Si no te gusta esperar, no puedes ser fotógrafo

Por Impermanencia

Uno abandona un texto hasta que estamos hartos de él, de su puntuación imperfecta y de esas frases que retumbaron en nuestras cabezas hasta que la repetición les quitó su significado; se unen fragmentos propios (aunque se quiera ser lo más objetivo posible) con lo que se quiere relatar. El tablero de la existencia dispone las piezas y el cronista va jugando con ellas hasta que la fecha de entrega o la dejadez le arrebatan las letras para su publicación. Cuando se juega en la mesa o tablero con las palabras (que por cierto se dice que es de buena educación) se tiene más tiempo para acomodarse a la realidad y acomodarla a placer, se dice lo que se quiere y lo que se puede, lo que se vive y lo que se ve.
Al contrario, cuando a un fotógrafo se le encarga retratar un hecho concreto, tiene poco tiempo para encuadrar lo inmenso de los hechos y la supuesta realidad, domar la luz y el azar, y enfrentarse a lo que se va a capturar, pero ese "instante decisivo" tan nombrado (y tan cliché), tan poco entendido y que en apariencia dura tan poco se construye con la espera.

En este mundo corporativo de prisas y volatilidad, la anécdota de un fotógrafo que siguiendo las huellas de otro "ocioso" llamado Charles Darwin por las islas Galápagos "gastando" un día entero exclusivamente en ganarse la confianza de una tortuga puede sonar absurda, pero para mí engloba la esencia verdadera del fotógrafo: curiosidad por lo que nos rodea.

Sebastiao Salgado cuenta en su libro De mi tierra a la Tierra que pasó un día entero tratando de que una tortuga de edad avanzada no le tuviera desconfianza. Se arrastraba en el suelo para ponerse a su nivel y cada que el milenario animal daba un paso hacia él, Sebastiao daba dos hacia atrás para hacerle ver que respetaba su territorio, que solo era un visitante y que se sentía honrado de conocer esa tierra que tanto conocían sus ojos.

Trabajó un día entero para el "instante decisivo", para una sola fotografía, jugó con el tablero de la realidad hasta que las piezas se le acomodaron, como el escritor que trabaja con el borrador y para ello hace falta además de talento: paciencia y saber esperar.