Todavía conmocionado por lo que acababa de vivir, el protagonista fue tratado en las primeras horas como un auténtico héroe, para verse casi de inmediato cuestionado por los especialistas, que insistían en que el piloto podría haber aterrizado sin problemas en el aeropuerto de La Guardia. Si bien Sully abunda en algunos aspectos técnicos relativos a navegación aérea, lo que verdaderamente le interesa a Clint Eastwood es mostrar la soledad del protagonista al atravesar el momento más crítico de su existencia, aquel en el que una impecable carrera profesional de cuatro décadas pende de un hilo por su actuación en este incidente. Sully se siente abrumado por su repentina fama y ni siquiera encuentra apoyo en su mujer, a la que le preocupan ante todo los aspectos financieros que pudieran derivarse del asunto y tarda en darse cuenta de que lo verdaderamente importante resulta ser el hecho milagroso de que su marido siga vivo.
Eastwood ha entregado en esta ocasión un filme muy sobrio, que es más realista que espectacular en las escenas del accidente aéreo. Lo más interesante es que contiene una reflexión acerca de aquellos profesionales que pronto empezarán a quedarse anticuados y serán reemplazados por máquinas. Precisamente el principal escollo que encuentra el testimonio del piloto es una simulación realizada por ordenador... que no tiene en cuenta el factor humano y emocional del incidente. Es posible que las máquinas terminen realizando muchos trabajos insospechados de forma más precisa y eficaz que el ser humano, pero jamás podrán sustituir nuestra capacidad de improvisación ante lo inesperado, eso tan inexplicable que llamamos intuición.