Revista Cine

Temprana radiografía de América: Winchester 73 (Anthony Mann, 1950)

Publicado el 12 marzo 2018 por 39escalones

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Este extraordinario western es el primero de la serie de cinco que, además de otros títulos, Anthony Mann y James Stewart rodaron juntos entre 1950 y 1955. Marcando distancias respecto a la línea seguida por John Ford pero sin desviarse de su tema fundamental, la formación de una comunidad, los westerns de Mann abundan en el retrato psicológico del protagonista, víctima de traumas del pasado y de cuentas pendientes que debe resolver a lo largo de retorcidas tramas de violencia y venganza. Para Stewart estos westerns significaron el abandono de su tradicional papel de héroe ordinario, de ciudadano americano común a la manera de Frank Capra, y su asunción de un perfil más oscuro y ambiguo explotado después en los thrillers de Alfred Hitchcock; para Mann, que estrenó nada menos que otras tres películas el mismo año, implicó su consolidación en el género después de haberse iniciado en la serie B y en pequeñas producciones de cine negro y criminal que con el tiempo se han convertido en pequeños clásicos. Winchester 73 abre una tercera vertiente en el western que sumar a las obras de Ford y Hawks y, como ellas, supone una crónica de la construcción de América, en este caso a través de la violencia.

La película constituye, de entrada, un prodigio de concisión narrativa: su larga y compleja historia se narra en 89 minutos. A pesar de su duración, traza un brillante fresco de los territorios humanos y de los conflictos sociales y bélicos ligados al proceso de expansión hacia el Oeste, de la conformación de América, recurriendo a personajes arquetípicos y a convenciones del género, pero dotándolos de autonomía y vida propia al tiempo que son utilizados como espejo y mito fundacional. El hilo conductor no puede ser otro que la posesión del más cotizado rifle de repetición del mercado, el Winchester modelo 73, arma surgida tras la Guerra de Secesión y muy apreciada por todos los habitantes del Oeste, fueran cuatreros, forajidos, indios, aventureros o soldados. La narración se abre en 1876, poco después de la derrota y muerte de Custer y su Séptimo de Caballería en Little Big Horn (hecho aludido recurrentemente), en la ciudad de Dodge City, en un tiempo en que su sheriff era nada menos que Wyatt Earp (Will Geer) y se hacía acompañar por su hermano Virgil y el famoso pistolero Bat Masterson. Allí, bajo los auspicios del famoso sheriff y matón tiene lugar un concurso de tiro cuyo premio es nada menos que un flamante Winchester 73 recién salido de la fábrica. Desde ese momento, la rivalidad por la posesión de tan preciada máquina de muerte será el leitmotiv que guíe la historia hacia la eclosión violenta final, si bien con un secreto de índole familiar que nutre los deseos de venganza de Lin McAdam, el personaje de Stewart, y cuyo objeto es el arrogante y chulesco matahombres Dutch Henry Brown (Stephen McNally). Lin llega a Dodge City junto a su amigo Spade (Millard Mitchell) y tiene su primer encuentro con Lola (Shelley Winters), cabaretera que busca sentar la cabeza, y a la que conoce en una breve secuencia memorable, con Wyatt Earp de por medio, dentro del pequeño milagro narrativo que supone la dosificada presentación de los distintos personajes principales (el primer choque de Lin y Dutch, por ejemplo, es grandioso).

La película sigue dos líneas narrativas paralelas: primero, más diluida en el centro y presente en primer término tanto al principio como al final de la película, es la historia de venganza que mueve a Lin respecto a Dutch; la segunda, engranaje argumental básico que conecta los distintos escenarios de esta persecución, es la posesión del rifle en cuestión. De las manos de Wyatt Earp pasa a las de Lin, de estas a las de Dutch, que lo pierde apostando a las cartas con un jugador y tratante de armas (John McIntire) que vende material obsoleto a una partida de indios encabezados por Toro Joven (Rock Hudson), deseosos de emular a los sioux y cheyennes en su victoria contra Custer. En una refriega en la que Lin, Spade y Lola se ven envueltos junto a un destacamento de la caballería conducido por un sargento (Jay C. Flippen) y en el que despunta la presencia del soldado Doan (un joven Tony Curtis, acreditado como Anthony Curtis), el arma termina en las manos del pusilánime prometido de Lola, que lo pierde ante el forajido Waco Johnny Dean (Dan Duryea), antes de retornar a manos de Dutch para su enfrentamiento final con Lin. Toda la secuencia de este duelo, desarrollado en un promontorio rocoso por el que se mueven los personajes (con Dutch arriba, controlando desde lo alto cualquier movimiento de Lin, y las maniobras de este para evitar resultar herido hasta colocarse al mismo nivel), supone la brillante ejecución de una secuencia de acción dotada por añadidura de un elocuente valor simbólico ligado a la posición de cada uno, al duro ascenso y al esperado desenlace.

Dotado de una milimétrica estructura narrativa, el guion de Borden Chase y Robert L. Richards destaca asimismo por unos diálogos tan secos y duros, a menudo no desprovistos de humor y sarcasmo (las divertidas réplicas de Lolas a Dutch y Dean, por ejemplo), como ágil, directa y contundente es la acción, al tiempo que dibuja a través de ellos el ecosistema social sobre cuya base iba a levantarse la realidad norteamericana. El personaje de Stewart, en particular, dota al héroe del Oeste de una nueva dimensión, más poliédrica, adulta e inteligente, casi depresiva y atormentada, que abre la puerta a un lado oscuro que tendrá mayor presencia en pantalla con la llegada del Nuevo Hollywood, a finales de los sesenta y principios de los setenta. Una mirada más crítica y escéptica a las presuntas glorias de la epopeya conquistadora de las praderas, y más próxima a la aventura real de unos individuos desesperados que, pretendiendo procurarse una vida mejor estaban construyendo, sin saberlo, el país que en 1950 se había erigido en la mayor potencia mundial por la fuerza de las armas.


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