PARTE I
Las siete en punto, suena el despertador. Me irrita que María se levante con el tiempo justo de prepararme el desayuno, adormilada, con su horrible batamanta marrón. Estoy despierto desde hace una hora y media, porque estoy convencido de que es cierto eso de que a quien madruga dios le ayuda y quien algo quiere algo le cuesta. Me he ejercitado en la cinta de correr durante una hora, me ha dado tiempo a ducharme, afeitarme y vestirme. Me miro al espejo, hoy estoy especialmente satisfecho. Me siento elegante, con mi traje de Armani marrón, camisa azul Hugo Boss y corbata de color liso a juego, gemelos plateados, brillantes zapatos marrones de cordón y cinturón clásico Calvin Klein también a juego. Me estoy arreglando el pelo por enésima vez, me gusta llevarlo perfectamente peinado hacia atrás con gomina en la parte superior, he adoptado un estilo undercut o militar, a lo Brad Pitt, porque ahora se considera trendy. En el cuello y muñecas unas gotas de Dior Homme.
Estoy preparado para desayunar de pie una tostada y una taza grande de café con poca leche. Bajo a la cocina, pero María aún no se ha levantado. Me acerco al dormitorio, me molesta su pereza.
– El despertador ha sonado hace diez minutos, el desayuno no se va a preparar solo -abro la persiana de un tirón para que entre la luz al dormitorio y camino decidido hasta la puerta taconeando con fuerza. María se ha sentado al borde la cama, bostezando.
– ¿No me has escuchado? -me veo obligado a alzar la voz, mientras la fulmino con la mirada.
Me quedo en la puerta, desafiante, hasta que se pone las zapatillas con toda parsimonia y busca la batamanta bajo el montón de ropa desordenada en la silla. Es su ropa, la mía está perfectamente ordenada en mi lado del armario. Estoy seguro de que lo hace para enfadarme. Me hago a un lado y le indico que pase delante de mí, quiero asegurarme de que vaya a la cocina. Se mete al baño y se sienta a mear con la puerta abierta. Me tiene harto su ordinariez, no la soporto.
Mientras bajo las escaleras haciendo aún más ruido con el tacón del calzado, me quejo en voz alta de su actitud. Abro la ventana y enciendo un cigarrillo. No pienso preparar el café, tiene que acostumbrarse a asumir sus responsabilidades. Entra en la cocina, me giro y la vuelvo a fulminar con la mirada. Cuando me enfado aprieto la mandíbula mordiendo, sé que sabe que estoy enfadado por el rictus del rostro. Quiero que le quede claro que no acepto su falta de interés. Cuando me enfado también aprieto con fuerza los abdominales, es una forma de acumular la ira sin dejarla salir. Por fin me pone en la barra de la cocina el café largo con un chorro de leche fría y la tostada con margarina. Lo tomo de pie, como siempre.
-¿Qué vas a hacer hoy? -pregunto sin mucho interés.
-Nada -me responde en un murmullo.
-¿Cómo que nada?
-Anoche no pude dormir, me acostaré otra vez y más tarde prepararé algo para comer
-Comeré fuera
-En ese caso, me haré cualquier cosa
Me molesta que no haga nada mientras yo trabajo durante todo el día. Gano suficiente dinero como para que pueda vivir con comodidad, sin necesidad de trabajar. Antes daba clases a tiempo parcial en un colegio privado, pero era absurdo que siguiera con esa actividad sin futuro. Podría haberse dedicado a la abogacía, pero nunca ha tenido ambición. Podría ser como otras mujeres, las de mis compañeros de despacho, que se levantan a correr por el barrio y se follan a sus maridos por las mañanas en la ducha. Sin embargo ella, ni una miserable mamada.
La miro mientras termino el café y pienso que debería sentirse afortunada de estar conmigo. Soy un buen hombre, trabajador, no me emborracho, me cuido. Podría ser infiel como hacen otros, pero me niego a ello. Me consideran un perfecto caballero, porque lo soy. Me gustaría que se cuidara algo más, que se arreglara para mí como hacía cuando nos conocimos. Sus tareas son sencillas, además, le doy todas las comodidades. Desde mi abuelo, pasando por mi padre, a todos los hombres de la familia los han sabido cuidar sus mujeres. Menos ella, que no muestra el menor interés. No ha querido quedarse embarazada, es algo que no entiendo. ¿Acaso no tiene instinto maternal?.
Ni siquiera le interesa hablar de actualidad, de política, de música, de arte. No se informa. Cuando debatimos, tengo que corregirla continuamente. Confunde conceptos, ideas. No tiene una opinión clara, titubea. Me enamoré de ella en la facultad, cuando defendía sus ideas feministas y las políticas de izquierdas. Espero que durante estos años se haya dado cuenta de que el mundo lo mueven las ideas liberales y que el feminismo de hoy en día está trasnochado. Quien algo quiere, algo le cuesta. Tengo mujeres en el despacho muy cualificadas, combativas. Hay ciertos temas que no podemos dárselos porque son excesivamente emocionales y se requiere frialdad, mano dura. Pero al menos lo intentan y cuando no saben hacer algo se dejan dirigir.
María no es así y cada día me enfurece más. Tengo que controlarme, porque hay momentos en los que me dan ganas de espabilarla con una bofetada. Parece dormida, se pasa todo el tiempo mirando al suelo. “Mírame a los ojos cuando te hablo”, me obliga a repetir constantemente. ¿Tanto cuesta tener las zapatillas preparadas y servirnos una copa de vino cuando llego agotado a casa? ¿Tanto le cuesta salir a comprarse algo sexy para sorprenderme? He de reconocer que al menos es obediente y se muestra seria, no tontea con otros hombres ni los va provocando. He visto mujeres que parecen pedir sexo con su forma de vestir, de caminar y hasta de mirar. Como Ángela, de la oficina, que siempre lleva escote, ropa ajustada y se roza en cualquier rincón para que le toques el culo. María no es así y eso me hace sentir seguro. Se lo he dicho en alguna ocasión, nunca le perdonaría que fuera como esas zorras. María me respeta y eso se lo valoro. Cuando estamos en público sabe estar, nunca va un paso por delante sino al menos uno o dos por detrás. Es prudente, sensata. Es una buena mujer, aunque descuidada.
Me cepillo los dientes, cojo el maletín y me dirijo a la puerta. Allí está, como cada mañana. Esperando mi beso de despedida. Después de todo, tengo que quererla.
-Hoy tengo una cena de negocios. Llegaré tarde, no me esperes levantada. Adiós, cariño.
Mientras bajo las escaleras caigo en la cuenta de que no me ha dicho adiós y doy media vuelta. Ya ha cerrado la puerta. Toco el timbre.
-¿Olvidas algo?
-He dicho adiós y no has contestado
-Adiós
-Adiós, ¿qué más?
-Adiós, cariño
Se me ha hecho tarde por su culpa, tendré que ir en taxi. “Mierda”, mascullo entre dientes, “maldita mujer”.
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