Revista Viajes

SUDÁFRICA (3) - Megalodón, ¿surca todavía nuestros mares?

Por Lizar
SUDÁFRICA (3)


Tal vez Hermanus y Gansbaai no os suenen de nada. Dos pequeñas localidades de camino a Ciudad del Cabo que, en principio, no tienen un atractivo turístico especial. Pero, si os digo que son dos de los puntos más importantes del mundo para ver fauna marina, ¿las dejaríais de lado? Y no nos ofrecen inmersiones para ver pequeños pececitos de colores, no. En la primera puedes ver a ballenas desde tierra firme, sentándote en un murito de piedra a esperar a que aparezcan estos maravillosos animales. Y en la segunda, preparaos para la experiencia más impactante de vuestra vida… el encuentro con el gran blanco.
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Ballenas en la costa de Hermanus

Aparcamos en Hermanus, avisándole al vigilante del parking de que se ahorrara la multa de nuestra itv sin pasar, porque ya nos la habían puesto tres veces (le enseñamos la colección de papeletas). Y como ya os he adelantado, el reclamo eran los grandes cetáceos, así que dimos un paseo por los acantilados hasta encontrar una roca plana donde sentarnos, y esperamos a que los mamíferos más grandes del planeta decidieran asomar sus jorobas, aletas y colas. Tuvimos suerte y vimos tres ejemplares al mismo tiempo. Si lleváis prismáticos, mucho mejor. Hay una especie de pregonero que toca una campana anunciándonos los avistamientos. Dependiendo de la temporada en la que viajéis, tendréis más o menos oportunidades de verlas. Desde principios de junio hasta diciembre es la mejor época. Nosotros tuvimos suerte, pero si queréis verlas más de cerca, os aconsejo un tour en barco, que penetra en el mar, y de esta forma, la experiencia será mucho más cercana. En el pueblo, para los más fetichistas podéis comprar auténticos dientes de tiburón.

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Primer visitante


Pero el auténtico plato fuerte era ver... flotar... junto al gran tiburón blanco. Esta zona es de las mejores, o la mejor del mundo, para ver a estos temibles depredadores en acción. Eliminad cualquier otra cosa del recorrido, pero no dejéis escapar al gran blanco, u os arrepentiréis el resto de vuestras vidas. Llegamos al atardecer para preparar la excursión de la mañana siguiente. No hace falta que reservéis con antelación. Allí mismo os organizan todo en un “pis pas”. La misma agencia de la excursión nos ofrece el Hotel Road, un dúplex de auténtico lujo con una barra de bar entera a nuestra disposición, y una terraza desde la que disfrutamos de un atardecer maravilloso. El combo excursión + hotel nos salió por unos 100 euros por persona.

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Uno de los ejemplares más grandes


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Sumergiéndote con el Gran Blanco

A las 06.00h había que estar en el puerto para embarcar, así que tocó madrugar. En la caseta nº16 de White Shark Projects nos tomamos un buen desayuno tipo bufete, que tal como entró, volvió a salir poco después en alta mar. No el nuestro (aunque casi casi), pero el trayecto es bastante movidito, y numerosos turistas echaron alimento para los tiburones antes de tiempo. En serio, yo jamás me he mareado, pero aquel día, si el viaje dura cinco minutos más, lo hecho todo. Preparaos, porque es un barquito pequeño y la excursión dura unas tres horas. Cuando se llega al punto donde los tiburones acuden a cazar focas, la tripulación empieza a echar cubos de carnaza mal oliente para que acudan los escualos. Su prodigioso olfato (huelen una gota de sangre a kilómetros de distancia) les acerca hasta el “merendero”. Veréis fotos impresionantes de tiburones blancos saltando fuera el agua, con todo su cuerpo en el aire, para cazar a un león marino. Piruetas increíbles que parecen sólo al alcance de un delfín. Cuando ves la silueta del tiburón blanco desde el mirador del barco, te entra una mezcla de emoción y pánico difícil de explicar. Lo tienes ahí, al alcance de tu mano. Pero si te sumerges en la jaula (te proporcionan los trajes de neopreno allí mismo), la sensación es indescriptible. Les ponen el cebo cerca de los barrotes, que no dudan en embestir para conseguir su alimento. ¡¡Increíble!! Contabilizamos ocho ejemplares aquel día, alguno de ellos especialmente grande. A la vuelta, para reponer lo que nuestro estómago (más bien los de los turistas ingleses), había regurgitado, nos ofrecieron un pequeño catering con muffins y café mientras veíamos el vídeo de la expedición. Podéis comprarlo (os lo envían por correo a casa), y obtener el diploma correspondiente que os acredita como auténticos “cazadores” de tiburón blanco.

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Colonia de pingüinos en Simonstown


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Y del más temible de los depredadores, pasamos a la más ingenua, graciosa y torpe ave marina… sí, el pingüino. Simonstown, una bonita localidad costera que vive del turismo y la pesca, acoge una colonia de pingüinos salvajes del cabo. En la playa de Bouldersstrand, entre unas bonitas rocas, viven manadas de estos simpáticos animales, que puedes estar observando durante horas sin que la sonrisa se vaya de tu cara.

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Playa de Muizenberg


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Avestruz en el Cabo de Nueva Esperanza

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Antes de llegar a Simonstown paseamos por la playa de Muizenberg, que llama nuestra atención por las alegres casetas de bañistas que se disponen a lo largo de su orilla. Y la Reserva Natural del Cabo de Buena Esperanza nos depara una de las mayores sorpresas del viaje. No nos imaginábamos que tan cerca de Ciudad del Cabo existieran unos paisajes tan solitarios e inhóspitos como los de esta reserva. Allí vemos avestruces, y una flora robusta, pero muy bonita, que intenta agarrarse a la tierra para sobrevivir en el “cabo de las tormentas”. El viento es fuerte y continuo, tanto que con el paso del tiempo ha llegado a doblar los troncos y las copas de los árboles hasta dejarlos en posición horizontal. Los arbustos endémicos de esta zona le dan una presencia muy salvaje. A pesar de que nos encontramos con un lugar de una belleza agreste impactante, el objetivo era hacerse la foto en el famoso cartelito de madera con el nombre del cabo por donde pasaba el tráfico marítimo hacia las indias orientales. Pero aparte de sujetaros los pantalones (por si os lo levanta el viento), armaros de paciencia, porque si por casualidad pilláis a algún grupo de turistas (no hay muchos), tendréis que esperar a que cada uno se coloque y se saque su fotito para el recuerdo. Hay una subida hasta el faro, desde donde se tiene una vista espectacular de 360º de todo el litoral.

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Reserva Natural Cabo de Buena Esperanza


Se nos echa la noche encima, y tras intentarlo en un camping y en una casa de huéspedes, llegamos a un B&B (“Sitara” -450 rands la habitación) muy bonito en Noordhoek. Decorado con pinturas rupestres, el dueño es un hombre muy simpático, que nos cuenta que estuvo en Madrid trabajando en Telefónica de ingeniero. Fue a buscarnos bollitos recién hechos a la panadería para el desayuno, y mientras los comemos nos confiesa su debilidad por la tortilla de patata. Pero entonces le hablamos del jamón, y enseguida se mete en internet a averiguar qué es ese manjar del que tan bien le hablan esa pareja de turistas. Y allí le dejamos, descubriendo nuestro delicioso jamón de jabugo, mientras nosotros nos damos un paseo por la preciosa playa de arena blanca. Es enorme, con un paisaje muy bonito. Andando por la orilla llegamos a la altura del Kakapo, un barco de vapor, bueno, más bien el esqueleto de un barco de vapor encallado en 1900. La playa es un poco ventosa, y tal vez no sea la más adecuada para tomar el sol o bañarse, pero si pasáis cerca, no dejéis de mojaros los pies en este arenal tan hermoso. Podéis contratar un paseo a caballo si queréis.
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Y de aquí, ya quedaban pocos kilómetros hasta la maravillosa Ciudad del Cabo…
Para los que hayáis decidido meter los pies en el agua, pensáoslo mejor antes de hacerlo y mirad debajo del agua por si aparece… ¡¡El Megalodón!!


MEGALODÓN
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El mundo no está preparado para esto.” – Jacques Cousteau.
Con esta impactante y misteriosa afirmación, el más grande de los divulgadores del mundo marino, supuestamente, zanjó de un portazo la cuestión que se le planteó a raíz de un confuso incidente que tuvo lugar en junio de 1995 cerca de las costas de Yibuti, en el cuerno de África.
Desde hace muchos años se viene especulando con la posibilidad de que el, ya fallecido, explorador e investigador francés Jacques Cousteau pudiera haber encontrado una criatura más grande y más poderosa que el tiburón blanco cuando exploraba las fosas marinas cerca del Mar Rojo. Según varios testimonios, el comandante sumergió su jaula con carnaza, y emergió un amasijo de hierros que habían sido doblados como si fueran de plastilina, por un ser, cuya mordedura ridiculizaba a la que producía la portentosa dentadura del tiburón blanco al que estudiaba. Asombrado por las borrosas imágenes de la bestia que pudo obtener con su cámara, el investigador regresó al año siguiente con un equipo más sofisticado con el que obtener pruebas más claras.
El científico francés pudo grabar una especie de ritual que practicaban los pobladores locales, en el que ofrecían carne de camello como ofrenda al supuesto dios marino. Sus jaulas metálicas, como las de Jaques, volvían a la superficie convertidas en auténtica chatarra. Dichas grabaciones, junto con las anotaciones que Costeau pudo realizar en el diario del “Calypso” permanecerían guardadas en un lugar secreto, según un amigo de Bernard Heuvelmans, padre de la Criptozoología. Al parecer, el famoso expedicionario no se atrevió a hacerlas públicas por miedo a verse desprestigiado. Mito o realidad, las insondables profundidades marinas son la última frontera del ser humano. Con casi ¾ partes de nuestro planeta ocupado por agua, apenas conocemos el 2% de lo que en ella se esconde.

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Fotomontaje de un gran tiburón blanco

Los que dan por cierta esta historia, enumeran a varios militares de Yibuti, así como a un escritor francés, como principales fuentes de información. Sostienen que la grabación es de muy mala calidad, pero que se puede apreciar claramente al tiburón prehistórico. Ahora pasaríamos a otro debate… ¿Por qué alguien de la talla de Cousteau renunciaría al mayor descubrimiento zoológico de la historia? La respuesta está al comienzo de este artículo. A pesar de la importancia del hallazgo, las repercusiones del mismo podrían cambiar nuestra sociedad, tal y como la conocemos. Algo parecido ocurre con el tema ovni. Si ya una simple película (“Tiburón” – Steven Spielberg) sembró el pánico en las playas de todo el mundo a mediados de los años 70, imaginaos si nos dicen que hay un escualo tres veces más grande que “el gran blanco” amenazando nuestras costas. La sensibilidad pública ante el ataque de uno de estos depredadores a un ser humano, hace que la gente huya de mar, con todo lo que eso conlleva para la economía. Y el tiburón en concreto, ha instaurado una psicosis colectiva en el hombre de la que no consigue huir.
Cousteau bien pudo anteponer la estabilidad social a su gloria personal, o quizás no se atrevió a contradecir a la ciencia. Otros, sencillamente, no creen en tal encuentro, y se niegan a pensar que alguien dejara pasar una oportunidad así para ser recordado en los anales de la historia (aunque él ya lo esté).
Pero Cousteau no fue el único,ni el primero que, supuestamente, vio al mítico Megalodón. A lo largo de la historia se han anunciado numerosos encuentros inesperados con nuestro protagonista. En 1933, un padre y su hijo, que se encontraban pescando con su pequeña embarcación en la costa de Rangiroa (Polinesia), aseguraron ver a un tiburón de tamaño descomunal de 15 metros de largo. Y 15 años antes, en 1918, nos encontramos otro relato con numerosos testigos de “calidad”, que describieron, totalmente aterrorizados, como un gran tiburón de 30 metros arrasó toda la pesca de cangrejos de aquella salida. Marineros y rudos pescadores acostumbrados a todo tipo de inclemencias en la mar, y conocedores de la mayoría de las especies marinas con las que conviven a diario, se negaron a volver a su caladero tras el pánico causado por el gran pez. Aunque los testimonios de los diferentes miembros de la tripulación variaban en cuanto al tamaño del monstruo, juraban que no se trataba de ninguna ballena, a las que conocían de sobra.

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Tiburón blanco

Y en 1960, la tripulación de otro barco de pescadores, vio, en la costa australiana un espécimen gigante de tiburón, que sobrepasaba la longitud de su barco (26 metros de proa a popa). No quisieron hablar mucho del tema por temor a ser ridiculizados.
En la historia más reciente, quizás el avistamiento con más probabilidades de ser cierto sea el que se produjo en Japón en 2007. A 2000 metros de profundidad, una cámara submarina captó a un gran tiburón de unos 15 metros. Los científicos no se ponen de acuerdo, y algunos afirman que se trata de un tiburón peregrino o un tiburón dormilón del Pacífico. El primero mide unos 7 metros, y el ejemplar más grande que se ha cazado del segundo (Canadá,1851) estiraba el metro hasta el número 12. Y aunque suelen frecuentar aguas profundas, es difícil que bajen de los 1000 metros. Otros biólogos marinos les descartan por su aspecto. ¿Será una especie desconocida? El tiburón de boca ancha, de casi 5 metros de longitud, se descubrió en 1976, de modo que no es descabellado pensar en un animal sin catalogar.

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Diente auténtico de Megalodón

El Megalodón, que se cree extinto hace 2 millones de años, llegaba a medir 20 metros de largo y pesaba 50 toneladas. Haciendo honor a su nombre (“Diente grande”, en griego) poseía varias filas de dientes de 17 centímetros que se reponían a lo largo de su vida. Esta dentadura imprimía una fuerza de mordedura descomunal, ridiculizando al feroz T-Rex, al que superaba ampliamente, con una potencia 5 veces mayor.
Hoy en día, a pesar de ser un deseado objeto de estudio por paleontólogos, zoólogos y científicos, apenas se sabe nada del depredador más letal que jamás haya surcado nuestros mares. Todo lo que se ha escrito sobre él son meras conjeturas, ya que todo su esqueleto está compuesto de material cartilaginoso, que se descompone, pudiendo sólo estudiar alguna vértebra muy mal conservada y sus enormes dientes. Éstos se dispersan en abundancia alrededor de todo el mundo, (en los acantilados de la costa de Maryland se encuentran muchos) e incluso puedes hacerte fácilmente con una de estas piezas a través de internet. Así pues, es probable que el Megalodón exista, pero no tal como era hace millones de años… Muchos sostienen la teoría de que puede haber evolucionado hacia un tiburón de menor tamaño (todavía sin descubrir), debido al cambio de alimentación. La principal hipótesis de su extinción fue la falta de alimento. Una bestia de semejante tamaño y voracidad, necesitaba ingerir unos 1000 kilos de carne diaria para mantener su dieta. Sus presas favoritas, las ballenas, emigraron hacia aguas más frías debido al cambio de temperatura de las aguas. EL Megalodón, que habitaba en aguas más cálidas, no pudo seguirlas, y ahí comenzó su declive. Con el cambio climático desaparecieron las ¾ partes de las ballenas, y como ya hemos dicho, el resto buscó corrientes más gélidas. Eso condujo al canibalismo entre los Megalodones, que no dudaron en comerse a sus crías para sobrevivir.

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Reconstrucción de la dentadura del Megalodón (3 metros)

Por desgracia, para los que soñamos con que la ciencia encuentre nuevas especies o animales extintos, no se nos presenta ninguna prueba concluyente de la existencia del Megalodón. Hay numerosos videos y fotografías falsas que no hacen más que confundir al lector, pero parece ser que hay una mínima esperanza en un par de dientes a los que se hicieron pruebas científicas para datarlos. Entre 1873 y 1876, la marina británica puso a la corbeta HMS Challenger rumbo a los océanos de todo el globo para recopilar información sobre la vida marina. En ese tiempo, el navío de la Royal Navy logró descubrir para la ciencia 4717 nuevas especies. Pero la expedición científica logro sacar algo más del fondo del mar… dos dientes de Megalodón relativamente jóvenes. Estas piezas llamaron la atención por el poco manganeso acumulado en el esmalte, lo que hacía suponer que no eran de millones años. Se realizaron los estudios científicos, y diagnosticaron una antigüedad de 24.000 y 11.000 años respectivamente. Asombroso para una especie extinta, supuestamente hace 2 millones de años. Pero lo más sorprendente, es que, en un segundo análisis, el calendario avanzó hasta los 2.600 años para la primera pieza, y… ¡1.214 para la segunda! Para muchos científicos esta prueba no tiene validez porque dicen que los dientes podrían estar fosilizados mucho antes de que la capa de manganeso creciera sobre ellos.

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Celacanto conservado

Los más escépticos exponen que un animal de esa envergadura dejaría pruebas de su gigantesca mordedura en alguna presa y que es imposible que pasara desapercibido al ojo humano tanto tiempo, incluso en lo más profundo del océano. Pero recordemos de nuevo al tiburón de boca ancha, y, sobre todo, al celacanto, un pez abisal cretácico descubierto en 1938, que se creía extinto hacía 80 millones de años. Este “fósil viviente” es nombrado a menudo como el eslabón perdido entre los peces y los primeros anfibios que empezaron a colonizar la tierra firme. Y por supuesto, el esquivo calamar gigante, que ha conseguido eludir al hombre hasta hace pocos años.
Por lo tanto… ¿es probable que exista el Megalodón? No. ¿Es posible que exista? Sí.
¿Vosotros que opináis? Os dejo aquí a la derecha la encuesta.
¡Hasta otra!

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