ERA UN CUENTO QUE TERMINABA BIEN. ¿Qué pasa por la mente del hacedor de signos? Sabemos bastante —al menos se ha escrito mucho al respecto— sobre las relaciones entre intenciones y expresión en el hecho literario, un asunto que ha sido a menudo puesto en el candelero en relación con doctrinas y estéticas muy exitosas últimamente como la llamada autoficción. Pero en cambio se ha investigado poco —¡hasta ahora!— sobre los procesos neuronales y cognitivos implicados en escrituras de todo tipo en las que el sujeto agente prescinde de la coartada del sentido y se arroja, inerme o solo pertrechado con instrumentos simples de su oficio, a la corriente continua e imparable de las pulsiones, las percusiones, las incisiones y otros modos de producir significantes, que como es sabido muchas veces no son más que un acúmulo de material leñoso o, en ocasiones y sobre todo en zonas de ribera, materia de puro arrastre, gravilla suelta, limos de fondo, y muy especialmente, cantos rodados. Lo curioso es que con las actuales tecnologías, y acaso porque el silencio es en realidad un agujero negro insondable (menos si acaso en los bordes más exteriores de su proximidad), se producen procesos de conversión (traducción puede ser su más usual nombre) que revelan lo que otras “miradas” ven en lo que la mente del hacedor de signos ignora. Curioso, realmente curioso. Es lo que ocurre con esta página por completo azarosa, sometida a la indagación de un conversor automático (que sin embargo es el que toma la iniciativa y hace la propuesta de traducir) y que revela situaciones de fondo por completo oscuras, pero no indiferentes, salvo en su intención primera y manifiesta de ser un cuento que terminaba bien. ¿Estaremos llegando al final de las palabras?(LGdlTT, XXVII)
ERA UN CUENTO QUE TERMINABA BIEN. ¿Qué pasa por la mente del hacedor de signos? Sabemos bastante —al menos se ha escrito mucho al respecto— sobre las relaciones entre intenciones y expresión en el hecho literario, un asunto que ha sido a menudo puesto en el candelero en relación con doctrinas y estéticas muy exitosas últimamente como la llamada autoficción. Pero en cambio se ha investigado poco —¡hasta ahora!— sobre los procesos neuronales y cognitivos implicados en escrituras de todo tipo en las que el sujeto agente prescinde de la coartada del sentido y se arroja, inerme o solo pertrechado con instrumentos simples de su oficio, a la corriente continua e imparable de las pulsiones, las percusiones, las incisiones y otros modos de producir significantes, que como es sabido muchas veces no son más que un acúmulo de material leñoso o, en ocasiones y sobre todo en zonas de ribera, materia de puro arrastre, gravilla suelta, limos de fondo, y muy especialmente, cantos rodados. Lo curioso es que con las actuales tecnologías, y acaso porque el silencio es en realidad un agujero negro insondable (menos si acaso en los bordes más exteriores de su proximidad), se producen procesos de conversión (traducción puede ser su más usual nombre) que revelan lo que otras “miradas” ven en lo que la mente del hacedor de signos ignora. Curioso, realmente curioso. Es lo que ocurre con esta página por completo azarosa, sometida a la indagación de un conversor automático (que sin embargo es el que toma la iniciativa y hace la propuesta de traducir) y que revela situaciones de fondo por completo oscuras, pero no indiferentes, salvo en su intención primera y manifiesta de ser un cuento que terminaba bien. ¿Estaremos llegando al final de las palabras?(LGdlTT, XXVII)