Toda la literatura en los detalles, Josep Pla

Publicado el 09 septiembre 2020 por Kim Nguyen

El detalle es un elemento que revela que el artífice ha meditado lo suficiente sobre su actividad como para haber llegado a entender que el soporte básico de la inteligencia es el detalle. Lo demás es fumosidad, irresponsabilidad, romanticismo e inmoralidad. Todas las obras originarias de los diferentes oficios, más o menos artísticos, tienen como soporte el detalle. Vermeer de Delft, como algunos holandeses, llega a pintar el detalle de los sentimientos y de los impulsos anímicos más difíciles de explicar. "Toda la literatura en los detalles", dijo Stendhal, que entendía bastante de estas cosas. En la obra de Proust no hay nada más que detalles abrumadores, generalmente por su impresionante exactitud. En la literatura clásica no hay nada más que eso. Se tuvo que llegar al romanticismo para proponer en la literatura y en el arte en general la vaguedad, la turbiedad, la falsedad, la ficción y el engaño, es decir, la adaptación y la composición fáciles e inventadas y, por tanto, engañosas y contrarias a la normal predisposición a la salud personal de los seres humanos. No a la Salud con mayúscula -que en muchos países no es nada más que un ministerio-, sino a la salud con minúscula, es decir, personal.

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Quizá la cuestión de los detalles podría contribuir a clarar más lo que querríamos dar a entender. La acumulación de detalles, en los escritores estrictamente realistas, es a veces tan grande que llega a fatigar. Llegan al naturalismo, a la fotografía. En la obra de Proust, la cantidad de detalles es aún mayor que en estos escritores. A veces hay tantos que producen la impresión de un derrumbe que se nos cae encima -un derrumbe enorme, cuantioso. Los detalles son la quintaesencia de cualquier obra escrita. El interés de toda obra literaria -el interés diríamos básico, primario- radica en los detalles. Un autor de posibilidades reales se encuentra siempre ante una gran cantidad de detalles, y debe escoger. A veces, un detalle, un adjetivo, sugiere en el lector todo un mundo. En los escritores de la corriente realista o naturalista, los detalles tienen poca fuerza, son excesivamente simples. En la obra de Proust, los detalles son diferentes, tienen más sustancia -lo cual no quiere decir que sean más espesos ni más vulgares: son diferentes, van más al fondo, son más completos. En su mundo literario, la vida ya no es un esquema ideal; es un mundo de volúmenes, de dimensiones más altas y más hondas, de perspectivas más vastas y mucho más ricas -y sobre todo de una necesidad permanente.
He oído decir que el mejor personaje de Proust es Charlus, el gran aristócrata invertido, culto, libre y personalísimo. Es posible. Sin embargo, hay razones para sostener que la figura de Françoise, la cocinera, es un personaje tan grandioso como Charlus. Es un retrato que llega a ser más claro en el sentido que tanto su vida anímica como su vida exterior quedan explicadas de forma insuperable, perfecta.

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Marcel Proust salió por última vez de su casa para revisitar Vista de Delft, uno de los dos paisajes que pintó Jan Vermeer.

Juan Gelman
Miradas

Foto: Josep Pla, 1965
Agència EFE

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