Como era costumbre en temporada habíamos rentado una casa a unos 80 km de la capital, en un balneario cercano a Costa azul. La segunda quincena de enero era un poco más apacible que la primera, pero aun así el flujo de turistas era continuo.
La idea como siempre era que fuesen vacaciones familiares, Claudio mi hijo llevó a su esposa, yo a mi mujer y a Camila nuestra hija de 21 años. Alquilamos aquella amplia casa de veraneo para tener la comodidad necesaria las tres semanas que pensábamos permanecer. Nada más lejos de la realidad.
Marta (mi nuera) supongo, a juzgar por algún quejido que huía de su habitación le ocurría mismo y la nena ya lejos de su infancia se escondía en libros y problemas matemáticos para darle sentido a una existencia un poco más agitada, que lo que hasta ahí yo sabía. La deserción obligada se desató la segunda semana, a Marta la llamaron de la capital de forma urgente para hacerse cargo de una nueva sala, que inauguraba el hospital donde se desempeñaba, era un sueño hecho realidad que truncó felizmente sus vacaciones, así que nos abandonaron sin vacilar, prometiendo volver para pasar los últimos días en familia.
Al calor húmedo y sofocante las noches le otorgaban una tregua tan relajante como deseada. Dos días después de la partida de mi hijo y su mujer, una alarmante llamada repentina dio por tierra nuestra continuidad. La hermana de mi señora tuvo un accidente cardiovascular y fue internada urgente en Buenos Aires (Argentina). Por lo que debíamos viajar.
—Amor, ustedes quédense. Disfruten estos días, la casa está pagada hasta el 4 de febrero, no vamos a perder eso.
El aire acondicionado de mi dormitorio dejó de funcionar, por lo que opte mudarme para la habitación de arriba, la que antes ocupaba mi hijo, contigua a la de Camila, fue sin saber fue el principio de la trampa sutil de un deseo abrasador que estaba por consumir la moral férrea que hasta allí creía poseer.
El calor agobiante sudaba nuestras pieles es verdad, sin embargo, solo era una pequeña porción, una rueda en aquel engranaje que empezó a girar la segunda noche que quedamos solos. Después de cenar entre varias pausas donde el sonido de los cubiertos y platos fueron protagonistas, Camila se retiró a su habitación con la excusa de chatear con su amiga que estaba en Brasil, y yo me ofrecí a lavar la losa y acomodar la cocina.
Luego de eso salí a fumar un cigarrillo y contemplar las estrellas. Una parte de mi quería irse, regresar a la ciudad, pero por otro lado sabía que no tenía forma de ayudar. Más de una hora después escalé a mi habitación para descubrir en el camino, la puerta de Cami entreabierta, la tenue luz de la notebook bañaba las sábanas blancas y las teñía de un pálido azul al igual que el derrotado cuerpo desnudo y bronceado de la veinteañera, posaba de perfil con un pie estirado y el otro recogido ¡mi Dios! No pude evitar mirarla sin recordar a su madre que era igual a su 21, casi 22 años lo recuerdo como para tratar de tener algún indulto por lo que pasaba en mi interior.
La contemplé varios minutos como a una mujer de dudosa procedencia el cabello negro caía como una cascada sobre su rostro agrio, con una mueca de dolor como si me estuviera mirando profundamente dormida. La mágica luz , lamía su figura juvenil y tatuó en mi retina la perpetua imagen que como una maldición acosaría el resto de mi vida.
En la mañana desayunando la miré diferente
—Pasé a despedirme anoche. —Dije apresurando a tragar la tostada.
—Estaba muerta, Pá. Apenas me bañe, me tire en pelotas. ¿Me viste?... —Preguntó, apurando el café y riendo.
No conteste. Ella había cambiado de mojigata a Mata Hari en un día y yo estaba totalmente desorientado como nunca a mi casi medio siglo de existencia.
—Esta noche podemos ver la película tenebrosa, esa del bosque de no sé qué... ¿Te parece? —Propuso la mujer de la casa.
Las nubes descompusieron el clima perfecto en más de 25 días del mes y la película nocturna se adelantó para las14 horas en medio de una llovizna mansa que supongo era parte del plan. Dos latas de cerveza aliviaron un guion malísimo. Un rato antes que comenzará el bodrio apagó las luces y nos cubrimos con una manta liviana para entrar en clima, la temperatura había descendido un poco pero pronto en living treparía a niveles catastróficos.
Cada poco la película ofrecía algún sobresalto que la veinteañera aprovechaba para aferrarse a mi pecho. No lograba concentrarme en nada que no fuera en ella, en la visión diabólica de la noche anterior y su desnudez total de la persona que tenía abrazándome bajo la manta. La cosa no se podía poner peor cuando al protagonista de la película le comienzan a hacer una mamada en el auto.
Me ruboricé. No era algo para ver con mi hija precisamente, por eso sostengo que fue la tormenta perfecta. Estaba empalmado tremendamente y ella lo notó, porque dejó caer una mano encima del miembro que la engendró. Le aparté la mano lentamente y en sus gafas me vi, pero no me reconocí. Era un sujeto diferente un tipo que había perdido la batalla entre el bien y el mal y que pronto estaría follando a su hija sin importar la condena. Decidí permanecer inmóvil con aquella brutal erección y la chica en mi pecho escuchando el corazón que se debatía a muerte entre lo que deseaba y lo correcto. Luché hasta donde humanamente me dieron las fuerzas y finalmente decidí ceder ante la joven voluntad que no claudico a su deseo.
—Que pasa papá? ¿Nunca te la chuparon en el auto? —Me pregunto sin rodeos y no contesté.
Su mano busco nuevamente el pene, pero esta vez, la dejé ser y le ayudé a liberarlo bajando las bermudas. Me sobo el grueso miembro en la penumbra y cuando ya no soporté las caricias tortuosas de la fémina, la miré con rabia, con deseo voraz e irrefrenable de tenerla.
—Ya. Basta. Le implore mientras me enseñaba la tanga negra que extrajo de entre la manta.
La tele se apagó y entre las sutiles sombras del pino que mecía el viento la muchacha olvidó su parentesco y succionó mi verga de forma magistral, la misma que le había dado su vida ahora estaba en su boca y sabía perfectamente qué hacer. Aquel maravilloso y prohibido placer fue retribuido con sabia pericia y en un movimiento felino le masqué el clítoris para que sepa lo que sentía su madre antes de la cabalgata.
—Soy tu padre, Cami... No, no puedo... esto no está nada bien...
Y cuando comencé una lenta retirada, agarró mis huevos con vehemencia y una lágrima rodó por su mejilla, los ojos dilatados exclamaban la excavación profunda y así sin más y plenamente consciente de mi acto y sus consecuencias le enterré los 21 cm de amor paternal, al contado.
Los extensos gemidos de mi hija aún resuenan en mí y el secreto de aquella tarde inexplicable e irrepetible yace en nuestras miradas muy de vez en cuando.