♦Edición y traducción de Juan Signes Codoñer»
«El auge y la decadencia de un imperio a través
de las vidas de sus emperadores.»
Las Vidas de los emperadores de Bizancio (en edición original Cronografía, Χρονογραφία) de Miguel Pselo, filósofo, orador y valido de varios de los soberanos de su época, es una obra que desborda cualquier intento de clasificación sencilla. A medio camino entre la crónica histórica, la autobiografía intelectual y el retrato moral, este texto se erige como una de las piezas más singulares de la literatura bizantina. En ella, Pselo narra los reinados de los emperadores de su tiempo —desde Basilio II hasta Miguel VII Ducas—, pero lo hace con una mirada que trasciende el registro de los hechos para adentrarse en la interpretación psicológica y ética de sus protagonistas.
Basilio II (976-1025)
Constantino VIII (1025-1028)
Romano III Argiro (1028-1034)
Miguel IV el Paflagonio (1034-1041)
Miguel V Calafate (1041-1042)
Zoe y Teodora (1042)
Constantino IX Monómaco (1042-1055)
Teodora (1055-1056)
Miguel VI El Viejo (1056-1057)
Isaac I Comneno (1057-1059)
Constantino X Ducas (1059-1067)
Eudoxia (1067)
Romano IV Diógenes (1068-1071)
Miguel VII Ducas (1071-1078)
Lejos de la sequedad de otras crónicas medievales, las Vidas de los emperadores de Bizancio destacan por su vivacidad estilística. Pselo, formado en la tradición clásica y profundamente influido por la retórica de la Antigüedad, despliega un lenguaje elegante, a menudo irónico, que convierte a los emperadores en personajes casi novelescos. Su pluma no se limita a describir: juzga, sugiere, insinúa. Así, por ejemplo, el retrato de Constantino IX Monómaco está teñido de ambivalencia: Pselo admira su refinamiento intelectual y su mecenazgo cultural, pero no duda en subrayar su inclinación al lujo y su descuido de los asuntos militares, casi como si el emperador fuera más un cortesano que un gobernante.
Uno de los pasajes más memorables es el dedicado a Romano III Argiro, cuya ambición militar termina en desastre. Pselo relata con cierto tono crítico su empeño en emular a los grandes conquistadores del pasado, lo que lo lleva a una campaña fallida que evidencia más su vanidad que su capacidad estratégica. La escena, casi teatral, ilustra la distancia entre la imagen que el emperador tiene de sí mismo y la realidad de su incompetencia.
No menos revelador es el retrato de Zoe, figura fascinante tanto por su longevidad política como por su vida personal. Pselo describe con detalle sus matrimonios y su influencia en la corte, sugiriendo un equilibrio delicado entre poder dinástico y pasiones privadas. En sus páginas, Zoe aparece como un personaje complejo, capaz de ejercer autoridad pero también vulnerable a las intrigas que la rodean.
Otro ejemplo significativo es Isaac I Comneno, cuya breve pero intensa etapa en el trono es presentada como la de un reformador decidido. Pselo destaca su disciplina casi ascética y su voluntad de restaurar el orden en las finanzas del imperio, aunque también deja entrever las tensiones que estas reformas generan entre las élites.
Entre la memoria personal y la construcción literaria, la obra de Pselo permanece como un testimonio vivo de la capacidad de la escritura para dar forma, y sentido, al pasado.
Uno de los rasgos más fascinantes de la obra es, en todo caso, la presencia constante del propio autor. Pselo no oculta su cercanía al poder ni su participación en la vida cortesana. Por el contrario, se presenta como testigo privilegiado, e incluso como actor en los acontecimientos que relata. Esta dimensión autobiográfica introduce una tensión interesante entre la aspiración a la objetividad histórica y la inevitable subjetividad del narrador. El lector contemporáneo no puede sino preguntarse hasta qué punto los retratos de los emperadores están condicionados por las lealtades, ambiciones y resentimientos del propio Pselo.
En este sentido, las Vidas de los emperadores de Bizancio se revela también como un documento sobre la cultura política bizantina. Más que una sucesión de hechos, ofrece una reflexión implícita sobre el ejercicio del poder, la fragilidad de la autoridad imperial y la influencia de las intrigas palaciegas. La corte aparece como un espacio de inestabilidad permanente, donde la inteligencia, la astucia y la capacidad de adaptación resultan tan decisivas como la legitimidad dinástica.
Sin embargo, el valor de la obra no es únicamente histórico. Su riqueza literaria y su complejidad psicológica la acercan, en muchos aspectos, a formas narrativas modernas. La atención al carácter, el uso de la ironía y la construcción de escenas cargadas de tensión dramática anticipan, de algún modo, la sensibilidad de la novela. Leer a Pselo hoy es descubrir una voz que, desde el siglo XI, dialoga sorprendentemente bien con nuestras formas contemporáneas de entender la historia y la narración.
En definitiva, las Vidas de los emperadores de Bizancio no solo ilumina un periodo crucial del Imperio bizantino, sino que también invita a reflexionar sobre la naturaleza misma del relato histórico. Entre la memoria personal y la construcción literaria, la obra de Pselo permanece como un testimonio vivo de la capacidad de la escritura para dar forma, y sentido, al pasado.
El que quizá fue el mejor de los oradores bizantinos tuvo un defecto físico lo que le valió el sobrenombre de Pselo, adjetivo que se aplicaba a los que tienen una traba o un defecto en el habla, seseo o frenillo. Más adelante el propio Pselo se tonsuró como monje repentinamente a finales del año 1054, adoptando el nombre monástico de Miguel.
De ahí su nombre: Miguel Pselo, pues en aquella época si no eras de la aristocracia no tenías nombre, solo apodo.

Miguel Pselo con su alumno Miguel VII Ducas
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El autor:
Miguel Pselo (c. 1018–c. 1078) fue una de las figuras más brillantes y complejas del mundo intelectual bizantino. Nacido en Constantinopla, en el seno de una familia de cierta posición pero no aristocrática, recibió una educación esmerada en gramática, retórica y filosofía, disciplinas en las que pronto destacó por su talento excepcional. Desde joven mostró una inclinación particular por la tradición clásica griega, especialmente por Platón, cuya influencia sería decisiva en su pensamiento.
Su carrera estuvo estrechamente ligada a la corte imperial. Pselo ocupó diversos cargos administrativos y diplomáticos, lo que le permitió estar en contacto directo con el poder y participar en los acontecimientos políticos de su tiempo. Fue consejero de varios emperadores y desempeñó un papel relevante durante los reinados que luego narraría en su obra más célebre, las Vidas de los emperadores de Bizancio. Esta cercanía a la élite gobernante le proporcionó una perspectiva privilegiada, aunque también condicionó su visión de los hechos.
Además de su actividad política, Pselo desarrolló una intensa labor académica. Fue nombrado catedrático en la Universidad de Constantinopla, donde enseñó filosofía y consolidó su reputación como uno de los grandes eruditos de su época. Su pensamiento se caracteriza por un intento de reconciliar el legado filosófico pagano con la doctrina cristiana, en una síntesis que refleja la vitalidad intelectual del Bizancio del siglo XI.
Su producción literaria es vasta y diversa: escribió tratados filosóficos, discursos, cartas y obras históricas. Entre todas ellas, las Vidas de los emperadores de Bizancio destaca como su contribución más influyente, tanto por su valor historiográfico como por su calidad literaria. En ella, Pselo no solo documenta la historia de su tiempo, sino que también revela su aguda capacidad de observación psicológica y su estilo sofisticado.
La figura de Pselo encarna las tensiones propias de su época: entre la tradición clásica y la fe cristiana, entre la vida intelectual y la ambición política. Su legado, sin embargo, perdura como testimonio de un momento de esplendor cultural en el Imperio bizantino y como ejemplo de la riqueza de su pensamiento.
El libro:
Vidas de los emperadores de Bizancio (título original: Χρονογραφία, Cronografía, 1078) ha sido publicado por Ediciones Cátedra en su Colección Letras Universales, 620. Edición y traducción de Juan Signes Codoñer. Encuadernado en rústica, tiene 504 páginas.
Para saber más:
https://es.wikipedia.org/wiki/Miguel_Pselo
