Tenemos que hablar de Kevin - Lionel Shriver

Publicado el 29 mayo 2015 por Elpajaroverde

Tenemos que hablar. Se hace el silencio, estas tres palabras no presagian nada bueno. Rehuimos la mirada de nuestro interlocutor, sentimos un leve mareo y un tenue sudor frío impregna nuestra piel. Tomamos aire que retenemos en nuestros pulmones, uno, dos, tres segundos. Exhalamos por fin y levantamos la mirada. Un acuerdo tácito para que el otro empiece a hablar. Las palabras salen y la verdad contenida hace estallar el silencio en mil pedazos. Las aristas del silencio roto son afiladas y hacen daño. Las heridas no son cortes limpios, sabemos que tardarán en cicatrizar y que cuando lo hagan cerrarán en falso. Tenemos que hablar, el preludio de lo que no queremos escuchar, la antesala de ese momento crítico a partir del cual nada será igual. Tenemos que hablar, cojo aire y abro el libro. Sé que no voy a salir ilesa. Sé que tras su lectura algo va a cambiar. Algo dentro de mí se romperá.

"Esto es todo lo que sé: que el día 1 de abril de 1983 di a luz un hijo, y no sentí nada. De nuevo la verdad es siempre más amplia de lo que hacemos nosotros de ella. Mientras aquel niño rechazaba mi pecho, por el que sentía una total repugnancia, yo también empecé a rechazarlo. Tal vez tuviera sólo una decimoquinta parte de mi estatura, pero por aquel entonces me pareció una batalla justa. Desde ese momento nos combatimos el uno al otro con una implacable ferocidad."

"Tenemos que hablar de Kevin". Cuántas veces habrá querido pronunciar estas palabras la protagonista de este libro. Cuántas veces las habrá callado por saber que no serían escuchadas. Cuando por fin llega esa temida conversación ya es tarde para todo, pero aun así es necesaria. La conversación se convertirá en monólogo o soliloquio, y la mujer, de nombre Eva y apellido impronunciable, comienza a escribir cartas dirigidas a su marido. Querido Franklin, así empieza cada capítulo de esta novela, y así Eva escribe y escribe, y habla y habla, y cuenta y cuenta, y suelta y suelta lastre, y no se deja nada, se abre en canal, lo saca todo. Porque Eva no sólo escribe para Franklin, escribe para ella, en una especie de catarsis que la purificará o la condenará. Pero Eva ya ha empezado y ya no puede parar.

Eva. Qué nombre tan apropiado para una madre. No sé si Lionel Shriver lo habrá elegido a posta pero a mí se me antoja cuanto menos revelador. Esta no es la historia de una mujer, es la historia de una madre. La mujer murió cuando nació la madre. Y Eva empieza contándola desde el principio, no desde cuando da a luz a su hijo (el Kevin del título), no, sino desde el momento en que decide ser madre. Y termina por el final, cuando Kevin con dieciséis años comete un acto abominable.

"Tal vez había pasado el tiempo suficiente girando a tu alrededor para inbuirme de tu profunda convicción de que una familia feliz no puede ser meramente un mito o de que, aunque lo fuera, más vale morir intentando lo bello, aunque inasequible, que sumirse en la pasiva y cínica resignación de que el infierno sean las personas a las que estás unido."

Eva sufre un rechazo hacia su hijo desde el primer momento. Es incapaz de quererlo. Kevin es un niño complicado cuyo comportamiento no ayuda a paliar la frialdad de su madre. Franklin en cambio vivirá su paternidad de una manera diametralmente opuesta. Tiene por fin la familia feliz que siempre ha deseado. Se muestra cariñoso y permisivo hacia su pequeño y no da crédito a las quejas de Eva. Eva intenta llegar a su hijo pero todos sus esfuerzos son estériles. Asiste impotente a la cruda realidad. Kevin le ha robado lo que más quería en la vida: su marido.

"-No vuelvas a decir eso nunca más -protestaste con la cara roja como la grana-. [...]

Fue entonces cuando me eché a llorar. Había compartido contigo hasta mis fantasías sexuales más sórdidas, las cuales violaban de un modo indecible todas las normas heterosexuales, algo que la vergüenza me impediría recordar si no fuera porque habías correspondido confesándome tus fantasías más abyectas y no creía que hubiera cosas que alguno de los dos no pudiera decir nunca, jamás. ¿Qué esperabas, niña...? ¿Qué esperabas...?"

Lionel Shriver nos ofrece una propuesta arriesgada y valiente con esta novela. Desmitifica la idealizada maternidad, ese instinto maternal que se supone se nos debe despertar a todas las mujeres, ese amor incondicional hacia los hijos. A mí me hubiese gustado incluso que fuese un paso más allá. Me explico. Con los terribles hechos que Kevin protagoniza cuando está a punto de cumplir dieciséis años se le está ofreciendo a su madre una coartada para justificar su carencia afectiva hacia él. Hubiese preferido que se ahondase en ella sin recurrir a esa excusa. No quiero decir con esto que no me parezca más que interesante esta otra línea argumental por la que ha optado la autora. Es más, soy de esas raras personas que cuando ocurren este tipo de sucesos me compadezco más de los padres de los verdugos que de los de las víctimas. Tan sólo es una de las muchas reflexiones que se me ha ocurrido leyendo este libro.

Y os aseguro que esta ambiciosa novela da para mucho pensar. Son muchas las preguntas formuladas y muy pocas las respuestas. No se trata sólo del descarnado testimonio de una madre intentado aprender a querer a su hijo a base de dolor y sufrimiento. Es una demoledora reflexión sobre la culpabilidad y la responsabilidad de los padres respecto a sus hijos, sobre cuánto más le exige la sociedad a una madre que a un padre, sobre las diferentes posturas adoptadas por ambos progenitores en la educación de los hijos y sobre cómo afecta a la vida de pareja la paternidad. Y es también una crítica feroz a la sociedad estadounidense y su clase alta (la cultura de ese país está muy presente a lo largo de toda la novela), y por extensión a toda la sociedad occidental. Pero por encima de todo esta novela es la voz de Eva. Eva reconociendo lo irreparable. Eva asumiendo la no vuelta atrás. Eva gritando su condena final. Un hijo es para siempre.

"Kevin me ha introducido en un mundo realmente distinto, completamente extranjero para mí. Puedo decirlo con seguridad porque la prueba más clara de que te sientes extranjera en algún lugar es que te reconcome una lacerante y constante ansia de volver al hogar."

Libros como este justifican los blogs y las reseñas literarias. No escribimos para dar nuestra opinión sobre los libros que leemos. Tampoco lo hacemos para ayudaros a elegir vuestra próxima lectura. No escribimos para vosotros, lo hacemos para nosotros, por nosotros. Igual que Eva no escribe para Franklin, escribe para ella. Hay libros que dan y quitan demasiado. Hay libros que nos rompen algo por dentro. Hay libros que nos recomponen, que liman las asperezas de los trozos y los acomodan. Me gustaría pensar que todos llegamos a este mundo intactos. No seré yo quien diga si Kevin nació roto o en algún momento se truncó. En cualquier caso la vida hiere, nos deja pequeñas fisuras a veces, otras grietas que suponen un abismo insalvable. Hay que sellar y difuminar. Hay que reaprender y recomenzar. Por eso leo. Por eso escribo de lo que leo. Es mi propia catarsis.

"Es posible que me esté haciendo la pregunta equivocada. Pero, en cualquier caso, oscilando violentamente entre la exoneración y la autoflagelación, no he conseguido más que agotarme. No sé. Al final del día, no tengo ya ninguna idea. Y esa ignorancia serena y pura se ha convertido en una especie de extraño consuelo. La verdad es que tanto si decidiera que soy inocente como si me confesara culpable, ¿qué diferencia habría?"

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Esta novela cuenta con una adaptación al cine que se estrenó en 2011 y ha recibido numerosos premios y reconocimientos.