Revista Viajes

SUDÁFRICA (2) - Hugonotes, la matanza de San Bartolomé.

Por Lizar

SUDÁFRICA (2)

SUDÁFRICA (2) - Hugonotes, la matanza de San Bartolomé.

Cebras de montaña

Continuábamos nuestra ruta por Sudáfrica a través del Parque Nacional Golden Gate. Una reserva que nos sorprendió por sus paisajes rocosos y una rara especie de cebra de montaña que se mostraba confiada ante nuestra presencia.

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Iglesia Reformista holandesa. Graaf Reinet.

Bloemfontein es la capital jurídica del país. No tiene especial interés, más allá de algún edificio colonial. Nos damos una vuelta, y un amable policía afrikáner nos enfila hacia el sur, camino que nos llevará a la ciudad más bonita de Sudáfrica: Graaf Reinet. Pero antes pasamos por Niu Bethesda, una comunidad hippy a 50 kilómetros de nuestro destino, que llama al viajero con una gran luz luminosa. Tiene toda la pinta de una secta. La llegada a Graaf Reinet no pudo ser más impactante. La catedral, iluminada de noche, nos maravilló. Antes de volver a ella, nos aseguramos el alojamiento en el Hotel Karoo Guest House por unos 26 euros, con piscina y todo.

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Graaf Reinet


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Graaf Reinet.


A las 06.30 nos desperezamos para conocer mejor esta preciosa ciudad que tan buena primera impresión nos había causado. Las casas blancas de estilo holandés, adornadas con coloridas flores, le dan una belleza rural única. Desayunando, planeamos la excursión al “Valle de la Desolación”, en el Parque Nacional Cambedoo. Allí vemos numerosas especies de lagartos, una mangosta y al gracioso surikato. Al llegar a la cima de la colina, tenemos unas vistas espectaculares de Graaf Reinet, la ciudad más auténtica y en la que más a gusto nos sentimos.

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Parque Nacional Cambadoo. Graaf Reinet.

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Cuidado con el escarabajo pelotero

Pero muy a nuestro pesar, debíamos continuar el viaje hacia Grahamstown. Por el camino, se nos cruza el Parque Nacional Addo Elephant, y decidimos hacer una incursión en él. No nos arrepentimos. Haciendo honor a su nombre, es uno de los mejores lugares del mundo para ver al mayor mamífero terrestre que habita nuestro planeta. Si pasáis cerca, no dejéis de visitarlo. Lo podéis hacer en un coche normal porque las carreteras están bien. Aparte del gran paquidermo, se pueden ver otras especies de fauna africana, como búfalos, mangostas, kudús, o como el facóquero, protagonista de nuestro próximo susto. Una pareja de esta especie de jabalí se nos cruzó en la carretera, no pudiendo esquivarles. El atropello fue inevitable, y cuando paramos el coche, esperábamos encontrarnos al pobre animal despedazado debajo de nuestro Nissan… pero al agacharme (mi compañera prefirió no mirar), ¡no vi absolutamente nada! El impacto fue evidente, pero el cuerpo del facóquero no aparecía. Levanté de nuevo la cabeza en busca de explicaciones, y las encontré unos metros más allá, en el campo, donde la parejita seguía cabalgando como si la víctima hubiera sido nuestro coche (de hecho, lo fue). Ellos ni cojeaban. Nuestro automóvil, sin embargo, quedó con la matrícula colgando. ¡Estos bichos son más duros que los rinocerontes! De todas formas, es justo decir que la auténtica estrella del parque es… ¡el escarabajo pelotero! Sí, hay señales advirtiendo de su presencia para que no le aplastéis con las ruedas (se ve cruzar, sí, rodando con su pelota).

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Elefante                                                        Búfalo                 


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Kudú


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Antílopes                                                    Mangosta


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Surikato


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                Facóqueros                                       Madre y cría de elefante

                           Fauna que se puede encontrar en el Parque Nacional Addo.

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Grahamstown

Recuperados del incidente “Pumba”, llegamos a Grahamstown, donde aparcamos para andar la ciudad. Hay mucho ambiente. Entramos en la Catedral de St. Michael, y una entrañable ancianita nos hace de guía. El siguiente punto era la universidad. Su fachada no era su atractivo, sino lo que se escondía tras ella… un auténtico ejemplar de celacanto disecado. Como os hablaré más abajo de él, os emplazo al segundo artículo para conocer algo más sobre este misterioso pez. Dimos bastantes vueltas hasta encontrarlo en la Facultad de Ictiología, pero mereció la pena la búsqueda. Al volver al parking para recoger nuestro vehículo, encontramos a un policía de tráfico al lado, apuntando en una libretita nuestra matrícula. Nerviosos, le pedimos explicaciones, y nos señala la pegatina de la luna delantera. Parecía que la compañía de alquiler nos había dado un coche sin la ITV pasada. Cayeron dos multas más a lo largo del viaje por el mismo motivo, pero no nos preocupó, porque era cosa de la empresa, así que, como así fue, no pagamos nada.

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Carretera entre las montañas sudafricanas.

Buscamos alojamiento en el Addo, después de comprar un bonito huevo de avestruz pintado. El alojamiento que queríamos no estaba disponible, pero la señora nos reserva en el Lion Crock Ranch, a 9 kilómetros. Llegamos en plena noche, y la casetita de nuestro hotel está en un lugar un poco oscuro y lúgubre. No hay nadie, y nos da un poco de miedo, así que nos vamos. Llegamos al Orange Elephant, y nada más verlo nos arrepentimos de nuestra decisión. Es un auténtico tugurio, con pinta de… bueno, eso, de lugar de fiesta, donde se desmadra la gente. El típico antro que aparece en las películas. Un hombre enorme, cubierto de tatuajes, nos ofrece una cerveza mientras 3 o 4 chicas bailan alrededor. Lucy nos acompaña a nuestro nidito de amor, donde hace tiempo no pasan el polvo (me refiero a la suciedad). A esas horas no hay mucho más donde elegir, así que, por 18 euros, aguantamos lo que sea. Realmente, hay que decir que fueron súper majos, lo que pasa es que, para nosotros, bastante modositos, aquel ambiente nos intimidaba un poco, pero nos mostraron amabilidad y respeto en todo momento. De hecho, a pesar de que pudiera parecer un hotel de citas, la cama fue la más cómoda (tenía que ser así, porque se le daría mucho uso, supongo), y fue donde mejor dormimos. Al día siguiente visitamos el Addo Elephant.

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Dassie

La siguiente etapa del viaje nos iba a descubrir la costa sudafricana en la llamada “Ruta Jardín”. Si vais en coche, veréis gente a los lados de la carretera agitando billetes. Es la manera que tienen de hacer “autostop pagado”. Si paráis, os pagarán el viaje. La primera parada fue el Parque Nacional de Tsitsikama, donde emprendemos el “Waterfall Trail”. Es un sendero al borde de la costa, donde se puede apreciar la fuerza del mar golpeando contra los acantilados. Allí vemos por primera vez a una especie de ratones gordos llamados dassies, que toman el sol tranquilamente sobre unas maderas, y que se comen hasta el papel. Nos dirigimos al “Mouth Trail” para ver el puente colgante, pero ha habido desprendimientos y se encuentra cerrado.
Reemprendemos la marcha atravesando el “Nature Valley”, un precioso estuario en una ensenada natural en la desembocadura del rio Groot. Allí paseamos por la playa bañada por las aguas del Índico. La ruta hacia Plettenberg Bay es una sucesión de santuarios de animales (elefantes, monos, serpientes, aves del Edén…), hasta que llegamos a Knysna donde reservamos una cabañita en el Woodbourne Camp.
A las 06.30h suena la alarma. En Heads, vamos al “view point” para ver las magníficas vistas del acantilado. En Gorge hacemos una breve parada para sacar la famosa foto al puente sobre pilares por los que pasa el tren Outeniqua (lástima que es domingo y hoy no circula). Pero a falta de tren, el lugar nos proporciona nuestra primera pareja de ballenas.

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Gorge

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Granja de avestruces en Oudtshoorn

En el Cango Wildlife Ranch (80 rands) podéis ver, si no lo habéis hecho ya en libertad, una buena representación de la fauna africana: leones y tigres blancos, crías de guepardo, cocodrilos, etc… Comemos en el restaurante un filetón de avestruz, con su ensalada, calamares y patatas, más bebida (10 euros/2 personas). Y todo en grandes cantidades. Realmente barato. Pero la granja a la que estábamos deseando llegar era a la Cango Ostrich Show Farm (50 rands), donde íbamos a disfrutar de una de las experiencias más divertidas y surrealistas de nuestras vidas. Después de explicarnos cómo crían a estas aves y enseñarnos a darles de comer, llega el momento estelar del día… ¡¡cabalgar sobre un avestruz!! Bueno, mi compañera tiene cuerpo de jockey con sus cuarenta y poco kilos, pero yo me monté en el bicho, arrimado a la valla y con la cabeza tapada, como si fuera un toro de rodeo, pero nada, no dio ni un paso, ni un brinco… se quedó clavado bajo mis 80 kilos de carne. Me quedé con las ganas de conducirla. Sí, porque se dirigen como un coche de videojuegos. La coges del pescuezo, y como un joystick, giras a un lado u otro dependiendo de hacia qué dirección quieres que vaya.

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Oudsthoorn


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Worcester

Dejamos a nuestras amigas las avestruces para continuar viaje a través del Swartberg Pass, una serpenteante carretera de tierra que atraviesa el collado, para terminar en las gargantas Meringspoort, unas grandes masas graníticas de color rojizo. Al llegar al agradable pueblito de Prince Albert, decidimos ir a Worcester, donde un hombre mayor amenaza con llamar a la policía y casi nos pega y nos quita la cámara de fotos porque creía que le estábamos fotografiando. ¡Apuntábamos a la bonita iglesia reformista holandesa, caballero! ¿Qué interés íbamos a tener en un anciano cascarrabias?
 
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Stellenbosch


  


A partir de aquí, entramos en una de las zonas más bonitas de Sudáfrica. Los pueblos vinícolas que rodean Ciudad del Cabo nos enamoraron por su belleza y tranquilidad. Tanto, que no nos importaría quedarnos allí a vivir. Antes de entrar en Stellenbosch, hacemos una degustación de vinos (bueno, hace mi compañera, porque por desgracia, a mí no me gusta), en la que prueba 5 variedades por 0.80 euros. Los edificios de tipo holandés son preciosos. En Stellenbosch nos ponen otra multa por la famosa itv. Paseamos por Dorp Street, Rhenis Complex (como una especie de viñedo) y curioseamos entre las bonitas tiendas de antigüedades que posee el pueblo. La siguiente parada es Franschhoek. Nos gusta más que Stellenbosch. Nuestro coche blanco, bastante sucio, desentona con la pulcritud de las bonitas casas e iglesias, también blancas, que embellecen este precioso pueblo. Allí visitamos el monumento a los hugonotes. Y aquí, frente a esta conmovedora construcción, os contaré una historia, tal vez poco conocida, pero no por ello poco dolorosa…
       
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Franschhoek



LA MASACRE DE SAN BARTOLOMÉ

Los hechos nos sitúan en la madrugada del 23 al 24 de agosto de 1572 en París…
Pero tal vez debamos retroceder 48 horas más para recrear los acontecimientos, y dirigir nuestras pesquisas. El 22 de agosto, alguien dispara al almirante y líder de los protestantes Gaspar de Coligny. Tras tres sanguinarias guerras religiosas contra sus enemigos católicos, los protestantes, gracias a la labor integradora de Catalina de Médici y de su hijo, el rey Carlos IX, habían accedido a varios puestos importantes en la corte y en la administración del país. Pero estas concesiones no fueron bien aceptadas por los católicos más radicales, que sintieron que se usurpaba y debilitaba su poder en favor de sus enemigos. Una de las familias nobles más influyentes, la Casa de los Guisa, tenía sobradas razones para actuar contra Coligny. Diez años atrás, el duque de Guisa Francisco I Lorena había sido asesinado, y los católicos apuntaron directamente a Coligny. Pero una afrenta mucho más reciente podría ser otro motivo que sumar al homicidio... Catalina de Médicis, en su intento de reconciliarse con los protestantes, decidió ofrecer en matrimonio a su hija Margarita de Valois al rey borbón de Navarra Enrique III, en detrimento del hijo del cardenal Carlos de Lorena, Enrique de Guisa.
Otra hipótesis que se baraja es que el atacante fuera el Duque de Alba. El español podría haber actuado para evitar que Coligny alentara la sublevación de los Países Bajos (protestantes bajo dominio español) contra España, o lo que sería peor, que convenciera al rey francés para que declarara la guerra a Felipe II.
Algo parecido debió pensar Catalina de Médicis para los que la acusan de ser la instigadora del intento de asesinato. Temerosa por la influencia que estaba ejerciendo Coligny sobre su hijo, el rey Carlos IX, ésta habría decidido quitárselo de encima, antes de que condujera a su país a una guerra de la que no esperaba salir bien parada.

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Monumento a los hugonotes en Franschhoek

Y tal vez, la persona que más hizo por la convivencia de las dos corrientes cristianas (Catalina de Médicis) fue la que recibió el dedo acusatorio del pueblo protestante. Enfurecido, se concentró frente a la casa real, y comenzó a protestar. La revuelta protestante y la presencia a las afueras de la ciudad de un contingente de 4.000 hombres al mando de un primo de Coligny, hizo que el pánico se hiciera con Catalina y Carlos, que no tardaron en ordenar un ataque preventivo para repeler futuros ataques. Un guardia real penetró en los aposentos de Coligny, y esta vez sí, acabó con su vida, cuando se encontraba convaleciente de su anterior ataque, en el Palacio de Versalles. Le decapitaron, y enviaron su cabeza embalsamada al Papa Gregorio XIII, que no veía con buenos ojos ese intento de acercamiento hacía los protestantes. De esta forma, se le daba un mensaje de lealtad a la iglesia católica. Detrás de Coligny llegaron más. Cerraron las murallas de la ciudad para evitar que entrara el ejército protestante, y como en una cacería, los católicos (que ya habían olido la sangre del cuerpo de Coligny arrastrado y vejado por las calles de París), se lanzaron como sabuesos a sus presas. Nobles, soldados y gente de a pie no dudó en perseguir y asesinar a todo aquel que se identificara como protestante. Sólo se perdono la vida al rey de Navarra Enrique, que se acababa de casar con la hija de Catalina de Médicis. El futuro rey de Francia (que abjuró de su religión para gobernar) fue el único hunogote que no fue acosado. Las matanzas se extendieron durante los meses siguientes por el resto del país, originando miles de víctimas.
Durante el reinado de Enrique IV (Enrique de Navarra), se dio un respiro a los protestantes firmando el Edicto de Nantes, que les garantizaba ciertas plazas importantes.
Pero en 1661, bajo el reinado de Luis XIV (el rey Sol), se comenzó a limitar los poderes del edicto, obligando a emigrar a muchos protestantes, hasta que en 1685 se revocó el edicto y volvió la represión. La conversión forzosa se impuso, y muchos protestantes, entre ellos los hugonotes calvinistas, se vieron obligados a huir de su país, provocando una salida masiva hacia Suiza, Países Bajos, Alemania, Inglaterra, Estados Unidos o Sudáfrica.
En los países europeos serían bien recibidos, ya que gobernaban protestantes, y en Estados Unidos y Sudáfrica contribuyeron con su trabajo a crear y fundar poblaciones que un día serían parte de una gran nación. Con la libertad religiosa de la que se les privó en Francia, los colonos progresaron, y sus descendientes fueron grandes protagonistas en el desarrollo de países como Estados Unidos y Sudáfrica. Y en el caso que nos ocupa de Sudáfrica, su llegada a la zona del cabo llevó consigo la introducción de uno de sus mejores valores: el vino. Muchos se mezclaron con los afrikáners, con los que compartían religión y costumbres, y algunos de esos descendientes de las primeras familias hugonotas que se asentaron en el Cabo de Buena Esperanza fueron, o son hoy en día, grandes figuras importantes como Frederick de Klerk, el presidente que durante el apartheid liberó a Nelson Mandela, y que luchó por la integración racial (logrando el Premio Nobel de la Paz), Francois Pienaar, el capitán de la selección de rugby sudafricana campeona del mundo en 1995 o la famosa actriz Charlize Theron, de la que sobran las presentaciones, ¿no?.

Espero que os haya resultado interesante la historia.



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