Este otoño es pródigo por lo que concierne al retorno de un Jean Echenoz que muchos desconocen. Su estela biográfica ha eclipsado en cierto punto al autor que desde hace más de tres decenios ofrece al lector una literatura personalísima y de gran calidad. Si hará cosa de dos semanas ya informábamos de la reedición de sus dos primeras novelas, en esta ocasión celebramos de la llegada a España de la bonaerense Mardulce, que debuta en nuestras tierras con Un año, nouvelle de 1997 situada en el camino que el francés proseguirá durante toda su trayectoria hacia esa desnudez formal que tanto y tan bien le caracteriza.
Sorprende encuadrar esta obra en su singladura, justo después de Rubias peligrosas y antes de Me voy, dúo significativo que podría resumir muy bien varias facetas del galo, capaz de ser exuberante y experimental casi sin solución de continuidad. En Un año ambas características se funden un una trama donde lo casual irrumpe con contundencia a partir de un inicio sorprendente que determina todo el recorrido, donde la lógica desaparece y Victoire parece un títere en manos de su narrador, caprichoso en obsequiarla con movimientos que conformarán un todo dramático y delirante.Todo empieza una noche, quizá deberíamos decir una mañana que es consecuencia de la oscuridad. La chica despierta y encuentra que su compañero de cama está muerto. Se asusta, no recuerda nada que haya conducido a este punto y por eso decide escapar por miedo a las pesquisas policiales. Sorprende que en vez del análisis hallemos una precipitación desmedida. Salir de la casa, sacar dinero del banco y correr hacia la estación para coger el primer tren hacia cualquier destino, como si el narrador hubiera dotado a su víctima de una óptica surrealista de un cruento azar donde nada puede hacer para evitar completar un círculo más bien macabro.¿Lo es el de Jean Echenoz? Sí, a su manera, claro, no es un revolucionario, sólo un ser coherente con su visión de la literatura y ello se percibe con claridad en Un año, donde el clima de ensoñación prevalece para lanzarnos preguntas que abordan desde la identidad de los personajes, sus desdoblamientos en función de las necesidades de la trama, hasta nuestra esquizofrenia en el umbral del siglo XXI. Han pasado diecisiete años y su concepción sigue siendo válida. La única lástima es que no la compartan muchos más creadores.