—¿Puedo quedarme contigo esta noche? Asiento. Quiero que se quede siempre.
Pero sus palabras y en especial su mirada me suenan a despedida e,
inexplicablemente, los ojos se me llenan de lágrimas. Eric me las seca, pero no habla. Después se levanta y me tiende la mano. Se la tomo y juntos vamos hasta mi habitación.
Una vez allí se desnuda mientras lo observo. Eric es grande, fuerte y sensual.
Su porte es soberbio y varonil y eso me humedece no sólo la boca.
En cuanto está desnudo, saca de debajo de mi almohada mi pijama del Demonio de Tasmania, se sienta en la cama y yo me acerco a él. Dejo que me desnude. Lo hace lentamente y con mimo, sin apartar sus ojos de los míos. Cuando me tiene
desnuda, se levanta y me abraza. Me abraza y me aprieta con delicadeza contra él y siento que, a pesar de todo lo grande que es, se refugia en mí.
Estamos desnudos. Piel con piel. Latido con latido.
Agacha su cabeza en busca de mi boca. Se la doy. Se la ofrezco. Soy suya sin que me lo pida.
Sus labios se posan sobre los míos con una exquisitez y una delicadeza que me pone toda la carne de gallina y después hace eso que tanto me gusta. Me pasa su lengua por el labio superior y después por el inferior, y cuando espero el ataque a mi boca hace algo que me sorprende. Me coge con las dos manos la cabeza y me besa con sutileza.
Su húmeda lengua pasea con deleite por el interior de mi boca y yo le dejo hacer mientras siento entre mis piernas mi humedad y su erección. Cuando su dulce y pausado beso me ha robado el aliento, se separa de mí y se sienta de nuevo en la cama. No deja de mirarme y, atraída como un imán, me siento a horcajadas sobre él.
—Pequeña… —me dice con su voz ronca—. Cuidado con tu brazo.
Asiento hipnotizada, mientras noto las yemas de sus dedos subir por mi columna y dibujar circulitos sobre mi piel. Cierro los ojos y disfruto del contacto y la finura de sus dibujos. Cuando los abro, su boca busca la mía y me besa con dulzura mientras me aprieta contra él. Tranquilos y pausados, permanecemos durante más de diez minutos prodigándonos mil caricias, hasta que mi impaciencia hace que me levante sobre sus piernas y yo misma introduzca su duro y excitado pene en mi interior.
Mi carne se abre para recibirlo y jadeo al sentir su invasión. Eric cierra los ojos con fuerza y siento que se contrae para mantener su autocontrol. Lentamente muevo mis caderas de adelante hacia atrás en busca de nuestro placer. Espero un azote, un fuerte empellón que me traspase, pero no. Eric sólo me mira y se deja llevar como una ola en calma por mis movimientos.
—¿Qué te ocurre? —susurro, inquieta—. ¿Qué te pasa?
—Estoy cansado, cariño.
Su erótica voz al llamarme cariño, sus palabras y la suavidad de sus dedos al pasar por mi cuerpo me avivan.
¡Ahora lo entiendo!
Intenta hacer lo que le acabo de pedir. Me hace el amor. Nada de azotes. Nada de fuertes penetraciones. Nada de exigencias. Pero en ese momento, hundida
dentro de él, yo no quiero eso. Yo quiero acceder a sus caprichos, a sus
reclamaciones. Quiero que su placer sea mi placer. Quiero… quiero… quiero.
Conmovida por el control que veo en su mirada, me dejo llevar por mi placer, decido aprovechar lo que hace por mí y hacerlo cambiar de idea para que me posea como yo deseo que lo haga. Acerco su boca a mis pechos. Eric los acepta y los lame con docilidad, con mimo. El calor se apodera de mí, mientras siento que él ha dejado en mis manos el momento. Me muevo en círculos en busca de mi propio placer y lo consigo. Jadeo. Me aprieto contra él. Chillo y vuelvo a jadear. Su cuerpo tiembla mientras el mío vibra enloquecido porque su lado rudo y salvaje tome los mandos de la situación y me penetre con avidez.
¡Lo necesito!
¡Lo anhelo!
Quiero que mis demandas sean las suyas, pero Eric se niega. No quiere entrar en mi juego y, finalmente, cuando el calor inunda mi atizado deseo, apoyo mis brazos en sus muslos y soy yo la que me muevo con brusquedad. Busco mi placer, me muero por encontrarlo. Cuando el orgasmo me llega, grito y me arqueo sobre él y, entonces, sólo entonces, Eric me agarra de la cintura. Siento la tensión de sus manos, cómo me aprieta una sola vez hacia él y luego se deja llevar en silencio.