Revista Cultura y Ocio

Víctor virgós, bajo el alias vladimir kowalska: "la retratista de los niños de lágrimas negras"

Por Orlando Tunnermann
 VÍCTOR VIRGÓS BAJO EL ALIAS VLADIMIR KOWALSKA: "LA RETRATISTA DE LOS NIÑOS DE LÁGRIMAS NEGRAS".La buhardilla de tía Zahara parecía un pequeño y misterioso reino ignoto con todos esos atriles, caballetes, lienzos, botes de pintura y sábanas sucísimas que cubrían cientos de enseres con marchamo de antigualla inveterada.El angosto reducto de maderas quejumbrosas, severamente asediadas por la carcoma, hedía a tiempo confinado y espectral cautiverio aciago.Lucía trastabilló un par de veces con unos marcos angulosos que peleaban en el suelo de tablones combados de tanto porfiar en conquistar aquel santuario prohibido.La advertencia de tía Zahara, esa vieja amargada de carácter acerbo y ceño siempre fruncido, que siempre la amonestaba por el mero placer de hacerle llorar, había sido implacable e inequívoca: ¡Ni se te ocurra subir al desván!  ¡Te lo prohíbo terminantemente! Si alguna vez te sorprendo fisgoneando, te juro por el dios que creó los mares y los cielos que te abandono junto a los fantasmas que moran en el hotel de las almas perdidas. Semejante leyenda, espeluznante y conocida por todos los niños, era más que suficiente para mantener a Lucía en un estado permanente de curiosidad y temor.La pequeña se estremeció al visualizar en su mente aquel lugar, frecuentado según se decía por extraños personajes disfrazados que olvidaban sus penas y miserias cotidianas viviendo una vida ficticia como exiliados de una batalla olvidada y lejana.Resuelta y pizpireta se atusó su preciosa y larguísima cabellera dorada y continuó explorando el desván de inquietante opacidad.Tía Zahara se había marchado al despuntar el alba a la mansión de los amores malhadados, donde una vez por semana ponían un mercadillo con productos de toda laya. No regresaría hasta la tarde.
La luz en el desván era tan miserable que para moverse entre tanto objeto sucio y añoso tenía que ir gateando, con las manos extendidas para abrirse paso en la jungla de cacharrería variada.Lucía se detuvo estupefacta ante una pintura que mostraba a una pareja de cisnes negros y famélicos atravesados por saetas en medio de un lago de sanguinolentas aguas.A su lado, otra obra descubría a una mujer, obesa, desnuda, acostada sobre una rudimentaria yacija. Sonreía de un modo pícaro y extrañamente perverso, admirando fascinada sus senos redondos y grávidos. Dos siluetas borrosas parecían aproximarse a la odalisca a través de una puerta roja suspendida en un mar de nubes negras.Otro cuadro, mucho más grande que los dos anteriores juntos, presentaba a un copioso rebaño de vacas con semblantes lobunos que devoraban a un pastor y a su asustadiza cuadrilla de canes raquíticos.Estaban todas las obras firmadas por una tal Gabriela Conchaespina.Lucía paulatinamente sintió cómo se disipaba su curiosidad por el arte con una mueca de espeluzne y desagrado manifiesto. Se alejó de los lienzos decepcionada. Aquí no encontraría nada parecido a muñecas, juguetes y libros con dibujos para pintar.Echaba de menos a sus padres. Tía Zahara, su cuidadora, así insistía en que la llamara, decía siempre que muy pronto volverían a por ella para llevársela a la casa junto al mar que tenían en Sicilia. Pero así pasaban los años, con sus duros inviernos y los melancólicos otoños, en compañía de aquella bruja proterva que cuidaba de ella hasta el retorno anhelado de sus padres. Ya no era ninguna niña. Tía Zahara la estaba engañando, estaba convencida. Ella era mala y sus padres no la querían. Por eso la habían abandonado, porque había algo malo en ella que hacía que los demás la repudiaran y se alejaran de su lado. Creció Lucía con el convencimiento absoluto de ello, tan segura estaba como de que las estrellas refulgían por la noche y la lluvia rociaba los prados en primavera. Tía Zahara siempre estaba de mal humor, escupiendo y blasfemando, dando gritos y voces, echándole la culpa de todos sus pesares. Jamás la había visto sonreír. Jamás la besaba ni la acariciaba con amor, ni le leía cuentos o la arropaba cuando tenía frío. Algo se había movido al fondo de la buhardilla., un imperceptible temblor de una cortina raída que tapaba un objeto enorme con forma de cofre.Debían ser ratas. Lucía las imaginó tan voluminosas como los gatos callejeros que se alimentaban de la inmundicia putrefacta de los contenedores de basura.Entonces se produjo un nuevo y timorato vaivén de la cortina. Lucía vio una manita tan pequeña como la suya, aunque de tonalidad dérmica mucho más pálida. Se sobresaltó.- ¡Hola! ¿Quién está ahí? ¡Sal de tu escondite! Te he visto, sé que estás ahí.La mano reapareció, acompañada del rostro pecoso de un niño pelirrojo y ojos verdes. Lucía reparó en que tenía las mejillas surcadas de lágrimas negras pintadas.Para llegar hasta el cofre tuvo que saltar por encima de una mesa de madera vetusta y oscura.- ¿Qué haces ahí escondido? –Inquirió Lucía, ocultando su miedo tras una voz varonil-.- Yo no estoy escondido, vivo aquí –repuso el misterioso personaje, muy engolado. Arqueó las cejas, como si no entendiera la pregunta. En el rostro de la pequeña se transfiguró el desconcierto.-Eso no puede ser. La gente no vive en desvanes, sino en las casas. Yo vivo con mi tía Zahara en esta casa-Afirmó Lucía con excesiva rudeza, enfatizando que ella estaba en el lugar correcto y que él debía ser un polizón-.-Yo no conozco a tu tía Zahara -Sonó lastimera su voz-pero si vives aquí entonces a lo mejor conoces a mi tía Gabriela –Se ilusionó de pronto el muchacho-.Lucía se encogió de hombros, pero entonces se le encendió el rostro como si fuese una luminaria.-Antes he visto unos cuadros feísimos, ¿los pintó tu tía? -dijo tranquilamente, sin reparar en la ofensa-.-Son de tía Gabriela -Chilló el chiquillo- ¡Oye! ¿Por qué has dicho que sus cuadros son feísimos? Tía Gabriela pinta mucho mejor que tú. –Reivindicó muy orgulloso-.Lucía abrió la boca, escandalizada por la ignominia. Entonces contraatacó haciéndole burlas con la lengua.-Es que yo solo soy una niña, pero cuando sea mayor seré cuatro millones de veces mejor pintora que ella.La exorbitante explicación pareció convencer al chico.-¿Y dónde está tu tía Gabriela? ¿Te ha dejado aquí solo y encerrado?-Sí, se marcha todas las mañanas a vender piedras preciosas de tierras lejanas que pertenecieron a poderosos reyes  -Explicó el muchacho emocionado-.La niña se quedó perpleja ante la capacidad imaginativa del chico, que no parecía ser consciente de la farsa que le había contado su tía. Prefirió no mancillar su candidez para evitar una disputa. Se quedó callada durante unos segundos; después pareció confundida y exclamó:-Tía Zahara también vende piedras y compra montones de cosas, pero creo que no eran de ningún rey –Exclamó casi con pena-- ¿En serio? ¡Qué casualidad! -El chiquillo aulló encantado- Entonces seguro que tía Gabriela y tu tía Zahara se conocen y son buenas amigas, porque las dos viven en esta casa y las dos venden y compran montones de cosas de tierras lejanas –Resolvió el chiquillo sin dubitación-- ¡Pero qué bobo eres! ¿No te das cuenta o qué? Tía Gabriela y tía Zahara tienen que ser la misma persona. No puede ser que yo viva con tía Zahara en esta casa y tú con tía Gabriela y que las dos se vayan todas las mañanas a vender y comprar cosas de tierras lejanas. El chico no dijo nada, parecía acobardado. Lucía se arrepintió de su brusquedad inmediatamente. Entonces salió con una nueva ocurrencia.-Bueno, a lo mejor tu tía y la mía son espías y por eso a ti te dice que se llama Gabriela y a mí Zahara, pero sólo hay una –Canturreó Lucía, feliz con su descubrimiento-.-Tía Gabriela no es ninguna espía, pero nos ha mentido a los dos porque es una persona mala malísima. –Confesó el muchacho. Lucía abrió la boca sorprendida.-Tía Zahara es un millón de veces peor –Compitió Lucía--Tía Gabriela dice que ahí afuera es todo muy peligroso y que debo quedarme aquí.Lucía quedó nuevamente sorprendida por aquella revelación.-Yo me llamo Lucía. ¿Cómo te llamas tú?-Leonardo, como el pintor. Es lo que siempre dice tía Gabriela.Lucía le dio la mano, ceremoniosa. La de Leonardo era flácida y fría.-Oye Leonardo, ¿por qué te has pintado esas lágrimas negras tan feas? -Se rió divertida- Pareces un payaso.El chico pareció dolido. Lucía se arrepintió nuevamente de su brusquedad.-Me las ha pintado tía Gabriela -su rostro se iluminó- ¡Mira, mira! Te voy a enseñar una cosa. Verás como tía Gabriela pinta muy bien.Destapó un armatoste oculto bajo una raída cortina de rayas rojas y blancas. Lucía se quedó mirando un precioso arcón de cuero oscuro recubierto de chinchetas de plata. Estaba repleto de cuadros de niños de edades análogas con rostros surcados de lágrimas negras.Pues no me gustan nada!  ¡Son feísimos también! –Protestó Lucía sin consideración. Leonardo apretó los puños, soliviantado. Parecía a punto de estallar. Lucía no entendía por qué el chico se molestaba tanto con sus opiniones cuando él mismo había admitido que tía Gabriela era mala malísima.-¿Por qué les pinta a todos lágrimas negras? –Prosiguió Lucía-Leonardoparecía ya más calmado.-No sé, tía Gabriela dice que como somos huérfanos, estamos tan solos y tristes, por eso pinta las lágrimas negras, porque lloramos mucho.-Yo también lloro porque mis padres no vienen a buscarme, pero tía Zahara no me pinta lágrimas negras.-¿Y dónde están los otros niños? ¿Hay más como tú?-Sí, claro. Tía Gabriela es una buena samaritana y por eso se hace cargo de todos nosotros, pero yo siempre estoy aquí, nunca he visto a los demás.-Pues no sé que es una "buena samaritana", pero tía Gabriela me parece mala malísima. Oye Leonardo esto es aburrido, ¿Jugamos a algo?El chico no decía nada, parecía caviloso.- ¡Ya lo tengo! ¡Juguemos a las palabras encadenadas! Falta todavía mucho para que tía Zahara regrese –Propuso Lucía-Por su ademán de perplejidad, dedujo que Leonardo no tenía ni la menor idea de cómo se jugaba.-¿No sabes jugar a las palabras encadenadas?Leonardo parecía acobardado otra vez.-¡Qué bobo eres, con lo fácil que es! Yo digo: ¡Árbol! y tú tienes que seguir con otra palabra que empiece por "bol", como por ejemplo "bolso". Siempre coges la última parte de la palabra. -Ya sé, ya sé -Protestó enérgico Leonardo-. ¡No soy ningún bobo!-Empiezo yo -Anunció entusiasmado Leonardo--Amiga-Comenzó el chico--Gato-Tobogán -le desafió Leonardo--Ganso -Repuso la niña a vertiginosa velocidad. Leonardo aplaudió entusiasmado.-Sopa-Su risa era frenética.-Pájaro –Movió los brazos Lucía como si fuese una gaviota- -RocaPropuso  Leonardo sin parar de reír, jubiloso como nunca antes. Ninguno de los dos oyó el sonido de la puerta. Tía Zahara acababa de llegar a casa.Estaban entusiasmados, encadenando palabras a un ritmo incansable:"saco, cobra, brazo, zoquete, tenedor, dormilón..."Entonces el suelo tembló y los lienzos de la mujer obesa y pechugona, y los cisnes atravesados por saetas, se desplomaron como estatuas de arena. Alguien acababa de irrumpir en el desván. Las sombras ocultaban su faz. Leonardo se detuvo en seco. Su rostro era la viva imagen del miedo. ¿Qué le pasaba a Leonardo? Parecía asustadísimo. En ese instante Lucía notó un terrible pinchazo en la cara derecha del cuello y todo se desvaneció.Alguien le apretaba la mano. Lucía abrió los ojos: era tía Berta. Venía acompañada de un barbudo pelirrojo con aspecto de aguerrido vikingo bonachón. Se expresaba en una lengua desconocida para ella.- Tía Berta -Su voz era un timorato hilillo. Apenas la recordaba. Sólo la había visto dos veces en toda su vida, y también en algunas fotos.- ¿Cómo te encuentras, cariño? Nos has dado un susto de muerte.El vikingo asintió, pronunciando vocablos muy raros.-¿Qué ha pasado? ¿Por qué estoy en este hospital? Me duele mucho la cabeza.- Te encontraron unos mendigos hace unas horas en un callejón. Estabas cubierta de arañazos, metida en una alfombra. Lucía se estremeció.-Me duele tanto la cabeza, tía Berta. Tengo mucho sueño –Se quejó Lucía-Tía Berta no quería preocupar a la niña contándole lo que esa cuidadora horrible le había hecho en realidad, drogándola y abandonándola después a su suerte.- No es nada. Te han dado una medicina los médicos. Pronto estarás bien y podremos irnos de aquí.-¿Cómo sabías dónde encontrarme, tía Berta? -  Me avisó un amigo tuyo que se llama Leonardo. Nos ha contado que tu cuidadora le tenía siempre escondido en un desván. -Ese amigo tuyo también está lleno de arañazos. Es muy valiente. Logró escapar y avisarnos. Es un chico muy listo.Tía Zahara, o quien diantres fuese esa lunática, pensó tía Berta conteniendo a duras penas la rabia, había desaparecido sin dejar rastro. La policía decía que llevaba muchos años haciendo lo mismo: cuidando de niños desamparados y abandonándolos después, adoptando identidades falsas.La perturbada cuidadora había prendido fuego a la casa. El niño disfrazado de payaso le había salvado la vida a Lucía.Tía Zahara, Tía Gabriela, condujo a toda velocidad con un único pensamiento en la mente: empezar de cero, formar nuevamente una familia de huérfanos, una familia de niños de lágrimas negras. Los pintaría, serían eternos. Debía comenzar a buscarlos y comprar una casa con desván para sus niños de lágrimas negras.-FIN-

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