La película de Hathaway (al que hacía tanto tiempo que no nos referíamos) se muestra respetuosa con el original del cómic en lo esencial, respetando el fuerte carácter de Valiente y desdibujando los personajes secundarios, concediendo un papel predominante a la mujer, y recreando el fantástico mundo medieval de justas y torneos, la eterna amenaza vikinga, luchas con espada y persecuciones ecuestres de impecable realización y realismo. Todo lo que, de pequeño, era para mí el mundo medieval están en este cómic y en esta película.
De su sinopsis, nada voy a decir, porque creo que es de todos conocida. Subyace a ella la leyenda del Rey Arturo y su Tabla Redonda, sus míticos caballeros y Camelot, paraíso celestial aquí en la tierra. Paraíso al que un joven príncipe (Arn, en sus orígenes, mejor que Valiant) se dirige para descubrir que oculta sombras. Y en esas sombras se alza, inconmensurable, la oscura figura del Caballero Negro. La grandeza de estos personajes estriba en la perfecta creación de los personajes principales: un príncipe al que vemos tan noble, aunque inspirado por una voluntad embrutecida por el deseo de venganza; un caballero negro, malvado antagonista, a quien le mueven, entre otros, motivos igualmente nobles.
El trabajo de dirección es impecable. Ambientación, fotografía, ritmo. Técnica depurada, pionera del Cinemascope, con abundantes planos en exteriores -de los que Hathaway fue un pionero- y un reparto espléndido. Incomprensible el carácter "menor" que un sector importante de la crítica le otorga a este clásico de aventuras, con sutiles ironías y un romance alterado por un inquebrantable sentido del honor entre caballeros.