Sólo el sonido nos salva

Publicado el 31 diciembre 2025 por Apgrafic
Fotos de Hector Llaullipoma

Escrito por Killari Cáceres

Incluso antes de que se terminaran de anunciar las bandas participantes, el sábado 29 de noviembre ya estaba bien separado en mi calendario: El Sonido se anunciaba como un “Festival Shoegaze”, con la promesa de reunir bandas que orbitan alrededor del gazing y sus múltiples derivados. En esta propuesta también se revela algo todavía más interesante: una suerte de revival del shoegaze, impulsado por una nueva generación de proyectos locales, conformados por gente joven en su mayoría.

Aquí es donde debo mencionar que llevo buena parte de mi vida siendo una gran entusiasta del shoegaze, y que esperaba ansiosa por un evento dedicado exclusivamente al género. De alguna forma, ya tocaba.

Tras una insufrible espera llega el día —o más bien, la noche— y voy apretada como sardina en un micro mal pintado por la Avenida Brasil. Ya falta poco para bajar en la plaza Bolognesi y no puedo evitar pensar en lo feliz que sería mi yo de hace unos años si fuera ella quien tomara posesión de mi cuerpo en este preciso instante. Todo esto es por ella, también: por las noches de dudas e insomnio con Silvania de fondo y por ese frustrado intento adolescente de cortarme el cabello yo misma, al estilo de una jovencísima Rachel Goswell. No lo intenten, por favor.

Hago las dichosas previas con el trago más barato y repulsivo que encuentro en una tienda Mass cercana. Me siento extrañamente feliz, o más bien plena. El evento está pactado para iniciar a las siete, así que me doy el lujo de llegar a Expresarte cerca de una hora tarde. En mi experiencia frecuentando tocadas y festivales, los horarios anunciados sólo se cumplen estrictamente si se presentan artistas internacionales o en el mejor de los casos, si el universo conspira a favor de uno. De lo contrario, llegar temprano es ganarse con todo el armado del escenario desde cero, los organizadores cheleando y a algún músico peleándose con su flaca en una esquina donde juran pasar desapercibidos.

Pero para esta ocasión retiro lo dicho: me sorprende notar que, incluso con las demoras de por medio, la banda encargada de abrir, Azul de Mayo, ya está en la última canción de su set, Déjame descansar sobre ti, cuya voz principal me transportan de inmediato a Feels Like You, uno de los trabajos más aclamados de Whirr, banda californiana muy querida dentro del circuito alternativo. A diferencia de muchos, a mí sí me agrada que las influencias sean evidentes en los artistas que escucho; en este caso, de ninguna manera pienso en una “copia”, sino en una grata casualidad de reinvención, por ponerlo en términos simples.

Paralelamente, no puedo evitar frustrarme un poco. Iba con la expectativa de escuchar el set completo de esta banda que ya va consolidándose pese a su corta trayectoria de apenas unos meses. Por una conversación ajena, horas más tarde me enteraría de que también tocaron un cover de Only Shallow de My Bloody Valentine, del que todavía me arrepiento de no haber escuchado. Espero poder verlos pronto, porque se ve que prometen.

Ignoro la desazón para examinar rápido el espacio, que todavía luce relativamente vacío a eso de las ocho y media. Distingo un par de rostros conocidos y una extraña ansiedad me invade, aunque no consigo explicar por qué. Como le comentaba a un amigo antes de entrar, me resulta rarísimo ver en persona a tanta gente que sigo en Instagram. Es como cuando tus primos de ambos lados de tu familia se juntaban para un cumpleaños y comenzaban a interactuar entre sí.

Entonces es turno de Cursed Sprite, otra banda relativamente nueva, a quienes veo por primera vez, al fin. Ya los había escuchado por SoundCloud meses atrás y sentía mucha curiosidad por cómo sonarían en vivo. No decepcionan: son hábiles con sus instrumentos y los acordes resultan tan envolventes como pesados y densos, de esos que vibran por todo el cuerpo. No tardo en asimilar la nueva sensación y disfruto hasta el último minuto de lo que resta de su set, que se me hace algo corto.

No obstante, logran exponer su manifiesto: ruido, nostalgia y claridad, como se lee en su biografía de Instagram. Mientras guardan sus instrumentos corro a seguirlos en Spotify, pero mi versión pirateada de la aplicación decide dejar de funcionar. Esto del boicot se pone difícil a veces.

El trago no pega como esperaba, pero sí me obliga a tomar un respiro, lejos del tumulto que comienza a formarse cerca del escenario. Entre las luces y el calor, cualquiera se marea. Desde ese momento, una esquina del recinto se vuelve mi lugar predilecto para sentarme a recobrar el aliento cada cierto rato. Saludo a algunos conocidos que justo llegan, intercambio una que otra broma y vuelvo a mi ubicación de antes, donde entierro la cabeza entre las piernas, necesitando desaparecer por un par de minutos nada más.

Lo que me arranca de ese estado de pesadez es escuchar, a lo lejos, el entrañable riff de Head in the Ceiling Fan de Title Fight, acompañado de una voz que reconozco rápidamente. Me asomo rápidamente y descubro que se trata de un cover a cargo de Caer sin ti, y la voz que lo sostiene es de uno de los guitarristas de Los Membrillos, Alex.

Ojalá más bandas se atrevieran a hacer este tipo de crossovers; a la gente le encantan y me queda clarísimo cuando llega el final de la canción y son ovacionados. “Pero qué buena mierda, por mi madrecita”, balbucea un chico tambaleándose a mi costado, presumiblemente bajo alguna sustancia, y no puedo estar más de acuerdo con él. La distorsión de las guitarras, rabiosas por momentos, cala en mí y me dejo arrastrar por toda esa bulla que tanto me gusta, ignorando cuán sorda me estoy quedando. Cambiarme de lugar para alejarme del ruido resulta imposible porque se me han adormecido las rodillas.

Ya haciendo algo de memoria de esa noche, me atrevo a decir que Caer sin ti fue la sorpresa-revelación del festival. Se trata de un cuarteto que explora lo experimental sin alejarse demasiado del shoegaze, con una vibra más lo-fi, incluso algo juguetona. Muchas de sus canciones, muy enérgicas, están acompañadas de samples que parecen ser extractos de diálogos de series y efectos de videojuegos, un recurso que sería interesante incorporar en sus presentaciones en vivo. También encuentro en ellos cierta proximidad con otro proyecto local, , del cual llegué a ser muy fanática años atrás.

Pese a los retrasos en los horarios, noto a la gente ya más empilada y suelta. Las voces chocan entre sí y se descomponen, cada vez hay menos espacio y el olor a chela y hierba termina de impregnarse en las paredes de la vieja casona que nos acoge y que, según yo, amenaza con venirse abajo en cualquier momento. El piso de madera cruje bajo mis botines y me pregunto si los demás también se dan cuenta.

Retrato la escena en mi cabeza y vuelvo a desaparecer por otro rato más. Ya deben ser las diez, calculo, y Aeropod suena de fondo. Hace algún tiempo los vi en una feria y me llamaron la atención dos cosas puntuales: su sonido, que se resiste a encasillarse al oscilar entre el post-punk y el dream pop, y la presencia escénica de su vocalista, un ágil frontman que sabe ganarse al público sin sobre esforzarse. Creo que eso es lo que falta a veces en las bandas que veo, ya llevándolo a un plano más general. Me sucede que puedo llegar a conectar mucho con la música de un artista, pero si su puesta en escena no me conmueve, seguir el ritmo me resulta casi imposible. 

Me parece divisar entre el público a los chicos de Umi Murasaki, próximos a apoderarse del escenario. De ellos hay mucho que decir: con tan solo cinco sencillos publicados desde 2024, ya han cautivado a más de uno. Manejan tonalidades más relajadas y letras sencillas, inclinándose hacia un indie dosmilero, pero en vivo mantienen una esencia dreamy y dulce que me recuerda a las argentinas Fin del Mundo, quienes se pasaron por Lima hace unos meses, o a los desaparecidos Serto Mercurio. A propósito, mientras editaba esta crónica, esta última banda anunció un único concierto (o reunión) junto a Umi y otros proyectos afines en la alineación. Junte imperdible, si me lo preguntan.

Arrancan con mucha fuerza, impulsados por un público súper entregado que corea sus canciones, algo que ya parece acompañarlos en cada presentación. Es la tercera o cuarta vez que los veo, si no me falla la memoria. Me duele la cabeza, pero igual la muevo al ritmo de la música, y más de una persona se me acerca a preguntarme por el nombre de la banda. Qué bonito saber que la están viviendo tanto como yo. Un amigo me pasa un cigarro a medio terminar antes de desaparecer entre el tumulto y casi me quemo las pestañas al prender ese Lucky Strike; no fumo más desde ese entonces.

El clímax total llega con los primeros acordes de Otra Cabeza, la canción más esperada del set, sin lugar a dudas: No se forma un pogo propiamente, pero gran parte de la multitud salta y se desplaza con una energía contagiosa que no tarda en llegar a mí. Entra en mi top de momentos de la noche. Gracias por tanto, Umi Murasaki.

La gente se dispersa en pequeños círculos, en parejas, en esquinas… Están los personajes de siempre: las chicas de cabello de colores, un par de sonidistas correteando de aquí para allá, los chicos misteriosos con casacas de cuero, algunos solitarios, los fumadores, las novias de los músicos. Me dan ganas de hablarles, de preguntarles dónde consiguen esos polos de bandas que sólo veo en cuentas de memes. Saludo a más amigos, reviso un par de mensajes y guardo el celular. Entonces vuelvo a mirar al frente: la siguiente banda en presentarse es Fútbol en la Escuela.

Mis recuerdos de este momento son algo difusos, quizá por la emoción de verlos por primera vez, pero creo que no tocan ninguna canción de Cancionero para víctimas de siniestros, el álbum que me hizo fan de ellos hace no mucho.. La verdad, iba con la idea de escuchar clásicos como Música para fantasmas o Mejor enemigos, pero no me quejo: en su lugar ofrecen un set variado, con uno que otro adelanto de su próximo disco, que explora nuevos paisajes sonoros, pero siempre con ese sonido tan entrañable y cercano que les caracteriza. A ellos no se les puede encasillar en un solo género y la etiqueta de rock indie, como he visto que suelen colocarles, no les hace justicia en lo absoluto.

Entro en un leve pánico cuando, cerca de las once y media, descubro que el taxi que debía recogerme a las doce ya está esperando afuera del local. Hago un par de llamadas apresuradas y consigo convencer al chofer de que aguante un poquito más; ese “poquito” termina convirtiéndose en casi una hora. Y es, sin duda, la mejor hora de la noche, la que recuerdo con lujo de detalles.

Me cruzo con un chico que, al igual que yo, viste un polo de Loveless, el icónico álbum de My Bloody Valentine. Le hablo de algunas bandas de shoegaze que ando escuchando y cerca de diez minutos después lo veo derrumbarse frente al escenario, mientras que Los Membrillos se alistan para tocar. Sin más, se levanta rápidamente con ayuda y lo pierdo de vista, pero me quedo pensando en que tranquilamente podría haber sido yo en mi momento más achispado. Cositas que pasan.

Me encuentro a mí misma parada justo frente a la tarima de madera. El calor empieza a volverse insoportable cuando la gente se amontona a mis costados, pero no me cierran el paso; ya me conocen todos los que me rodean en ese momento. No irónicamente, siento que he perdido buena parte de mi capacidad auditiva, pero no puede importarme menos. Igual, no sean como yo: por favor, cuídense los oídos si van a escuchar música en vivo.

Distimia, el debut de Los Membrillos, se ha consolidado con justa razón como uno de los lanzamientos más destacados del año, reafirmando al shoegaze, una vez más, dentro del panorama local. Este hecho no me es ajeno.

Entonces suenan las primeras notas de Ultramarr, precisas, arrastrándolo todo a su paso. En ese instante sé que el viaje ha comenzado una vez más y una emoción todavía indefinible me recorre entera. Considero este como uno de los mejores temas que nos ha dado el shoegaze nacional, y escucharlo en vivo siempre es reconfortante.

No logro distinguir del todo las voces sobre el escenario, pero sí las de un par de chicos despechados detrás de mí, entonando parte de la letra de Espirales: “Es tan triste extrañarte para existir”. Después, casi en susurro, un pequeño intercambio de palabras:

—Habla, voy a buscarla ahorita.

—Nada, mano, ya déjala ir.

—Pero ella me entendía, te lo juro. Ella escuchaba shoegaze conmigo.

Sigo ensimismada en el ruido, estirando los pocos minutos que me quedan, mientras desde mi casa no dejan de reventarme el celular con llamadas para que vuelva ya. Lo último que alcanzo a escuchar es un cover de When You Sleep de My Bloody Valentine, probablemente la canción más emblemática del shoegaze. “En efecto, es cine”, pienso —o, más bien, música— El público estalla y lo único que veo es gente feliz.

De pronto, todo se siente mágico: por coincidencia llevo un polo de esa banda y, casi sin darme cuenta, termino con un setlist entre las manos. Dentro de veinte años, si es que sigo viva, sé que me desharé en llanto al encontrarlo entre mis cosas viejas.

Quiero quedarme (hay una banda restante), pero el tiempo se me escurre entre las manos y tengo que volver. Corro a la calle, abordo el taxi y en cuestión de minutos ya estoy en casa, procesando todo lo que vivido. Qué noche.

La vida es buena. Ha ganado el shoegaze. Que quede como precedente para otros festivales: hay un público atento, una escena viva y bandas prometedoras. Ojalá no sea una excepción, sino el inicio de algo más constante.