Todo un caballero – @Sor_furcia

Por De Krakens Y Sirenas @krakensysirenas

PARTE III

Nunca he creído eso de que del amor al odio hay un paso, pero del amor al miedo sí lo hay. Y lo sé porque lo he dado muchas veces.

Tenemos tan idealizado el amor que perdonamos verdaderas atrocidades en su nombre.

En nombre del amor llevo meses pasando las noches en vela al lado de un desconocido. Escuchando su respiración y deseando que deje de respirar. Porque eso significaría que mis problemas han terminado.

Pero cada mañana sale el sol y con él llega de nuevo mi pesadilla.

Llega mi vida. Mi propia vida en la que no me siento cómoda. Una vida junto a la persona con la que he elegido vivir. Un hombre que ya no sé quién es. Un hombre que maneja mi vida como si fuera suya.

Y llegan las malas caras, las malas contestaciones, las decepciones, las culpas, las lágrimas, y llega el miedo.

Y cada noche, antes de acostarme, me miro al espejo y no veo nada. Como si estuviera mirando al vacío.

Nunca pensé que esto pudiera pasarme a mí.

Siempre me consideré una mujer fuerte y ahora no me reconozco y, lo peor, no me gusta lo que veo. He cambiado tanto para adaptarme a él que ya no sé ni quién soy. No queda nada de mí en esa persona que me devuelve la mirada.

Una mirada asustada.

Ojalá no hubiera nacido. Pero nací. Y ahora me toca enfrentarme a mi vida.

Una vida que es una ilusión. Una mentira que veo a través de un velo que yo misma he colocado en mis ojos. Un velo que me impide ver con claridad y, por tanto, me impide tomar decisiones claras.

En la vida hay cosas que debes aceptar como son, porque no puedes hacer nada para cambiarlas. Pero otras no. Y este sufrimiento es innecesario. Lo sé. Pero me asusta tomar una decisión que cambie mi vida.

¿Y si me equivoco?

¿Y si sale mal?

Siento que he fracasado.

He pedido consejo mil y una veces. Esperando que alguien me diera la fórmula mágica para hacer las cosas bien.

Para dejar de sufrir.

Pero esto no es un cuento de hadas. Aquí no hay varitas. No hay hechizos. No hay princesas.

Sólo estoy yo.

Estoy yo preparándole el café con ojeras, sobresaltándome ante cualquier ruido más alto de lo normal, distraída sin poder concentrarme, con el semblante serio y la mirada perdida…

Yo y mis constantes ganas de llorar.

Yo y mis constantes ganas de gritar.

¡¡¡SOCORRO!!!

Deseando que alguien venga y me abrace. Y esconderme en ese abrazo y desaparecer para que nadie sepa que estoy ahí. Y no tener que seguir soportando mi vida. Y no tener que seguir avergonzándome por no ser capaz de salir de ella.

Es muy fácil decirle a alguien lo que tú harías en su lugar. Y es fácil porque no tienes sentimientos implicados.

He oído mil veces que le tenía que dejar.

Lo he oído pero no lo he escuchado.

Porque no estaba escuchando.

Sólo necesitaba que me escucharan a mí.

Que me dejaran verbalizar lo que sentía para intentar ordenar todas esas ideas que se golpeaban unas contra otras en mi cabeza volviéndome loca.

Y mil veces he repetido que no puedo. Que es un buen hombre. Que me quiere.

Y he vuelto a caer.

Y he vuelto a decidir conformarme.

Sé que me estoy equivocando. Y aun así he vuelto a elegir no quererme. He vuelto a elegir quererle a él.

“Te maltrata” me han dicho. Pero me he negado a creerlo. Porque nunca me ha pegado.

“Pero que te maltrate es simplemente que te trate mal”.

Quizá tengan razón.

¿Y si no soy tan fuerte como creía?

Me siento paralizada.

Sé que tengo que dejarle. Que no va a cambiar. Que eso a lo que él llama querer no tiene nada que ver con el amor. Porque el amor no te hace sufrir.

Pero el tiempo pasa y no hago nada. Y me llamo cobarde. Y me digo que la estoy cagando.

¿Qué me mantiene unida a este lastre que me lanza a un vacío del que no sé cómo salir?

¿Cuánto estoy dispuesta a soportar?

No lo sé, pero aguanto.

Aguanto crueldades que jamás pensé que toleraría a nadie que me hiciera. Y me sorprendo a mí misma restándoles importancia. Justificándolas. Olvidándolas.

Le dejo a él que crea que puede hacerme lo que quiera.

Me dejo a mí misma creer que me lo merezco. Que no es para tanto.

¿Qué va a ser de mí si le pierdo?

¿Quién me va a querer?

¿Quién me va a soportar?

No valgo nada.

Y vuelve el miedo.

El miedo a decir basta. A decirlo en voz alta. El miedo a su reacción.

Y aparece la pena.

Siento pena por él.

¿Cómo le voy a hacer esto? ¿Cómo le voy a dejar? Le voy a joder la vida.

A veces siento que estoy en deuda con él. No sé por qué. Pero los intereses que estoy pagando son demasiado altos.

Y quedarse a cero es mejor que permanecer en negativo.

Porque si alguien no te aporta, te resta.

¿Seré una egoísta por querer ser feliz?

No.

Y un día llega la gota que colma el vaso. Una gota que quizá no es la más grave. Ni la que más me duele. Pero decido que es la última. Que hasta aquí he llegado.

Que se acabó.

Y suelto.

Suelto y todo empieza a dar vueltas.

Me mareo.

Estoy asustada.

Todo se desmorona.

Estoy completamente aterrorizada.

Duele.

¿Cuánto tardará en dejar de doler?

No importa. Ya estaba doliendo. Llevaba mucho tiempo doliendo. E iba a seguir doliendo si no soltaba.

Pero una vez que suelto algo me alivia por dentro.

Y pasa el tiempo y todo gira más lento.

Hasta que de repente deja de girar.

Se para.

Me quedo quieta.

Respiro.

Me siento ligera.

He soltado, no me lo puedo creer.

He sido capaz.

No ha sido para tanto.

Y entonces sonrío.

De nuevo sonrío.

Ojalá lo hubiera hecho antes.

Pero no lo hice. Lo hice cuando pude.

No me voy a castigar.

De nada sirve juzgarme. Porque aunque a veces me equivoque, gracias a todas esas equivocaciones soy quien soy y sé todo lo que he aprendido.

Y pienso en él y ya no duele. Ya no le quiero. Pero tampoco le odio.

No busco venganza. No tengo nada que reprochar. No quiero demostrar nada. Sólo necesito dejar atrás y seguir caminando.

Porque del amor al miedo hay un paso. Pero del miedo al valor también hay un único paso que te cambia la vida. Y ese paso lo he dado yo. Yo. Porque nadie podía darlo por mí.

Y me vuelvo a sentir fuerte.

Porque a lo mejor esto sí es un cuento de hadas. Pero en mi cuento la princesa no necesita que la salven. Porque en mi cuento yo soy mi propio caballero. Con mi armadura y mi espada. Dispuesta a acabar con todos los dragones que intenten interponerse entre mi sonrisa y yo.

Porque no pienso volver a dejar de sonreír.

Jamás.

Visita el perfil de @Sor_furcia