Usted usa epónimos. aunque no lo sepa (iv: historias famosas e infames)

Por Adalbertogarcia

¿A quién le gustaría pasar a la posteridad por algo malo? Evidentemente nadie lo pretendería, pero nuestros actos nos juzgan y a veces nos trascienden, y ahí aparece de nuevo la inspiración del epónimo. Vamos a mostrar algunos casos, para cerrar esta serie de post antes de que se convierta en un libro, que seguramente reconoceremos de inmediato.

EL JUEZ DE LA HORCA Y ALGUNOS ACÓLITOS

Siempre que oigo la palabra linchamiento me viene a la cabeza la figura enorme del actor Paul Newman cuando encarnó el papel del juez en la película de John Houston The Life and Times of Judge Roy Bean, que en España se tituló El juez de la horca. Fue aquella en realidad una interpretación muy libre de la figura histórica del juez de paz de Virginia Charles Lynch, que ejerció su cargo durante la Guerra Civil a pesar de estar suspendido y que, según se testimonia, gustaba de la justicia rápida y del ahorcamiento de los acusados como condena, aunque ya supongo que no habría fiscal que controlara la legalidad de los procesos ni revisara la justicia de las ejecuciones, lo que acaba redundando en que la delincuencia produce con estos sistemas un montón de víctimas, precisamente lo que la Justicia con mayúsculas debiera evitar. Pero hay quien ni así espabila, y países que siguen entregados a fórmulas drásticas  por muy falibles que se demuestren.

Hay que ser más benévolo con Nicolás de Chauvin, francés de la época de la Revolución que luchó por las ideas revolucionarias encarnadas por Napoleón Bonaparte y fue herido 17 veces en combate, lo que le convirtió en un héroe y le hizo merecedor de que el propio emperador le concediera el Sable de Honor, pero que acabó siendo ridiculizado después por su inmodestia, seguramente cuando los vientos de la Historia cambiaron y las aguas europeas volvieron a la calma del conservadurismo tras 1815. A él debemos el chovinismo como manifestación exagerada e injustificada del orgullo patrio.

Se mueve en terreno pantanoso el término “boicot”, pues aunque puede ser invocado a veces como un derecho en casos extremos no deja de ser una medida propia de momentos críticos y manifestación de problemas económicos serios y de calado. Proviene de Charles Cunningham Boycott, un administrador inglés que ejerció su autoridad de forma tan abusiva en la Irlanda de fines del XIX que hasta las compañías ferroviarias se negaron a transportar el ganado que provenía de las tierras del conde de Erne, quien le había contratado. Fue el periódico The Times el que empezó a usar el término boycotting para nombrar este tipo de resistencia. Sea como sea, el responsable no sale bien parado en la historia.

Es graciosa en cambio la historia del término silueta. Se debe a un político francés, Etienne de Silhouette, que en la época de rey Luis XV tuvo la difícil tarea de enderezar la hacienda real, para lo que tuvo que exigir dinero a muchos que, por decirlo de algún modo, no le cogieron mucho cariño. Era este hombre aficionado a recortar perfiles sin más detalles, que comenzaron a denominarse portraits à la Silhouette, de donde por fin devino silueta. Otra interpretación quiere relacionar estas siluetas con el escaso carisma del ministro, apenas una “sombra” del poder omnómodo del rey, pero es algo que no he podido confirmar. El salto al idioma francés está datado en 1841 con Chateaubriand, quien lo usó como epónimo por vez primera, pero el camino hasta aquí no lo tengo claro, y una airada Juli Gan defiende con vehemencia en http://labasquebondissante.blogspot.com.es/2011/02/silueta.html que debe admitirse el paso intermedio de “zilueta” o “zulueta” del vasco, que significa “lugar de muchos recovecos”.

Voy a citar también aquí, aunque incluir el Antiguo Testamento como fuente histórica puede tener su trampa escondida, el caso de “onanismo”.Con él se define la costumbre de darse placer a través de la masturbación, y es otro caso de incorrección que habría que especificar. El personaje de que proviene el epónimo es Onán, que el libro del Génesis cita en el capítulo 38. Este pobre hombre no concebía hijos porque no inseminaba a su esposa, pero en ningún momento se dice que se masturbara, sino que vertía su semilla en la tierra, con lo que al parecer sufría de eyaculación precoz. La lectura que después se hizo no lo deja en mejor lugar del que tendría, pero identifica algo de lo que no se le puede responsabilizar. Mala suerte, supongo.

Pasamos de seguido a dejar unas pinceladas sobre epónimos relacionados con temas en particular para mostrar cómo muchas veces el azar ha llevado a la posteridad a alguien por motivos que seguramente no habría imaginado, teniendo quizá otros de más peso

EL VESTIDO Y LA MODA

El caso más antiguo que he encontrado y que aún podemos considerar en uso es el de “chambergo”, que parece que proviene de las casacas que los soldados franceses que invadieron tierras de Cataluña a mediados del siglo XVII vestían, y que tomaron el nombre del mercenario de origen alemán que les comandaba, un tal Charles Schomberg, que llegó a ser virrey de Cataluña durante el intento secesionista de aquella época.

Era tan propio de la época conocer a los ejércitos por su indumentaria (recordemos a los casacas rojas ingleses, respetados por su disciplina y eficacia en toda Europa) que podemos recuperar un caso llamativo que ha pasado a la posteridad como expresión castiza: ir más guapo que un sanluís. Esta expresión proviene del cuerpo de ejército denominado los cien mil hijos de san Luis, formado por franceses y voluntarios españoles y que, a petición del rey más infame que hayamos tenido jamás, Fernando VII, por instigación del francés Luis XVIII y con el refrendo de las potencias europeas de la época, invadió España en 1823 para derrotar a los liberales que habían tomado el poder tres años antes con el golpe de Riego y restringido el poder real. Iban estos tan bien pertrechados que a su paso causaban admiración y generaron esa expresión, seguramente con un puntito de sorna tan característica en mi país.

La etimología más conocida, porque se hizo mucha publicidad de ella, puede que sea la de la palabra “denim”, término que ahora sirve para nombrar más elegantemente lo que toda la vida fueron unos vaqueros, y que aunque popularizaran los cow boys del far west resulta que eran producto de talleres vascos y franceses que crearon la urdimbre cruzada de algodón blanco y azul tan característica, que se embalaba en cajas que se marcaban en tiza “De-Nimes” por ser ese el puerto habitual de salida hacia tierras americanas. Esa marca deleble pudo provocar su apócope.

Otros tejidos con epónimos referentes a su lugar de origen son el cheviot, una tela elaborada con lana de carnero muy apreciada que tomó su nombre de los montes Cheviot, situados entre Escocia e Inglaterra, y la cachemira, hecha con pelo de cabra a veces mezclado con lana, originaria de la región india de Cachemir.

Más personal es el caso de “pantalón”. Fue esta una prenda que como tal ya usaban los partos en la época del Bajo Imperio Romano, y que por la enorme rivalidad fronteriza entre las dos civilizaciones puede que fuera aborrecida de esta parte hasta el punto de no usar un sustantivo para ella, aunque la caballería romana los usara. El caso es que hubo que llegar hasta la Comedia del Arte (una manifestación italiana de teatro popular del siglo XVI) para que esa prenda tomara su nombre de uno de los personajes que solían aparecer en ella, un tal Pantaleón, al parecer inspirado en San Pantaleón.

Otro es “leotardo”, proveniente de Jules Léotard, un acróbata y trapecista francés que los popularizó en el siglo XIX.

Tiene su enjundia la historia del “cárdigan”. El término proviene del militar británico James Thomas Brudenell, séptimo Earl de Cardigan, un personaje muy propio de su época (inicios del siglo XIX) que compró los cargos militares necesarios para llegar a teniente coronel y tener el mando de un regimiento de húsares del rey, a pesar, según algún superior, de ser “constitucionalmente no apto para mandar un regimiento”. Quiso el azar que este personaje, que pasaría a la posteridad dando nombre a una chaqueta de estar por casa, fuera el responsable de la última carga de caballería ligera que el ejército inglés protagonizara en su historia, la que encabezó en la guerra de Crimea el 25 de octubre de 1854 y que supuso la muerte de uno de cada seis soldados de su regimiento al embestir las posiciones de la artillería rusa desplegadas frente a él, y de la que responsabilizó a uno de sus oficiales muertos en el enfrentamiento, por transmitirle mal las órdenes.

Sobre gafas parece que España marcó tendencia. Si es muy conocido el caso de los quevedos, los anteojos sin montura con los que se representa a Quevedo, el más insigne de nuestros literatos y quizá el menos agraciado físicamente, uno más, curioso por cierto, es el de las “manoletinas”, unas gafas de sol popularizadas por el torero cordobés Manolete, ídolo de la España de los 40 que murió en la plaza de toros de Linares en 1947.

Puede que para muchos resulte conocido el caso de  “rebeca”, antes citado, la chaqueta que puede llevarse abotonada o sobre los hombros y que tomó ese nombre de las que usaba Joan Fontaine en la película homónima de Alfred Hitchcock estrenada en 1940 (aunque, curiosamente, el personaje de Joan Fontaine no se llamaba Rebeca).

El más reciente que conozco es el de los “manolos”, los zapatos de altura imposible diseñados por el español Manolo Blahnik y que al parecer gustan tanto a Sarah Jessica Parker (y a unas cuantas famosas más que los han convertido en preciado objeto de disfrute intemporal). Como no parece haber seguidor del diseñador, desde aquí manifestamos nuestro deseo de que le quede cuerda para rato.

TÉRMINOS CULINARIOS

Aunque no provenga del nombre de una persona, y a pesar de cierta polémica al respecto, hay cierto consenso al atribuir a Mahón ser el lugar de origen de la salsa mahonesa.

Con el mismo mecanismo fue nominada la salsa bearnesa, pero de esta sí conocemos a su autor, el chef de mediados del XIX Collinet, que nombró así a su invención en honor de Béarn, la localidad donde había nacido.

Hagamos un pequeño excurso para hablar de un epónimo inexistente: el de la ensaladilla rusa. Porque en principio se denominó “ensalada Olivier”, por su creador, un afamado cocinero ruso chef del restaurante moscovita Hermitage, mil veces emulado pero nunca igualado y que se llevó con él la receta original tras el cierre del restaurante en 1905. A pesar de ese personalismo, y quizá porque la supervivencia del plato se debió a la emulación, el nombre mutó a ensaladilla rusa —porque aunque a veces se usa como chiste sí, en efecto, proviene de Rusia—.  Parece que en origen la ensaladilla rusa llevaba mandarina y otros ingredientes sorprendentes, y que el nombre “ensaladilla rusa” acabó cuajando porque la mayonesa que es su ingrediente principal emulaba en cierto modo el paisaje nevado del país de los dos continentes. Modernamente, en Perú se popularizó una ensaladilla a la que se denominó rusa por su color rojo, que evocaba el régimen comunista que caracterizó aquel país durante algo más de sesenta años, y que se obtenía añadiendo remolacha a la salsa.

Quizá sea porque los cocineros han sido artesanos a quienes no se concedía un lugar de honor en la sociedad hasta fechas muy recientes, pero es lo cierto que los epónimos que he encontrado no dan referencia de ninguno, sino más bien de personas de cierta alcurnia que han pasado a la posteridad por hallazgos afortunados. Es el caso de Louis de Béchameil, un financiero francés que parece que inventó la salsa bechamel o besamel, y también el de John Montagu, IV conde de Sandwich, que gustaba de cenar cualquier cosa entre dos rebanadas de pan para no interrumpir las partidas de naipes a las que al parecer era muy aficionado. Valga como excepción castiza el “pepito”, el típico bocadillo español de ternera que parece que popularizó un tal Pepe en Madrid, anónimo creador que, como en otras ocasiones por estos lares, no sacó réditos de su ocurrencia.

LA LITERATURA Y EL CINE

Cuando decíamos en el post anterior que con los epónimos que nombraban cosas a partir del nombre de sus inventores estábamos ante una especie de doble humanización del lenguaje tomábamos la base de lo que el hombre hace: La obra del hombre toma el nombre del hombre que la hace. Al hablar de literatura y de cine nos alejamos aún un poco más del proceso de creación de las palabras convencional, vamos un poco más allá en la “humanización” del lenguaje. El proceso de creación en este caso genera algo hasta entonces no conocido pero que el grupo acepta y reconoce en adelante. Podríamos decir que supone un procedimiento de generación de “universales” hasta entonces oculto.

Hablamos en un post anterior de esta misma serie (https://adalbertoservicioseditoriales.wordpress.com/2017/02/23/usted-usa-eponimos-aunque-no-lo-sepa-i-que-son-y-como-se-crean) del proceso de identificación que queda detrás de la nominalización de síndromes o complejos psicológicos o psiquiátricos a partir de los protagonistas de dramas griegos universalmente reconocidos. Por lo general, sin embargo, la literatura fue campo restringido a lo nacional, porque las traducciones no eran comunes y las obras extranjeras, al contrario que ahora, no tenían mucha circulación fuera de sus ámbitos de creación. Por eso son muy de la idiosincrasia española la celestina, el donjuán, el lazarillo y el quijote, reconocibles por todos como los protagonistas de las obras más famosas escritas en castellano, y que por su trascendencia universal podemos considerar en paralelo como “universales” o categorías humanas que nuestra literatura ha aportado al mundo. Otros ha habido que han hecho el camino inverso, traspasando nuestras fronteras para incorporarse a nuestro acervo, como liliputiense, habitante del fantástico país de Liliput a donde Jonathan Swift envió a Gulliver en uno de esos viajes que suponían curiosos ejercicios de “antropología de proyección”, o anfitrión, como antes dijimos, de mano de Molière.

Modernamente, y a partir de la novela de Nabokov, hemos incorporado lolita, pero como categoría soy de la opinión de que ha habido una tergiversación del término, porque identificamos a una lolita como una jovencita provocativa que provoca la corrupción de un adulto (¡!), lo que, realmente, habla bastante del machismo de quien puede pensar que una niña de doce años puede ser la culpable de provocar sentimientos lascivos en un adulto que, además, es su padrastro. Repugna a la sensibilidad actual esta situación, y parte de la genialidad de la obra es precisamente el retrato de aquella sociedad hipócrita y borracha de autocomplacencia. Parece bastante claro que el autor definió a Lolita como víctima, y no como victimaria (recordemos que la relación termina con un episodio de violencia “provocada” por el conocimiento del padrastro de la existencia de otro adulto que sí consumó su lascivia en la menor), y es sorprendente cómo debiéramos “recategorizar” o tachar definitivamente el uso de esta palabra, como se ha pedido ya con “judiada” por sus connotaciones racistas.

Lolita llegó hasta nosotros desde la Literatura y también desde el cine, y aunque la perturbadora visión de Kubrick no coincida con la del novelista no debemos olvidar que Nabokov colaboró con el cineasta en el guion de la película estrenada en 1962, nueve años después de su publicación.

Del cine provienen también charlotada, que define el espectáculo cómico a partir del mundialmente conocido personaje de Charles Chaplin, y rebeca, como detallamos cuando hablamos de la moda.

Vamos a acabar la serie con una referencia, siquiera sea sucinta, a adjetivos que provienen de nombres propios, por la razón de que muchas veces pueden ser, como dice la sigla, ser usados también como sustantivos.

u.t.c.s.

Marca el Diccionario con esta sigla a las palabras que por su función sintáctica nacieron como algo diferente a sustantivos, pero que han acabado usándose como tales. Lo pongo aquí porque, como dijimos, el epónimo muchas veces nace para marcar una cualidad, y por ello su función inicial fue adjetiva.

Como ejemplos que no podemos considerar epónimos porque han formado adjetivos, y no sustantivos, si bien son muy reconocibles, podemos poner los siguientes: pantagruélico, en referencia al personaje del escritor francés del siglo XVI François Rabelais que aparece en sus cinco libros de Gargantúa y Pantagruel; dantesco, atribuido a lo muy horroroso por la descripción que Dante hizo del infierno en la primera cántica de su obra universalmente conocida La Divina Comedia, o rocambolesco, que proviene del personaje Rocambole del prolífico escritor francés Pierre Alexis Ponson du Terrail, que escribió una enorme cantidad de aventuras imposibles de este personaje extravagante en el tercer cuarto del siglo XIX que adquirieron una inusitada popularidad.

En realidad si analizamos los mecanismos de creación del lenguaje veremos que, igual que -ismo, -logía y -terapia son sufijos de creación de sustantivos de derivación, hay otros que permiten la formación de adjetivos, y que de cada uno podemos extraer algún ejemplo proveniente de sustantivos propios. Por ejemplo:

-ino (alfonsino —de Alfonso X El Sabio—);

-ano (año mariano, o sea, dedicado a la devoción de la Virgen María);

-eano (pregunta booleana —que solo admite dos respuestas, o matemáticamente cuando una excluye a la otra, según lo definió el matemático inglés George Boole en 1847—;

-ista (masoquista, del escritor austriaco L. von Masoch, que en la novela La venus de la piel introduce escenas de duros castigos dentro de una relación sexual, consentidos por la víctima);

-ico (vemos varios ejemplos: pírrico define el logro sin ventaja, la victoria a tan alto precio que es contraria a los intereses del teórico vencedor, y proviene del rey Pirro, monarca helenístico de Épiro que se enfrentó a los romanos, a los que venció en batalla pero con tales pérdidas que se le atribuye la frase “otra victoria como esta y volveré solo a casa”; de salomónico, unido normalmente a juicio, tenemos normalmente mayor conocimiento por la educación religiosa cristiana, donde la treta del rey de los judíos descubrió la verdadera maternidad del bebé sobreviviente cuando otro había muerto por la noche y las comadres se disputaban al vivo; bien pensado, la acepción ha pasado ahora a tener un significado parecido a “equitativo” que nada tiene que ver con la enseñanza que la historia nos muestra, así que, como antes dijimos con “lolita”, parece que el término leva el ancla en determinado momento y va mudando y adaptándose poco a poco, alejándose del original; citaremos por esta forma de creación por fin sádico, del marqués de Sade, provocador escritor francés del siglo XVIII que parece que puso por escrito perversiones por otro lado bastante comunes en la sociedad de su época en algunos de sus escritos, el más famoso de ellos Los 120 días de Sodoma);

-esco (rocambolesco o dantesco, como ya hemos dicho);

íaco (genesíaco, propio de los orígenes, asimilando como cierto el relato sobre la creación del Universo mundo tal y como viene en la Biblia, lo que ahora deberíamos considerar poco más que poético);

-eo (hercúleo, o de fuerza descomunal, como la de Hércules, que tenía la ventaja de ser un semidiós y que pasó toda su azarosa vida intentando incorporarse a la hueste del Olimpo a base de demostrar cualidades sobrehumanas que le hicieran merecedor de la atención de su padre, Zeus; el nombre original del semidiós es Heracles, que en realidad es un término compuesto de dos palabras, Hera —la diosa—y kléos —gloria—, porque aunque la diosa le odiaba profundamente por ser el fruto de una relación de su marido con una mortal, la reina Alcmena, estuvo a su servicio. Quizá no todo el mundo sabe que los trabajos que se le encomendaron, en principio diez y que acabaron siendo doce, fueron ordenados por el Oráculo de Delfos como penitencia por haber asesinado a su familia entera —en algunas versiones la esposa sobrevivió, pero Heracles la abandonó  al enterarse de los hechos nefastos que Hera, al parecer, le había provocado hacer—).


Creo que la serie ha dado un panorama bastante amplio del alcance que esta forma de creación de neologismos tiene actualmente. La importancia parece creciente, y si me asomé a este tema por una curiosidad insatisfecha desde hacía tiempo tengo que reconocer que profundizar no me ha curado del todo, y no puedo prometer que cuando se me acumulen etimologías de este tipo no vuelva a recopilarlas y a mostrarlas. Hasta entonces cierro ya este tema para dedicarme a otras cosas.