y los calculaba en USD $52 millones.

El monto compensatorio responde a un cálculo pendiente tras un dictamen que condenó a Samsung a pagar una cifra cercana a los USD $600 millones a Apple en una condena previa impuesta por la jueza californiana Lucy Koh durante un juicio muy mediático desarrollado en 2012.

Samsung ha negado sistemáticamente el uso de propiedad intelectual de Apple en este proceso, el que consideró en su momento de "un juicio racista".

Link: The Verge



ños» (Carlos Boyero, El País). «Las voces de los personajes levantan una radiografía del fracaso. Nos cuentan por qué han acabado sus ilusiones rotas. Nos dicen lo que está pasando hoy en la calle. En la orilla es la anatomía de la crisis. Refleja con maestría un mundo de derrotados que viven en una sociedad triste, movidos por las pulsiones del poder, el sexo y el dinero» (J.L. Martín Nogales, Diario de Navarra). «La literatura, como decía Adorno, es un reloj que adelanta. Pero también la mejor herramienta para comprender el mundo cuando la realidad se hace trizas. Ambas reglas se cumplen a rajatabla con los grandes autores. Y Rafael Chirbes lo es… Más de un lustro después de Crematorio, Chirbes regresa con la secuela de aquella memorable novela: En la orilla» (Matías Néspolo , El Mundo). «Rafael Chirbes, ha tardado décadas en abandonar su estatus de escritor secreto hasta llegar a esta consideración general de maestro que se ha ganado a golpe de rigor literario. No porque lo que hiciera antes no fuera excelente, sino porque se ha mantenido empecinadamente al margen de modas y capillitas» (Elena Hevia, El Periódico). «Apabullante… El arte de Chirbes para representar la realidad en sus aspectos más turbios y pantanosos es admirable… Libros como este explican el sentido que aún hoy tiene escribir literatura» (Domingo Ródenas, El Periódico).
Ficha del libro
Se aleja a toda prisa, aunque no puede reprimir la tentación de volverse un par de veces a mirar hacia el pedazo de carne corrompida, tendones y huesos con los que el perro negro juguetea otra vez entretenido en su tarea ante la mirada del pastor alemán, que ha regresado de su breve escapada y lo observa a un par de metros de distancia. Ahmed mira, sobre todo, los bultos oscuros y cubiertos de barro semihundidos en la charca. En su nerviosa escapada, aún tiene tiempo de descubrir, detrás de una de las dunas y ocultos por la maleza, los restos calcinados de un vehículo, cuya presencia amplifica el aire siniestro que, de pronto, ha adquirido el lugar. Se le corta la respiración. Se ahoga, nota los apresurados latidos en el pecho, en las sienes, en los pulsos, un zumbido en la cabeza. En alguna ocasión, Esteban le ha contado que los delincuentes utilizan las espesas aguas del pantano para arrojar armas utilizadas para cometer algún delito. Camina y mira, pero no consigue controlar los movimientos de los ojos, que parecen haber adquirido autonomía y moverse sin que él pueda elegir la dirección del foco: se vuelven de uno a otro lado, obligan a que vuelva hacia atrás la cabeza. Mira a pesar suyo, aunque ahora ya no se ocupa la mirada de los bultos, ni de los perros, sino de las sombras que parecen atisbar tras las cañas, en los repliegues del camino, en las irregularidades de los médanos. Lo confunde a cada paso el juego de sombras y contraluces, toma formas que le parecen presencias humanas. Se siente vigilado. Desde las dunas, desde el camino, desde los cañaverales situados al otro lado de la charca, incluso desde las laderas de las lejanas montañas, le parece que hay gente que contempla la escena. Sospecha que, esta mañana, mientras caminaba junto a la nacional, se ha convertido en objeto de atención de los chóferes con los que se ha cruzado, de las putas que lo han visto meterse por el camino del marjal, de los niños que jugaban ante las chabolas frente a las que ha cruzado al final de la avenida de La Marina, y en ese instante en el que querría borrarse de la mirada de todos ellos, se acuerda de que, con la precipitación, se ha dejado calzada entre las piedras la caña de pescar y la red hundida en el agua de la laguna y la cesta en la orilla, sobre la hierba. No puede abandonar sus pertenencias allí, sería fácil para un investigador identificar caña y red; sobre todo, la caña de pescar, que muy probablemente tiene aún pegada la etiqueta de la tienda de deportes de Misent en que la compró hace siete u ocho meses cuando empezó a venir a pescar con Esteban, así que corre entre los cañaverales de vuelta al sitio que acaba de abandonar (ahora sí, ahora está asustado de verdad, le tiembla todo el cuerpo), las hojas de las cañas le golpean con su filo cortante la cara, las mejillas, los párpados, le hacen daño. Cuando aparta las hojas, siente su filo en la palma de la mano. Piensa que, en cuanto rescate la caña de pescar, tiene que volver al punto de la carretera en que se ha citado con su amigo, pero sería una estupidez quedarse allí sentado junto a la cuneta, aguardando como de costumbre a la salida del camino, sembrando pistas en su contra, porque ya piensa así, pistas, como si asumiera una parte de culpabilidad. Decide que no puede quedarse allí esperando, pero que tampoco puede marcharse y que su amigo acabe metiéndose por el camino para buscarlo, y cualquiera pueda reconocer más adelante el coche, cuando se inicien las investigaciones que acabarán llegando (no, no, cálmate, pueden pasar meses antes de que alguien pise este rincón escondido, se dice), e identifiquen el viejo Ford Mondeo de más de quince años de antigüedad: llaman la atención su lamentable estado de mantenimiento, sus puertas abolladas y la pintura roída, los alambres que sostienen el parachoques trasero. Además, está el vehículo carbonizado, bastante a la vista, en la ladera del médano, y alguien denunciará las desapariciones, se harán rastreos, aunque vete a saber de quiénes serán esos cuerpos. Probablemente, emigrantes como él mismo, gente de paso, mafiosos que han caído víctimas de un ajuste de cuentas: marroquíes, colombianos, rusos, ucranianos, rumanos. Quizá un par de putas degolladas por sus proxenetas por las que nadie se moleste en preguntar.  Decide ponerse a caminar por la carretera, de vuelta a La Marina, y confiar en que Rachid lo vea desde el coche. Aunque quisiera, no podría estarse quieto. Da algunos pasos en dirección a Misent, para desandarlos precipitadamente, mira con ansiedad los coches que pasan junto a él, y espera nervioso el de Rachid como si meterse en el coche de su amigo fuera entrar en un refugio, desvanecerse sentado, los brazos extendidos, la respiración controlada, apoyada la cabeza en el reposacabezas, o la mejilla rozando el vidrio frío de la ventanilla, relajarse hasta desaparecer: utiliza ese mecanismo psicológico que consigue que los niños se crean invisibles cuando se ponen la mano ante los ojos: si no ves, no eres visto. Acomodarse junto al conductor en el asiento del Mondeo es la prueba de que él nada tiene que ver con aquella mano corrompida, con los bultos apestosos hundidos en el barro, con los hierros del coche carbonizado; después de relajarse hasta desaparecer en el asiento del Mondeo de Rachid, un par de kilómetros más adelante, en el cruce de la avenida de La Marina, bajará el cristal, y asomado a la ventanilla, el cortante aire crepuscular golpeándole el rostro, tendrá la seguridad de que no ha visto nada. Será un pasajero más de los miles que circulan cada día por la nacional 332, gente que se concentra unos instantes en ese tramo superpoblado y luego se pierde por los capilares del tráfico en dirección a cualquiera de las pequeñas poblaciones vecinas o que sigue su recorrido hasta cualquier rincón de Europa. En esos momentos, lo único que piensa es que no tiene que contarle a nadie lo que ha visto (¿ni siquiera a Rachid, que, en cuanto lo tenga al lado, se dará cuenta de que algo le ha ocurrido?: ¿por qué no me has esperado en el camino? Te veo preocupado, ¿ha ocurrido algo?), y, sin embargo, necesita contárselo cuanto antes a alguien; porque hasta que no se lo cuente a alguien, no podrá quedarse tranquilo: sólo compartiendo el miedo llegará a despegarlo de sí. Se acerca a la salida del camino, disminuye la velocidad de la carrera hasta convertirla en un paso normal. Se detiene un momento para abrir la cesta y tirar a la cuneta los peces que ha capturado y le repugnan. Los imagina mordiendo con sus bocas ávidas la carroña. Tiene ganas de vomitar. La laguna, que cuando él llegó parecía una colada de acero al blanco, ahora muestra una delicada suavidad, reflejos de oro viejo. Destila brillante cobre en las puntas de agua que levanta el viento.
La universidad cercada de Álvaro Delgado-Gal, Jesús Hernández y Xavier Pericay
Novedades, marzo de 2013: Anagrama (I)
ISBN 978-84-339-6352-9 PVP con IVA 19.90 € Nº de páginas 392 Colección  Argumentos
¿Qué le pasa a nuestra universidad? Se habla de cómo incidirá en ella el Plan Bolonia. Se establecen incluso distinciones pertinentes entre lo que este plan se proponía y la aplicación que de él hacen nuestras universidades. Se destaca, con razón, que la crisis proyectará al extranjero a muchos profesionales en cuya formación se han invertido cantidades ingentes de tiempo y recursos. Pero a nuestra universidad le ocurría ya algo antes de que estas novedades vinieran a complicar un cuadro complejo, más bien sombrío. Y ahora está cercada por diversos peligros, que se perfilan cada día. Este libro, coordinado por Jesús Hernández con la colaboración de Álvaro Delgado-Gal y Xavier Pericay, es producto de una insólita y reciente constatación: muchos catedráticos eminentes desde el punto de vista académico, y con notable presencia en la vida cultural española, se habían acogido a las jubilaciones anticipadas que las universidades ofrecían. Esto sólo podía explicarse a partir de dos supuestos: una profunda insatisfacción con el régimen interno de la institución y la existencia de serias dudas sobre lo que ahora significa la universidad para el resto de la sociedad. El volumen recoge los testimonios y reflexiones personales de algunos de esos catedráticos, y también de otros que han seguido en activo. Se propuso a los autores que escribieran sus textos con libertad, poniendo énfasis, si lo consideraban oportuno, en sus experiencias biográficas. El hecho de que se aprecie una convergencia notable entre los diagnósticos resulta tanto más revelador puesto que no se impuso un guión ni, por supuesto, un veredicto. Los autores son: Miguel Ángel Alario y Franco, Roberto L. Blanco Valdés, Francesc de Carreras, Fernando Checa Cremades, Antonio Fernández-Rañada, Carlos García Gual, Francisco García Olmedo, Román Gubern, Emilio Lamo de Espinosa, Amable Liñán, Jordi Llovet, Miguel Morey, José Luis Pardo, Víctor Pérez-Díaz, Manuel Pérez Ledesma, Leonardo Romero Tobar, Francisco Sosa Wagner y Gabriel Tortella. En conjunto, La universidad cercada viene a enriquecer una línea de pensamiento crítico que se remonta a Giner de los Ríos, pasa por Ortega y alcanza una síntesis ulterior en los escritos de Latorre. A partir de ahí tienen la palabra nuestros autores. 
Ficha del libro
5. HASTA HOY Cuando pedimos estos artículos la situación era, en la sociedad y en la universidad, mucho más satisfactoria que la de hoy. Desde entonces se ha acentuado sobremanera la llamada crisis y el gobierno (?) del PSOE ha sido sustituido por un gobierno (?) del PP. La investigación, que llevaba muchos años bailando entre ministerios que a su vez cambiaban de nombre, ha terminado por ser un apéndice con aire secundario. No hace falta mucha agudeza para adivinar que iremos a peor, quizá a mucho peor, no tanto porque vayan a desaparecer grupos de investigación sólidos, con muchos recursos e inercia, como porque muchos investigadores todavía jóvenes y de buen nivel que habían conseguido un modus vivendi aceptable (con los Ramón y Cajal, por ejemplo) se marchan ante la falta de perspectivas. Y además, dicho vulgarmente, la moral está por los suelos con las rebajas de sueldo, los despidos y las manifestaciones varias de un costumbrismo que, sin haberse ido del todo, vuelve con fuerza. Este último aspecto, el del tono vital, ha sido siempre importante en la educación en general, y en la universidad. Decía Giner que «En su aspecto general, de 1868 a 1874, presenta nuestra vida universitaria un comienzo de desarrollo interno que maravilla por lo rápido, y al cual no ha vuelto, ni con mucho, todavía».49 Un buen momento fue, qué duda cabe, el de la Segunda República, sobre todo con las experiencias de autonomía en las universidades Central de Madrid y Autónoma de Barcelona, evocadas por Latorre, en las que cristaliza en cierto modo el Madrid de los años veinte (Ortega, Revista de Occidente, la Residencia de Estudiantes) y otras análogas en Barcelona. Hay que  acordarse,  también,  de  los  estupendos  maestros  (¡y  maestras!) que formó la República en los cursillos del año 33. Tal vez el mejor momento para la universidad, después de la guerra civil, fuera, tras lalenta y tortuosa recuperación de tantas cosas elementales en los sesenta y setenta, la llegada al ministerio, tras la victoria por mayoría absoluta del PSOE en 1982, de un equipo intelectualmente solvente, encabezado por Jose María Maravall, que introdujo mejoras sustanciales y creó un ambiente esperanzador. De cómo han ido las cosas desde entonces hablan nuestros autores. La enseñanza secundaria ha sufrido cambios muy grandes en los últimos decenios, no sólo en España, con efectos muy visibles, pero muy discutidos, con autoelogios de los patrocinadores y denuncias de quienes han conseguido conservar el sentido común y el decoro intelectual. No es éste lugar para análisis pormenorizados, y remitimos a los libros de Savater,50 Moreno Castillo,51 y Pericay,52 pero sí queremos señalar que el proceso que tiene lugar en la universidad española es hasta  cierto punto semejante, y que el llamado Plan Bolonia, y su versión castiza (lo que Sosa llama Chamberí), es su signo más notorio. Con respecto a la primera, un profesor de filosofía francés, Jean-Claude Michéa, ha escrito un libro53 del que se han hecho eco entre nosotros Fernando Savater y José Luis Pardo. En él se analiza lo sucedido en términos de la evolución del capitalismo global en su camino hacia el siglo XXI y de la «escuela de la ignorancia» que a éste parece convenir y trata de desarrollar e imponer. No hay que compartir todos los análisis de Michéa para aceptar que puede haber algo (o mucho) de verdad en lo que dice y que sus argumentos pueden extenderse, con las modificaciones que sean del caso, a nuestra universidad y al Plan Bolonia (y Chamberí).
La eliminación de Rithy Panh y Christophe Bataille
Novedades, marzo de 2013: Anagrama (I)
ISBN 978-84-339-2599-2 PVP con IVA 18.90 € Nº de páginas 224 Colección  Crónicas Traducción Joan Riambau
«A los trece años –dice Rithy Panh–, perdí a toda mi familia en pocas semanas... Todos ellos barridos por la crueldad y la locura de los jemeres rojos. Me quedé sin familia. Me quedé sin nombre. Me quedé sin rostro. Y fue así como seguí con vida, porque me había quedado sin nada.» Treinta años después del fin del régimen de Pol Pot, que causó la muerte de 1.7000.000 personas, el niño se ha convertido en un cineasta de prestigio. Decide entrevistar a uno de los grandes responsables de ese genocidio: Duch. La eliminación es el relato de esta confrontación fuera de lo común. Un gran libro que ha recibido el Premio Joseph Kessel, el Grand Prix de SGDL de l’Essai, el Premio Essai France Télévisions y el Premio Aujourd’hui. «Hay que leer La eliminación no como un deber sino como la necesidad absoluta de ponerle palabras a lo innombrable. » (H. Aubron, Le Magazine Littéraire). «En la línea de un Primo Levi o un Solzhenitsyn, el cineasta franco-camboyano Rithy Panh publica un testimonio excepcional» (Jean Christophe Buisson, Le Figaro). «Un gran libro. Un testimonio capital» (F. Busnel, L’Express).
Ficha del libro
Si hoy cierro los ojos, me acuerdo de todo. Los arrozales secos. La carretera que cruza el pueblo, cerca de Battambang. Hombres de negro contra el horizonte en llamas. Tengo trece años. Estoy solo. Si mantengo los ojos cerrados, veo el camino. Sé dónde se halla la fosa común, detrás del hospital de Mong, no tengo más que extender la mano: la fosa está justo delante de mí. Sin embargo, abro los ojos a tiempo. No veré esa nueva mañana, ni la tierra acabada de arar, ni la tela amarillenta con la que envolvemos los cuerpos. He visto muchos rostros, inmóviles, con muecas. He enterrado a muchos hombres con el vientre hinchado y la boca abierta. Dicen que sus almas errarán por toda la tierra. Yo también soy un hombre. Estoy lejos. Estoy vivo. Ya no conozco los nombres ni las fechas. El tan temido jefe que cabalgaba por la comarca; la mujer casada a la fuerza; los cuchitriles en los que dormí; los altavoces que vociferaban de buena mañana. Ya no sé nada. Lo que hiere carece de nombre. Hoy ya no busco la verdad sino la palabra. Quiero que Duch hable y se explique –sobre todo él–; que cuente la verdad; su trayectoria; lo que fue, lo que quiso o creyó ser, puesto que al fin y al cabo vivió, vive, fue un hombre e incluso fue un niño. Que al responder así, el hijo de comerciante incompetente y endeudado, el estudiante brillante, el profesor de matemáticas respetado por sus alumnos, el revolucionario capaz de citar a Balzac y Vigny, el dialéctico, el verdugo principal, el maestro en torturas, se encamine hacia la humanidad.
Una mujer desnuda de Lola Beccaria
Novedades, marzo de 2013: Anagrama (I)
ISBN 978-84-339-7714-4 PVP con IVA 7.90 € Nº de páginas 216 Colección Compactos
¿Cuál es el precio del afecto y en qué moneda hay que pagarlo? ¿Qué pesa más, una caricia o el haber tenido que vaciarnos para conseguirla? A la larga, es inevitable descubrir que algunas monedas pesan mucho más de lo que nos han dado a cambio de ellas. Perder en el cambio y acostumbrarse a esa pérdida es la lección que Martina Iranco, la protagonista de esta novela, aprende desde la infancia. Esta novela valiente habla de nuestra urgencia vital por conseguir el afecto, de cómo aprendemos a ganarlo; habla de la piel como lugar en el que se escribe el propio desarraigo, de darse cuenta al fin de que jugar a esconderse es un forma de vivir con las manos vacías. «Una de las mejores muestras de erotismo que he leído» (José María Pozuelo Yvancos, ABC). «Hermosamente perverso, transgresivo e inteligente» (L’Hebdo).
Ficha del libro
El adversario de Emmanuele Carrère
Novedades, marzo de 2013: Anagrama (I)
ISBN 978-84-339-7715-1 PVP con IVA 7.90 € Nº de páginas 176 Colección  Compactos Traducción Jaime Zulaika
El 9 de enero de 1993, Jean-Claude Romand mató a su mujer, sus hijos, sus padres e intentó, sin éxito, darse muerte. La investigación reveló que no era médico, tal como pretendía y, cosa aún más difícil de creer, tampoco era otra cosa. Mentía desde los dieciocho años. A punto de verse descubierto, prefirió suprimir a aquellos cuya mirada no hubiera podido soportar. Fue condenado a cadena perpetua. Este libro narra esta escalofriante historia real que es un viaje al corazón del horror. El resultado es una obra excepcional que ha sido comparada con A sangre fría de Truman Capote. «Excelente» (Soledad Puértolas). «Novela apasionante y reflexión de escalofrío» (David Trueba). «Un texto poderosísimo que sume al lector en el espanto» (Juana Salabert, La Razón).
Ficha del libro

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