Y ahí es donde falla la nueva novela de Houellebecq, un escritor que empieza a repetir demasiado sus temas y obsesiones. Tal y como le sucede al protagonista, Serotonina no encuentra nunca un camino propio y va dando tumbos en busca de una historia que se acaba convirtiendo en poco más que una colección de provocaciones fáciles. Es loable que el autor de Sumisión siga describiendo con tanta certeza los males de occidente y los peligros a los que los europeos nos enfrentamos en el futuro inmediato (la escena de la rebelión de los ganaderos es uno de los escasos aciertos del libro), pero eso no basta para sostener una narración respecto a la que el lector intuye desde el primer momento en qué va a derivar.
¿Se muere occidente tal y como no para de advertirnos Houellebecq? Quizá solo se esté transformando en algo no peor ni mejor que lo tradicional, sino diferente. En cualquier caso, lo que el protagonista, que ha vivido una existencia privilegiada, necesita, jamás lo encontrará con su actitud egoísta y casi ególatra: ese amor de una mujer rendida a sus pies, ese amor del pasado, idealizado, que se tiró a la basura de la manera más absurda y que hoy se torna irrecuperable. Así, solo queda pasar lo que resta de vida casi como un vegetal: sobreviviendo en hoteles, pero sin relaciones sociales, solo dejando transcurrir el tiempo para convencerse con más ímpetu a sí mismo de lo absurdo que es todo.