Por supuesto que las primeras responsabilidades por haber llegado a éste estado de cosas son de la dirigencia sindical, en especial de la nucleada en la CGT: la otrora columna vertebral del peronismo y el movimiento nacional hace años ya que viene padeciendo escoliosis, y está lejísimos de representar a los trabajadores, aun a aquellos sindicalizados y con empleo formal, que hace rato también que dejaron de ser la mayoría. Una reforma laboral que -entre otras cuestiones- ataca el corazón de la organización sindical desmantelando la negociación colectiva y las paritarias y nulificando en los hechos el derecho de huelga garantido por la Constitución, no mereció de la CGT un paro general, como los cinco que le hicieron a Cristina por Ganancias: ¿será que no les preocupa perder herramientas que son reacios a utilizar?
Claro que el sindicalismo y la CGT no son los únicos unicornios azules que se le perdieron al peronismo: por allí anda también la tantas veces evocada burguesía nacional, la otra pata del pacto social impulsado para canalizar la puja distributiva, cada vez menos burguesía, y desde hace tiempo, cada vez menos nacional. En una economía fuertemente extranjerizada, el comportamiento empresario promedio -con honrosas excepciones, que resisten como pueden en un medio adverso- es el ausentismo, la fuga y la falta de compromiso social con el desarrollo del país y el bienestar de su gente; incluso cuando ese comportamiento atenta directamente contra sus propios intereses.
Hablábamos antes del pacto social como la estrategia tradicional del peronismo para arbitrar y conducir desde el Estado la puja distributiva, y lo que viene sucediendo es que quienes la están ganando desde hace una década (el capital, en desmedro del trabajo) no tienen ninguna intención de moderarse ni de ceder nada, y por el contrario apoyan con fuerza una reforma laboral que si prospera, cristalizará por tiempo indeterminado una redistribución social regresiva del ingreso, en términos comparables a los existentes antes del advenimiento del peronismo; y un modelo de país en el que sobran millones de argentinos, que viven y consumen acá, en el país.
La tarea de salir del marasmo en el que está dejando el gobierno de Milei al país no es solo responsabilidad de la política (que es ciertamente la primera responsable en ese terreno) y no es es solo cuestión de arquitecturas electorales eficaces y acuerdos políticos amplios: tiene que tener anclaje social, para ganar volumen representativo y capacidad de enfrentar al núcleo de intereses concentrados -nacionales y sobre todo extranjeros- que es el sostén real del experimento libertario.
Y construir ese anclaje habrá que hacerlo con la sociedad real y no la imaginada, incluyendo en ella el sindicalismo y el empresariado que ¿supimos? conseguir. Al mismo tiempo, la salida de la crisis no puede ser de otro modo que con una alternativa política que se plantee como su primera prioridad un fuerte shock redistributivo del ingreso nacional, en un contexto de dificultad. Nadie dijo que fuera fácil.