Un barco en la bruma: Tomas Transtromer, un Nobel al silencio

Publicado el 10 octubre 2012 por Sergio B Huidobro

.(…)recuerdos que me siguen con la mirada.(…) Tan cerca que los escucho respirarA pesar del trino de las aves estridente.
El poeta halcón, lo llamó alguien alguna vez. Sus visiones cuajadas, ventosas y cristalinas se construyen así, como la visión de un ave con garbo que se eleva milagrosamente por encima de todo lo que existe y desde ahí examina y describe los detalles. La brizna. La hierba. El vapor sobre el agua. El olor de la madera muerta. Alrededor, aire.
Tomas Tranströmer llegó puntual a su cita postergada con una Academia que ha sido pudorosa al condecorar a sus propios hijos; hace 37 años que una pluma sueca no levantaba el auricular de ese mítico telefonazo del Comité Nobel. Y una idea vibrante, netamente poética, aparece en el comunicado mundial: el premio se le ha otorgado por que sus imágenes “permiten un acceso fresco a la realidad.” Flota ahí la estimulante noción de que la realidad no parte de un contacto directo ni automático, no. A la realidad se accede a través del acto creativo, en este caso, de la imagen poética, o en campos más amplios, del lenguaje.
Hablamos, pues, de un hombre que utiliza a su lengua materna como un filtro personalísimo por medio del cual agrupa imágenes transparentes y directas en su forma, pero cuyo fondo se despliega en evocaciones sensoriales y atmosféricas, provenientes casi todas de lo natural: agua, luz, lunas, sombras, maleza, frío, piedras; Un kilo pesaba apenas setecientos gramos, dice en un verso para describir la ligereza de la luz sobre una capa de nieve.
Dueño de un lenguaje impulsivamente personal, Tranströmer fue alguna vez acusado de soberbio, burgués y reaccionario por una izquierda anquilosada en la idea de que la voz poética debía encontrar su valor (o peor, su validez) en lo colectivo. Pero el poeta, que largo tiempo había ejercido como psicólogo en cárceles, sabía de sobra que la lenta purificación de lo social sólo era posible a través de un diálogo hacia el interior, individual, en primera persona: Estamos solos en el agua / El lúgubre casco de la sociedad / flota a la deriva cada vez más lejos.
Pero sus puentes con el mundo giraron en 1990, cuando una hemiplejía cerebral paralizó la mitad derecha de su cuerpo y lo dejó sin habla. A partir de entonces, la poética a través del lenguaje escrito ha sido (junto con el piano, que toca) el único vaso comunicante de Tranströmer con el mundo exterior, un mundo que finalmente se rindió al vigor sensorial de sus versos y lo tradujo a casi cincuenta idiomas antes de otorgarle, la semana pasada, el Nobel de Literatura 2011.
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A pesar de la justa fama de la lengua sueca como muro casi infranqueable para la traducción, la relación de Tranströmer con el español no ha sido campo muerto: la mayor parte de su obra ha sido traducida desde hace tres décadas por el uruguayo Roberto Mascaró y publicada recientemente por Nórdica como El cielo a medio hacer. Al lector mexicano, además, le sorprenderá saber que Tranströmer asistió al Festival de Poesía de Morelia 1981, invitado por Homero Aridjis, otro de sus traductores al castellano además de José Emilio Pacheco, Pedro Zekeli o Tedi López Mills, cuya antología Translaciones será editada a fin de año por el Fondo de Cultura Económica.
En aquel 1981, se cuenta que Tranströmer quedó fascinado por la catedral barroca de Morelia y no descansó hasta lograr el permiso para sacarle algunas notas al histórico órgano del templo. Tal vez no sean para el poeta dos lenguajes diferentes, la música y el verso, tal vez sea su obra, de alguna forma, una y otra cosa a la vez. Tal vez sea el silencio su nota más afinada, el silencio el aire, de la luz, de los muertos, el sueño o las piedras. “Su obra”, ha dicho Jorge F. Hernández, “ha sido un barco que atraviesa la bruma. Sin que se entere la bruma.”Hay poetas cuyo mérito está en enseñarnos a escuchar. No abundan los de la raza de Tranströmer, que nos enseñan a guardar silencio...