"Hay un libro abierto siempre para todos los ojos: la naturaleza" Jean-Jacques Rousseau
Soy mujer, soy madre, soy psicóloga. Aburrida, profundamente aburrida de la psicología convencional y de la pedagogía con la que adiestran a nuestros hijos, en la escuela y fuera de ella. La escuela no es más que un reflejo autorizado por la cultura colectiva, mediocre y asustada. Y creo que, cuando el sistema y la cultura están tan caducos y enfermos como yo los percibo, de su seno nacen voces limpias que abogan y plantean otros caminos, otras alternativas que nos permiten seguir evolucionando, como si necesitáramos primero tocar fondo para con ello, darnos impulso. Es por eso, entiendo, que nace la Ecopsicología y la Pedagogía Verde, para combatir una cultura depredadora y solitaria que atenta contra la condición humana y no humana y en la que yo, mujer y madre, no quiero educar a mis hijos. La educación tradicional sólo ha hecho hincapié en los aspectos cognitivos de los niños, llegando incluso a creer que había un solo tipo de inteligencia y que este podía medirse y resumirse en un número, en un afán de clasificación que nos permitiera tener la ilusión de que controlamos todo, incluso algo tan mágico y complejo como el ser humano en desarrollo.La ecopedagogía cultiva especialmente otras capacidades humanas tales como la intuición, la imaginación, la creatividad, la estimulación sensorial y la sensibilidad a través de la experiencia. Con ello, estimula un profundo sentido de conexión con la vida, consigo mismo y con los demás que fomenta y desarrolla la capacidad de empatía y de responsabilidad.Este nuevo enfoque cambia la filosofía de origen en la que hemos ido creciendo donde el ser humano es el centro del universo y la Tierra es una gran masa inerte, desprovista de vida, como una ingente despensa de víveres y riquezas materiales. Desde este lugar, estamos sólos, aislados, profundamente desconectados y esto, no nos ha salido gratis.Intuyo y defiendo para mis hijos un cambio de paradigma donde la Tierra y todo lo que comprende es nuestro espacio compartido de vida y es un organismo vivo del que formamos parte, una unidad donde todo está interrelacionado y dado que todos dependemos de todos, nadie se encuentra aislado. Nuestros niños van creciendo como pueden en burbujas casi herméticas con universos muy limitados y artificiales formados por pantallas, teclas y hormigón generando trastornos físicos y emocionales a los que damos respuesta con fármacos. Niños enfermos de una sociedad enferma, representan la consecuencia y el síntoma a la vez.
Como el resto de mamíferos, nuestros cerebros están diseñados para lo que se conoce como “Biofilia”, es decir para relacionarnos con las demás especies, animales o vegetales. Se trata de una atracción genética por la vida, una tendencia innata a dar valor a lo que nos rodea y percibimos como vivo. Educar y criar alejando a los niños de lo que es innato en ellos, es ir contra su esencia, requiere de un entrenamiento largo y minucioso que solemos llamar “educación”. Las consecuencias son fácilmente reconocibles aunque no por ellos menos trágicas: nuestros niños han perdido espontaneidad, suelen tener biorritmos alterados, problemas de sueño, sensibilidad limitada, fatiga sensorial y falta de movimiento, entre otros que suelen derivar en alteraciones de conducta y problemas de concentración, el famoso TDAH por ejemplo. La naturaleza cura. La naturaleza protege.