Eran las seis y media de una tarde fría de invierno cuando Gervasio, agachado, cosa que la mayoría de las veces suponía un verdadero suplicio, estaba terminando de cerrar la persiana metálica de su vieja y polvorienta tienda de cuadros. Las seis y media de la tarde no era la hora habitual para que Gervasio cerrara, pero llevaba unos días en los que no se encontraba con la moral demasiado alta.En casa le esperaba Sara, mujer extremadamente sensata y de dulces y suaves ademanes. Era, sencillamente, una mujer adorable. Ella, al igual que Gervasio, pasaban ya de los setenta años y sólo se tenían el uno al otro. Últimamente, él meditaba mucho sobre su vida y eso sólo servía para entristecerle aún más de lo que estaba.
Eran las seis y media de una tarde fría de invierno cuando Gervasio, agachado, cosa que la mayoría de las veces suponía un verdadero suplicio, estaba terminando de cerrar la persiana metálica de su vieja y polvorienta tienda de cuadros. Las seis y media de la tarde no era la hora habitual para que Gervasio cerrara, pero llevaba unos días en los que no se encontraba con la moral demasiado alta.En casa le esperaba Sara, mujer extremadamente sensata y de dulces y suaves ademanes. Era, sencillamente, una mujer adorable. Ella, al igual que Gervasio, pasaban ya de los setenta años y sólo se tenían el uno al otro. Últimamente, él meditaba mucho sobre su vida y eso sólo servía para entristecerle aún más de lo que estaba.