Una violencia indómita. el siglo xx europeo (2020), de julián casanova. las esperanzas perdidas.

Publicado el 07 febrero 2021 por Miguelmalaga
Con sus desigualdades, con su explotación imperialista y con sus continuados conflictos de clase, el siglo XIX constituyó en muchos ámbitos una época de progreso para buena parte de la humanidad. En Europa podía viajarse casi sin trabas de país a país - los que podían permitírselo - y muchos creían que el nuevo siglo consolidaría nuevas conquistas sociales, que el rigor científico que se imponía a los dogmas religiosos y nacionalistas finalmente vencería definitivamente al oscurantismo y una nueva era de racionalidad conseguiría que por fin el entendimiento entre todos los hombres fuera posible. Es evidente que todas estas esperanzas cayeron en saco roto con la llegada de la Primera Guerra Mundial, un conflicto al que muchos recibieron con un gran entusiasmo, creyendo que duraría un par de meses, pero que al final se benefició de los avances científicos para utilizar en el campo de batalla ingenios militares que causaban auténticas carnicerías. La guerra se volvió un asunto más oscuro y miserable que nunca, en el que perdió sentido incluso la tradicional virtud bélica del valor:

"Las semillas las habían sembrado, como hemos visto, el colonialismo, el etnonacionalismo y los argumentos sobre la superioridad de una raza sobre otras, ajustados a los escenarios nacionales y a las relaciones con el mundo no europeo. La violencia contras las minorías étnicas y religiosas, incluidas en ocasiones su eliminación, hizo también su aparición antes de 1914 en Rusia y otros países del Este. Fue lo que Carmichael denomina la fase «pregenocida», que tuvo después un «efecto rebote» cuando las guerras en los Balcanes y la Primera Guerra Mundial abrieron las puertas a los «eliminacionistas» y a las condiciones propicias para la destrucción total de las minorías."

Con este panorama tan oscuro, muchos anhelaban la falsa seguridad que todavía imperaba en la primera década del siglo. Falsa, porque en el patio trasero de las naciones más civilizadas ya se venían produciendo injusticias y masacres en nombre del colonialismo, una de las piedras de toque del progreso y bienestar de las metrópolis europeas, los Balcanes se habían adelantado a la guerra en occidente y en Turquía se ponía en marcha un espantoso genocidio contra el pueblo armenio mientras el resto del mundo miraba hacia otro lado. Por desgracia, como bien señala Casanova, la violencia en suelo europeo y en sus colonias no se limitó a los periodos oficiales de guerra, sino que antes y después siguieron produciéndose matanzas y desplazamientos de población, sobre todo en el Este, en nombre de una idea de pureza étnica en el propio territorio que no se limitó a las prácticas de los nazis, aunque éstas hayan quedado como paradigma del mal absoluto.

Todas estas injusticias, de las que quedaba bastante al margen occidente, tuvieron una importancia relativa con el fin de la Segunda Guerra Mundial. Se había derrotado al fascismo, pero el comunismo imponía su sistema de gobierno en los países que había conquistado con la fuerza de las armas mientras se castigaba a la población alemana, primero mediante violaciones masivas de sus mujeres y después mediante desplazamientos de población forzosos con tal de homogeneizar étnicamente diversos territorios. Acerca de los campos de exterminio nazis que acababan de ser descubiertos tampoco se llamó demasiado la atención a la opinión pública, al menos en estos primeros momentos. Lo importante era la victoria que se había conseguido y la reconstrucción que habría de venir después. 

Quizá fue una suerte - muy paradójica, eso sí - que la existencia de armas nucleares en las dos potencias que surgieron vencedoras del conflicto evitara un enfrentamiento entre ellas. Eso no evitó que Estados Unidos y la Unión Soviética disputaran sus diferencias en campos de batalla secundarios, como Corea o Vietnam. Aunque se suele decir que la segunda mitad del siglo XX fue una época dorada de despegue económico y desarrollo del Estado del bienestar, esto no fue así para una gran parte de la población del mundo. La Guerra Fría se disputaba a nivel mundial y el proceso de descolonización que dio lugar a tanta violencia en el Tercer Mundo no fue ajeno a ella. Además, en un periodo tan reciente como los años noventa, los fantasmas, que se creían felizmente superados, de la guerra civil y la limpieza étnica resurgieron en la antigua Yugoeslavia. Los europeos, que se creían libres de guerras para siempre, tuvieron que contemplar un penoso regreso a la edad oscura en el corazón del continente, a la que solo pudo ponerse fin a través de una decidida y polémica intervención internacional.

Una violencia indómita, cumple así con su función de airear la idea de un siglo XX mucho más violento de lo que tradicionalmente han descrito los historiadores, posando la mirada de un modo más intenso en los castigados territorios de Europa del Este y sacando a la luz ese pasado tan incómodo que a veces choca con la historia oficial o las mitologías nacionales. La enseñanza fundamental es que jamás puede descartarse el regreso de los días oscuros del pasado y que los rescoldos de los conflictos que se acabaron hace décadas siempre pueden volver a encenderse.