Este comentario podría llevar por título tras los pasos de William Dalrymple. La historia se remonta a mayo de 1998, fecha de publicación del primer ejemplar de la revista Siete Leguas, una iniciativa que unía el viaje con la literatura de una manera magistral, con firmas de primera categoría, siempre tratando de ofrecer un relato alejado del habitual en este tipo de revistas, más centrado en los hoteles, restaurantes y sitios que se han de ver necesariamente, reportajes promocionales antes que auténticos artículos de largo aliento que aún hoy pueden ser leídos y disfrutados como entonces.
Los primeros títulos de la revista, como era frecuente en la época, venían acompañados de un gancho en forma de libro viajero, diversos títulos de la colección Viajes, de Ediciones B. Y en este número inaugural la obra escogida era Tras los pasos de Marco Polo (William Dalrymple).
El autor decide replicar, en la medida de lo posible, la ruta seguida por Marco Polo al conocer la noticia de que la carretera que unía Pakistán y China había sido abierta para los extranjeros por primera vez desde su construcción. El viaje es un desafío, pero más aun teniendo en cuenta que el autor tenía apenas veintiún años y que lo hizo provisto con unos fondos de unas setecientas libras que logró de su college como financiación para un supuesto estudio histórico. Precisamente las edades del autor y del viajero veneciano vienen a ser la misma al iniciar la ruta, lo que no deja de trazar una conexión peculiar.
Pero Dalrymple no era un trotamundos aficionado. Ya el año anterior había replicado el viaje de los participantes ingleses en la Primera Cruzada, desde Edimburgo a Acre. Y es precisamente en Tierra Santa donde comienza su viaje para llegar a Xanadú, la mítica ciudad en la que Kublai Kan había construido su residencia de verano, una forma de recrear los paisajes y pureza de su Mongolia natal evadiéndole del chinismo de la capital de su Imperio. Y, como digo, el viaje comienza en Jerusalén cuando Dalrymple acude a la Basílica del Santo Sepulcro para obtener de un franciscano una pequeña muestra del Santo Óleo que arde en el templo, sin que el verdadero origen industrial que le revela el monje, un supermercado por más señas, le cause el más mínimo desaliento. No es de extrañar que esta nota de realidad no le afecte especialmente porque tiene mayores preocupaciones. Alguna de ellas está relacionada con la tensión política en los países por los que ha de transitar, pero también porque parte de su viaje, hasta Lahore, lo hará acompañado por Laura, una joven de su misma facultad, un portento de voluntad y fuerza, un desafío constante para su caótica y disipada cadencia, una inglesa de la cabeza a los pies con sus sandalias y calcetines blancos incluidos. Pero el resto del viaje no será mejor ya que deberá hacerlo con Luisa con quien ha roto poco antes y con la que preparó inicialmente las etapas del viaje. Pero ahora Luisa ha encontrado otro novio y tal vez no sea la mejor de las compañías, añadiendo a la tribulación del viaje la confusión emocional e incluso sexual.
La narración de este viaje me resultó tan cautivadora que, todavía muchos años después, recordaba el libro con cariño, aunque no era capaz de acordarme ni del título ni del autor. El libro había quedado sepultado en alguna caja de un trastero por alguna mudanza, entre otros tantos libros ya leídos. Ocasionalmente recordaba la historia y sentía ganas de volver a leerla, aunque nunca me ponía a ello ni trataba de buscar en internet algún dato para consultar o releer el libro. Pero recientemente, leyendo la sinopsis de El último mogol, un libro que solo por su título ya me resulta irresistible, y mirando qué más obras había escrito ese tal Dalrymple, descubrí que era precisamente el añorado autor de Tras los pasos de Marco Polo.
Así que, unos veinticinco años después he vuelto a leer este libro. El ejercicio me ha servido, de paso, para comprobar lo que merma la memoria con el tiempo. Ni la más remota idea de que el autor siempre hubiera estado acompañado en el viaje. Mi impresión era que nunca había llegado a China realmente, fracasando en su empeño, y que había pasado gran parte del tiempo por las llanuras persas visitando las diversas mezquitas y madrazas construidas por los mongoles en los siglos en los que fueron los amos de un imperio más grande que el romano o cualquier otro que en el mundo haya sido. Así que he ido sustituyendo mis recuerdos dispersos y erróneos por unos más auténticos (a saber cuánto durarán) sin que el placer de la lectura se haya visto afectado en lo más mínimo.
Dalrymple escribe de manera amena, sabiendo guardar el perfecto equilibrio entre sus historias y peripecias personales con el relato histórico. Ni éste parece sacado de una enciclopedia, ni aquél se resuelve en una serie de encuentros y anécdotas inverosímiles que puedan poner de manifiesto las dotes imaginativas antes que la verdadera experiencia del viajero.
Todo lo contrario. Dalrymple combina ambos mundos, siempre con una gran sorna, en especial tomándose a sí mismo muy poco en serio y compartiendo la jocosidad de su torpeza o las bromas y burlas de que es objeto por cuantos se le cruzan por el camino. De este modo, la lectura avanza a buen ritmo, sin perder el interés ni tan siquiera en aquellos episodios que se mueven por las zonas mas áridas, menos interesantes. De todas ellas sabe sacar el partido adecuado. Le seguimos con interés cuando trata de buscar si quedan restos de la floreciente industria telar en una remota región siria a que alude Marco Polo, para encontrar una casucha semiabandonada con un único telar que una anciana le muestra con orgullo, y así afirma poder justificar la inversión que el Trinity College ha hecho en este viaje. Verifica si es real la idea anglosajona de que para que un extranjero comprenda el inglés basta con gritarlo a voces o que su piel pase del blanco al rosa como la de todo perfecto británico.
Sin embargo, no estamos tampoco ante un texto carente de profundidad. Si bien el autor se apoya en la descripción de los viajes de Marco Polo, reconoce que se trata de un libro aburrido, una verdadera guía de la época para comerciantes; por tanto, un libro que no pretende entretener ni ser un relato completo. También hace interesantes reflexiones como la comparación entre el reino de los cruzados y el actual estado de Israel, rodeado por naciones hostiles, apoyado por Occidente sin el que no podría resistir y con una limitación de recursos por su ubicación geográfica de la que saca fuerzas de flaqueza, al igual que los cruzados fueron capaces de construir sus castillos y fortalezas sin apenas medios, pero a costa de la población árabe de la zona.
Pese a lo temprano de la fecha del viaje (1988), el autor vislumbra los cambios en la China comunista donde además de la persecución a los ligures, la minoría islámica china, tan publicitada hoy en día, asiste a la proyección de una película de James Bond.
La riqueza de los diálogos, su verosimilitud y gracia es mérito de la traducción de María Faidella Martín en la edición de Edhasa que es la que ahora he leído, que sabe trasladar el tono de parodia de algunos de ellos, de determinados juegos de palabras y confusiones entre el inglés precario con el que debe lidiar el autor, típico anglosajón que parece no plantearse la posibilidad de tener que aprender a manejarse con los rudimentos del idioma local, ¡que aprendan ellos!
Y llegamos al fin de ese viaje, al apurado y lírico momento en que Dalrymple derrama el aceite consagrado sobre lo que interpreta de manera indubitada que es el altar en el que tomaba asiento el Kan en Xanadú, cerrando de manera perfecta el círculo de un viaje inolvidable para su autor, pero también para el lector o al menos para mí.