Efectivamente, Tony Montana, nuestro entrañable mafioso encarnado por Pacino, pasa penurias en su ascenso a la cima del narcotráfico. Comienza como un refugiado político del régimen de Castro en EEUU, y en poco tiempo se codea con los grandes padrinos de la ciudad de Miami, con los cuales no tiene clemencia. Despiadadamente, hace cualquier cosa para alcanzar su sueño: poseer millones de dólares, mujeres, cocaína y champán. Todo pinta de lujo en la primera mitad del filme, cuando Montana consigue controlar todo el ciclo de la cocaína: desde su cultivo hasta su venta a particulares, todo es una tela de araña tejida por el poder de Tony. Sin embargo, este mundo ficticio se empieza a desmoronar. Montana no está a gusto con su situación, tiene todo aquello con lo que solo pudo soñar en la cárcel de Cuba, y no está satisfecho. Cobra sentido aquí el celebérrimo refrán que hemos oído desde niños: "No es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita", aunque yo prefiero la versión de Homer Simpson, metafórica y con su típico toque de humor absurdo: "Tendrá todo el dinero del mundo, pero hay algo que nunca podrá comprar, Marge, un dinosaurio". Desde aquí lanzo una oda a la gran sabiduría de Homer y que, ante prácticamente todos, pasa inadvertida.
Y no, esto no es todo. ¿Y los medios de comunicación, que nos lavan el cerebro y nos convierten en zombies y borregos, animales que obedecemos a rajatabla las doctrinas que nos imponen para así perpetuar esta comedia sin fin, esta derrota eterna, esta humillación sin final? ¿Es legítimo impedir que una persona se suicide con cada gramo de coca y permitir que todos seamos asesinados con cada minuto de visionado de la televisión? Esta, amigos, es la verdadera muerte, la pérdida de nuestra condición humana, la caída a la mediocridad.
Esta película me ha abierto nuevos horizontes en un tema que yo creía que había explorado hasta la saciedad. No son las mafias del narcotráfico y los asesinatos por ajuste de cuentas el verdadero enemigo, ni mucho menos. No son más que una cortina de humo que los caciques postran ante nuestros ojos para hacernos creer que la lucha es del bien contra el mal, pero lo que no sabemos es que quien se disfraza de bien es el verdadero mal, y a quienes hacen pasar por mal no son más que más víctimas del sistema que estos sinvergüenzas nos han impuesto desde arriba y que es imposible de revocar. El Gran Hermano nos observa, nos ciega, y nos controla, recordémoslo siempre.