Tiempos apocalípticos

Publicado el 11 agosto 2011 por Kaplan
En un mismo día de la semana pasada concluí la lectura de Plop y vi la película "A ciegas", dos posapocalípticos demoledores. La excelente novela de Rafael Pinedo me sorprendió por su exagerada crudeza; tanta, que por momentos llega a situarse peligrosamente al borde de la parodia. La cinta de Fernando Meirelles es una adaptación de Ensayo sobre la ceguera, la conocida obra literaria de José Saramago Está dirigida con una gran sobriedad y muestra un perturbador sentido de lo inevitable. Ambas creaciones son muy distintas, pero coinciden en dar una visión tremendamente pesimista del ser humano.
Plop es una novela construida de retazos. Por encima de su contenido excesivo, lo que más me ha llamado la atención ha sido el estilo empleado por Pinedo para desarrollar su historia. Capítulos cortos, de página y media como mucho, frases breves, interrumpidas por puntos y aparte continuos, y un lenguaje simple, carente de adornos, directo como el de un niño. La elección de ese estilo produce una voz narrativa indivisible del contenido. Si el pacto de ficción no se rompe es, entre otras cosas, gracias a que la voz del narrador, a pesar de la tercera persona utilizada, se funde exitosamente con la crudeza y desnudez del fondo para sumarle credibilidad.
En el libro se recorre de principio a fin la historia vital de Plop, su protagonista, a través de breves e intensos pasajes investidos de una crudeza excesiva, en los que se describe una humanidad, peor que animalizada, grotesca. En términos generales, lo que se narra en Plop es el ascenso al trono de un dictador tribal, desde su nacimiento hasta el posterior e inevitable derrocamiento, no con un tono heroico ni elegíaco, sino con un enfoque malsano que sitúa al lector en un trasfondo de desnuda miseria. No aparece en la novela decorado alguno que conceda descanso al ánimo, que permita desviar la atención de tanta crudeza. El grupo al que pertenece Plop vive en una planicie de barro y chatarra, con la lluvia eternamente presente, y con la radiación como continua amenaza. No hay nada más, sólo el paisaje humano conformado por ellos y por los otros grupos e individuos con los que alternan encuentros, generalmente de una violencia atroz.
La película de Meirelles es menos exhibicionista en cuanto a la explicitud de las escenas violentas, pero la historia que desarrolla resulta mucho más cercana, y por ello aún más terrible. En el presente, ante una epidemia de ceguera global y sin enemigos comunes contra los que unirse, el ser humano reacciona dando rienda suelta a sus peores instintos. El equilibrio de poder cambia cuando las leyes desaparecen, cuando los actos ya no se exponen a la vista de todo el mundo. La ley del más fuerte favorece siempre al que menos moralidad tiene, y el rencor acumulado genera odios que, sin leyes que lo impidan, se encuentran en libertad para cobrar retribución.
Las obras de Pinedo y Meirelles utilizan el subgénero posapocalíptico como metáfora. La fabulación que vemos busca, sobre todo, ser interpretada como un espejo deformante y exagerador de la condición humana y de los acallados impulsos que todos llevamos dentro, y remarca la importancia de las convenciones sociales como artefacto domesticador de nuestros instintos primarios. El mensaje brota nítido de ambas narraciones cuando se hace una lectura figurativa de sus tramas, en las cuales se dan todo tipo de actos y actitudes, generalmente terribles. Violaciones, asesinatos, sadismo, locura…, un festival de pulsiones desembridadas, triunfantes sobre el raciocinio tras una vida entera presas bajo las cadenas de la moral.
Si se hace un breve repaso al subgénero, es comprobable que el 90 por ciento de las obras que lo abordan dan una visión absolutamente pesimista del ser humano. Lean estas dos novelas si no, o lean también La carretera de McCarthy, o la recientemente reeditada Mundos aparte de Haldeman, o Mundo mutante, el espeluznante cómic de Richard Corben que tan directamente me ha tráido la lectura de Plop a la memoria. Hasta un clásico de los 50 tan de otros tiempos, tan blanquito como La Tierra permanece, en el que los supervivientes colaboran en vez de robarse, violarse o destrozarse, incluye un pasaje de semejante jaez que acaba en asesinato.

Es esa uniformidad a la hora de abordar historias posteriores al fin de la civilización lo que encuentro más terrible. Me acongojan tanto la visión que el conjunto de los escritores tiene de la Humanidad, en la mayoría de casos desoladora, como la aceptación de esas ficciones como posibles por parte del común de los lectores. Si estas historias no nos parecen increíbles, si no hacen pitar nuestro sentido de la incredulidad, no es sólo por el buen oficio de los autores. Aceptamos tales argumentos porque sabemos que en realidad somos así, y que basta desconchar un poco el barniz de la civilización para que la bestia ancestral, el animal superviviente, salga bramando de nuestro interior. La versión contraria no vende (excepto en franquicias televisivas de corte adolescente), y no lo hace porque tenemos a lo largo de la historia infinitas muestras de que somos de esta manera y no de otra. Allí donde las normas sociales menguan, donde se dan situaciones de poder, en las guerras, en los nuevos territorios, en las fronteras de la civilización, el ser humano se ha comportado con crueldad.
Todos los días podemos ver indicios de ello, en nuestro mismo entorno diario, en nuestro mundo tecnocivilizado. Si uno cae en desgracia con el vecino, lo más probable es que su vehículo aparezca una mañana rayado; basta emitir una opinión política discordante, una argumentación incómoda, para que quien apenas te conoce decida convertirte en su enemigo; si no se tiene cuidado con las discusiones en la carretera, te puedes dar de bruces con el rostro del salvajismo. Así somos, y además lo sabemos. Por supuesto que hay una diferencia, un salto de muchas magnitudes entre estos enfrentamientos cotidianos y los sucesos vividos en Vietnam, Kosovo o Ruanda. Se trata, precisamente, de ese barniz antes citado. Pero dejen que la temperie de los acontecimientos lo resquebraje y comprobarán la base que hace verosímiles esos futuros posapocalípticos.
En estos días que vivimos, todo ello me intranquiliza. Desde hace unos meses tengo una sensación extraña. Por las mañanas, mientras desayuno en frente del ordenador leyendo los diarios, capto algo indefinible, como si el olor de la realidad fuera distinto: la crisis financiera y sus efectos, las revueltas en las calles, el odio hacia los especuladores, las revoluciones nacientes, todas estas noticias se me empiezan a antojar como pura sintomatología de un sistema enfermo, el rumor lejano de un apocalipsis en ciernes. Últimamente, me viene mucho a la cabeza cierta frase perdida en una canción: “algo se acerca y no se deja ver”. Espero que, de ocurrir lo peor, las visiones posapocalípticas dadas por la literatura y el cine, con tan oscuras versiones del ser humano, no se acaben cumpliendo.