Kepler alzó su vista e instrumentos de medición hacia las estrellas. Durante buena parte de su vida sin embargo también sondeó los cuerpos celestes con la imaginación. Quizás así, a través de su poderosa creatividad e inteligencia, suplía las secuelas que le había dejado en los ojos la viruela que padeció cuando era niño.
Kepler no solo es un astrónomo decisivo, autor de Astronomia nova (1609) o Harmonice Mundi (1619), pieza clave en la publicación de las Tablas Rudolfianas y artífice de sus famosas leyes del movimiento planetario. Para grandes como Isaac Asimov o Carl Sagan inauguró además la literatura de ciencia ficción.
Aunque se adelantó bastante a Verne, Kepler no fue el primero en idear una travesía sideral. Mucho antes habían emprendido un periplo similar los personajes de Luciano, en su Historia verdadera; o Ludovico Ariosto, en Orlando furioso. El gran mérito del germano es su planteamiento. Las páginas de Somnium tienen un aire fantástico, pero en ellas Kepler no se sacude –ni mucho menos- su talante científico. Aporta descripciones detalladas y arma su fábula sobre una lógica robusta y bien engrasada. Prueba de ese enfoque son las extensas y vastas notas a pie de página redactadas por el propio Kepler...