Un rincón bohemio en el casco histórico de Toledo

Publicado el 02 abril 2012 por El Ninho Naranja @NinhoNaranja

Probablemente, si preguntásemos a los lugareños de la Ciudad Imperial por un local interesante donde tomar unas copas y pasarlo bien, si es que nos apetece pasar una buena noche toledana, muy pocos acertarían a ponernos de ejemplo el Jacaranda. Aún siendo uno de las mejores tabernas de la Ciudad de las 3 Culturas, son pocos los que la conocen y menos aún los que la visitan. Esto, más que un desmerecimiento, resulta un verdadero placer, cuando puedes convertirte en uno de sus parroquianos, sin el clamor de la multitud que suele habitar bares de copas.

Es un sitio emblemático, decano (supera la treintena desde que abriera sus puertas) que rezuma ambiente bohemio y contracultura. A primera vista, su aspecto engaña, sobre todo si pecáis de tiquismiquis, pero no es dejéis traicionar por el prejuicio visual porque aunque la pintura de sus paredes se vea vieja y ajada y el local parezca una cuevita deteriorada.

Sus clientes habituales disfrutan de un ambiente tranquilo, relajado, sentados en mesas de madera y rodeados de cuadros Zóbel, Klimt o láminas de aspecto antiquísimo. A la decoración, como la de cualquier tugurio de jazz del París más clásico, le resuenan ecos de Serrat, Sabina y Silvio que rebotan en sus paredes cargadas de historias, recuerdos, conversaciones regadas de vino y finas delicatessen que engrosan una carta tan escueta como suculenta.

Pasar horas en este local es fácil, porque a pesar de su reducido tamaño, cada rincón rezuma camaradería y buen humor, cercanía y complicidad. Os recomendamos la Ensalada de la Casa, sus tablas de quesos o patés artesanales, pero sobre todo su cecina. El dueño escoge cada uno de sus productos con esmero y eso se nota al degustar sus platos, sin dudar en aconsejaros un buen vino, cuando dudéis con la elección adecuada.

Toledo es una ciudad mágica (insufrible para ser vivida, pero incomparable para ser visitada) anclada en el recorrido histórico, legado de milenios de cultura, que han impregnado cada piedra y cada callejón. Recorrer sus calles, el centro del Casco Histórico, es sinónimo de reencuentro y descubrimiento (cada nuevo paseo esconde un ángulo desconocido) y es un verdadero placer, dejarse caer por el Callejón de los Codos y degustar una copa de vino entre amigos (aunque sea la primera vez que vayas, así te sentirás) y entonar la noche entre buena conversación y cultura new age.

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