Por José Luis Lanao
Sawe nació en 1995, en la aldea de Cheukta, entre la dureza de campos de maíz y esa pobreza endémica, salvaje, sin cicatrizar del hombre africano. Comenzó a practicar atletismo a los nueve años, y por entonces en la aldea ya se contaban historias de lugareños que habían perdido la vida intentando alcanzar Europa. Sebastian Sawe creció en ese imaginario colectivo. Podría haber subido a una “patera” o a un “cayuco”, pero no lo hizo. Muchos otros lo hicieron, y no regresaron. Y otros muchos tuvieron que volver con el lomo encorvado a los campos de maíz. Es que Europa es afilada.
El plusmarquista mundial renunció al abismo de este deseo, pero conoció la intolerancia y la crudeza de la discriminación pura y dura de las sociedades opulentas. Durante sus años de atleta en formación, varios países europeos le denegaron sistemáticamente los visados para residir y entrenar en el continente. El keniata pisó por primera vez Europa en 2022, como inmigrante “legal” (cabe preguntarse si alguna carne humana puede ser ilegal). Hace tan solo cuatro años lo contrataron por 500 euros para ser “liebre” de la media maratón de Sevilla. En los primeros 10 km ya se había quedado solo, y de “liebre” pasó a ganar la prueba con un registro extraordinario: 59:09. Así se ganó el derecho de competir con los mejores. Sawe pasó de correr descalzo a ser contratado por Adidas por unos cuantos millones de dólares. La multinacional ya prepara la salida al mercado global de su juego de zapatillas y todavía no ha amanecido. Es la voracidad del capital, amigo.
Se sabe que los ricos heredarán la Tierra y los pobres el lado oscuro de la Luna. Al hablar de ricos y pobres, el lenguaje popular los distingue: los pobres tienen hambre, los ricos tienen apetito; las joyas falsas que lucen los ricos parecen auténticas, y las auténticas que lucen los pobres siempre parecen falsas; los ricos al morir entregan su alma, los pobres sus últimos ahorros; los ricos asaltan los bancos a cara descubierta desde el despacho del CEO, los pobres lo hacen por la puerta de entrada con capucha y pistola de plástico; los ricos hablan por el celular con la mandíbula levantada dando órdenes, los pobres contestan mirando el suelo porque son los que obedecen. ¿Uno se pregunta quiénes se sentarán a la diestra de Dios Padre allá arriba?
Lo mejor de las religiones ultraliberales es que producen herejes.
José Luis Lanao - Periodista, exjugador de Vélez, clubes de España y campeón del Mundo 79.