Sin música

Por Calvodemora

Sin música la vida sería un error.
–Friedrich Nietzsche
En hacer la lista de cosas sin las que la vida sería un error echaríamos el tiempo que podríamos ocupar en el disfrute de esas cosas, pero la música no se discute, no se aplaza, no se muestra con pudor, sino que esplende, iza el vuelo al que otras disciplinas no alcanzan, ni lo pretenden.También es preferencia de quienes no se esmeran en cultivarse en la literatura o en el cine o en cualquier otro arte disponible.Eleva el ánimo caído y lo transmuta en gozo súbito, hace que el quebranto flaquee y resplandezca la alegría. Alcanza donde ni se atreven las palabras, toca lo que no conocen los gestos, conquista lo que sólo aspira a conquistar el amor.Su imperio es inefable, su ascendencia no registra debilidades.No hay sentimiento humano que no sepa restituir, no existe vocación a la que no impregne de su gracia y de su belleza.Posee la virtud de la misma alquimia: hace nobles los elementos bastardos, los sana, los renueva, los limpia.Fue el primer motor del cosmos. En la chispa primera, en ese estallido arcano hubo una música secreta, una semilla de sinfonía estelar, un festín de sonidos que se expandió y creó los planetas juntamente con las luces y las sombras. Su eco reverberó en los confines del tiempo y del espacio y abrió sendas y las fecundó de vida.Cuando sucede, el corazón se agranda, puja, late con más ardoroso empeño, no se ocupa en tristezas, ni se perturba.Se puede argüir también a la reversa: la música tiene la facultad de conducirnos a la tristeza o a la perturbación. Hay melodías con las que se descompone el espíritu, se abate, cae en el recogimiento o en la desolación. Tienen esa extraordinaria virtud: acceden ahí adentro y proceden a su antojo. Igual que hay cuentos tristes que nos echan abajo, hay músicas de una tristeza absoluta. Estamos indefensos cuando suenan, no tenemos recursos, no importa que les prestemos la atención más pequeña. Hacen su oficio, conmueven, hieren en ocasiones.Hay melodías que pueden elevarte o hundirte según cuándo las escuches. Algunas arias de Bach me han puesto a cien y me han conciliado con el mundo y conmigo mismo y también me han desarmado, me han dejado solo y sin consuelo, triste y desamparado, todo juntamente. Pienso en Bach y me viene a la vez el Hallelujah de Jeff Buckley, muy triste, muy de echar abajo. La interpretada por el autor, Leonard Cohen, es la menos adecuado para empezar la semana. La de Rufus Wainwright, muy contrariamente, insufla brío, da vigor, hace que sonrías y sientas esa alegría que, en ocasiones, antecede a la felicidad absoluta.Nada de lo que digo espera ser refrendado. Lo que opino es únicamente voluntad mía. Mi amigo K. acaba de decirme que la canción de Cohen es triste en todas sus versiones. Que la de Wainwright lo es en igual medida. Que Bach nunca le hizo sentirse pletórico. Que prefiere a Strauss.