Introducción de John Joseph Adams. En opinión del antólogo, el atractivo del género postapocalíptico proviene del deseo de una nueva frontera y de imaginar cómo sería un mundo nuevo, reconstruido con y desde las cosas que ya sabemos. Yo no estoy muy de acuerdo. En mi caso, al menos, la atracción de este subgénero proviene de lo opuesto, del deseo de asistir a la devastación, de ver las ruinas del mundo y contemplar las cenizas del nuestro, no el nacimiento de uno nuevo. No es la promesa de un porvenir en construcción lo que me llama, sino el fracaso y el derrumbe de lo vigente. Creo que el auge de este subgénero durante el principio de este siglo, gran parte de él travestido con la etiqueta distópica, se debe a su coincidencia con la postmodernidad, al gusto compartido por transitar las ruinas de la modernidad. Tengo la convicción, ya expresada varias veces en otros textos, de que el 11-S fue el pistoletazo de salida, el punto de inflexión que escritores y lectores necesitaban para entender, tras un gran periodo de bienestar, que la realidad es en esencia violenta y que la estabilidad puede destruirse en cuestión de segundos. Lo que atrapó las mentes de los ciudadanos no fue la idea de la reconstrucción, sino la pura demolición; la caída de las Torres fue también la de la fe en la seguridad del mundo civilizado.
El sonido de las palabras, de Octavia Butler. La comunicación entre individuos se torna casi imposible. Ella no entiende la palabra escrita ni él la hablada. No se sabe por qué ni cómo, pero tras una especie de ictus global todos perdieron distintas capacidades cerebrales. Pese a todo, los supervivientes intentan seguir siendo humanos, huir de la animalidad y mantener la esperanza en la siguiente generación, pues los niños sí hablan y entienden.
Chatarra, de Orson Scott Card. En la exploración de cuatro edificios de una antigua ciudad, sumergidos en parte en un lago, se escenifica el choque entre el pasado y el futuro, personificado en un joven y sus dos amigos. Él, aventurero; ellos, apegados a las viejas tradiciones y lugares. Por ello le excluyen, aunque él no se dé cuenta hasta el final. Como es habitual en Card, hay un gran manejo de las emociones y los personajes. Y acento mormón, ya que el cuento pertenece al ciclo de "La gente del margen".Gente de arena y escoria, de Paolo Bacigalupi. Un mundo degradado (mares de residuos, sustratos tóxicos por doquier) al que el hombre se ha adaptado haciendo su cuerpo inmune a la toxicidad. Destaca ese medio ambiente colapsado tan propio de Bacigalupi por el que transita una Humanidad que carece de humanidad, pérdida que se evidencia magistralmente mediante la forma de presentar el trato con un perro. Como anécdota, decir que en la traducción de Fantascy, en la antología "La bomba número seis y otros relatos", lo titularon Seres de arena y escoria, lo cual, desde un punto de vista valorativo, es un tremendospoilerPan y bombas, de Mary Rickert. Un poco a lo Bradbury, incluso en su vertiente oscura, con un giro final algo macabro. Es un cuento post 11-S que tiene cierto valor por su trato de la xenofobia, pero que carece de originalidad en su conclusión, con niños matando adultos para que expíen su culpa y les permitan crear un orden nuevo. De cómo logramos entrar en la ciudad y salir de ella, de Jonathan Lethem. Otro futuro echado a perder de cuyo colapso no hay detalles. Con una trama que recuerda a ratos el concurso maratón de la novela de Horace McCoy ¿Acaso no matan a los caballos?, el autor presenta el concepto de realidad virtual como algo insatisfactorio, un engaño que no puede rivalizar con la auténtica realidad. "Tecnología vieja" en el cuento, se trata de un sucedáneo cercano al teatro, que no funciona sin la complicidad del público. Oscuros, oscuros eran los túneles, de George R. R. Martin. Hace 500 años que tuvo lugar un desastre nuclear. La radiación ha transformado a los supervivientes del subsuelo hasta hacerlos parecer ratas a los ojos de los exploradores de túneles. Una de esas historias que exploran la dualidad Morlock/Eloi desde nuevos puntos de vista. Se trata de un buen cuento, aunque en ese orden de cosas, bastante inferior al Subte de Rafael Pinedo, por ejemplo.Esperando al Zephir, de Tobias S. Buckell. Otro de los cuentos en los que la ciudad cobra gran importancia. Una guerra ha traído el fin del petróleo y, por extensión, de la era de la abundancia. Una chica espera la llegada de un barco eólico para lanzarse a la aventura y salir de su monótona vida. El final hace que parezca una apología del alistamiento a filas.Nunca desfallezcáis, de Jack McDevitt. Este relato breve y encantador comparte escenario con la novela Eternity Road, que da ganas de leer. El mundo es habitable pero está repleto de ruinas. No se conoce la causa, pues los supervivientes han perdido la memoria del pasado. La protagonista recorre un mundo evocador, fascinante a ojos de quien va descubriendo las viejas carreteras y edificios. Se encontrará con un personaje cuasi fantasmal del pasado entre las ruinas del viejo mundo. La conversación que mantienen trae al recuerdo el maravilloso cuento "Encuentro nocturno" de (una vez más) Ray Bradbury.Cuando los Admindesis gobernaron la Tierra, de Cory Doctorow. En este relato largo se asiste, por primera vez en la antología, al proceso apocalíptico previo. Como es habitual en el autor, el cuento parte de una lectura del mundo actual enfocada hacia la tecnología, sus profesionales y sus usos, a cuyo entorno atribuye las causas del colapso. Una escalada de golpes terroristas simultáneos, pero sin relación entre ellos, lleva a la civilización a su fin. Los grupos terroristas toman el papel de las naciones en el ámbito de la guerra. Al final, Internet y la colaboración entre los administradores de sistemas, héroes del relato, sacan al mundo del atolladero.Las últimas formas -o, de James Van Pelt. El primero que aborda las mutaciones como tema central. Como en el final de Soy leyenda, la obra maestra de Matheson, pone el foco en el concepto de normalidad cuando todo ha cambiado. Desde esa perspectiva, presenta una feria cuya atracción son los individuos sanos, no los mutados. No se conoce el origen de las plagas causantes de las mutaciones, pero más que colapso parece haber sido algo gradual, un mutágeno que ha provocado cambios más que un apocalipsis.Naturaleza muerta con Apocalipsis, de Richard Kadrey. Un pequeño cuento de un autor siempre distinto, un texto provocador y chistoso en apenas cuatro páginas. Muestra un apocalipsis sin causa determinada, una sucesión de sucesos desquiciados que me traen a la memoria la película "Un día de furia". Uno de los textos más flojos del volumen.Los ángeles de Artie, de Catherinne Wells. Cuento conmovedor. La intuición sugiere que la capa de ozono cayó o que el sol aumentó, no se sabe a ciencia cierta. Sólo las ciudades están protegidas de la radiación solar. En ese contexto se desarrolla la historia del líder de una pandilla de chicos, un mesías de los suburbios, contada por su amiga y lugarteniente. El final toca con pericia el corazónEl juicio pasó, de Jerry Oltion. A lo James Morrow, se presenta un fin del mundo bíblico. Queda una Tierra vacía y ocho astronautas de regreso debatiendo si es bueno o malo llamar a Dios para que vuelva a por ellos. El tono es de comedia inherente a esa absurdidad, incluso en las implicaciones, pues para llamar la atención de Dios, uno de ellos intenta asesinar a un compañero, lo cual, no hay que ser muy listo para inferirlo, lo conduciría de cabeza al infierno. Modo silencio, de Gene Wolfe. Sorprendente cuento escrito al estilo Damon Lindelof, de los que obliga a repensarlo línealmente antes de sacar conclusiones. Los dos protas parecen ir a una velocidad distinta que el entorno, totalmente despoblado, abandonado aunque sin destrucción. De nuevo, no se da información sobre el apocalipsis.Inercia, de Nancy Kress. Magnífico, narrado desde una voz muy personal, descriptiva de las emociones que se adivinan tras los actos de los demás. Es un relato desarrollado con una gran sensibilidad y cuenta con un final muy emotivo. Es un apocalíptico al que hay que quitarle la condición de post, pues está sucediendo. Hay un virus presente, enfermos abocados a guetos y, sobre todo ello, el intento de exterminar la violencia del cerebro humano, tal como ocurría en Paz interminable, la premiada novela de Joe Haldeman.
Y el profundo mar azul, de Elizabeth Bear. Uno de los cuentos más dañados por el problema del que hablaré al final de la reseña, y quizás por ello difícil de entender. Un mensajero recorre en moto unos EEUU devastados por la radioactividad. Ha habido catástrofes ambientales a la Chernobyl y una guerra. En el cuento no hay nada más allá de la figura de la motorista enfundada en cuero atravesando el paisaje postapocalíptico americano. No hay más atractivo en la historia que ese.Asesinos, de Carol Emshwhiler. Hubo una guerra sucia entre EEUU y los árabes, tan larga que los supervivientes viven ahora en asentamientos situados en las montañas. Las ciudades fueron abandonadas debido al cambio climático. Un magnífico cuento sobre el difícil entendimiento con el otro en el que, inesperadamente, adquieren una gran relevancia final los celos asesinos.El circo ambulante de Ginny Caderasdulces, de Neal Barrett, Jr. Simpático cuento de aventuras que recuerda el universo de la serie cinematográfica de Mad Max, con el que comparte el desértico escenario y la importancia que tiene la carencia de gasolina. Se trata de un futuro lejano producto de una serie de guerras. A pesar de la desolación geográfica, el ambiente no muestra debacle, quizás por la cantidad de tiempo pasado. Como el título sugiere, se trata de una narración itinerante, de pueblo en pueblo. El fin del mundo tal como lo conocemos, de Dale Bailey. Un relato que recuerda La nube púrpura de M. P. Shiel pero en un tono diametralmente opuesto, cómicamente divertido. Una voz socarrona cuenta cómo se toma el fin del mundo su único superviviente. Un día el resto de habitantes del planeta amanecen "averiados" y sólo queda (más o menos) él. El protagonista no se ve obligado a hacer ejercicios exagerados de supervivencia, puede encontrar lo que necesita en cualquier parte. Sólo le importa su pérdida; todo lo demás (repoblar, recuperar la civilización, eso de salvar la especie) le es indiferente. Él se limita a sentarse y beber. Sin los demás, el mundo carece de peligros. Violencia, rapiña, saqueos...todo lo que representa el cliché hobbesiano, la amenaza del otro, no existe en ese nuevo mundo. Se trata de un cuento metaliterario que pone en solfa los lugares comunes del subgénero. Con toda seguridad, el post apocalíptico más cozy de todo el volumen.Una canción antes del ocaso, de David Grigg. Si la civilización cae y surge el barbarismo, ¿podría sobrevivir el arte? ¿Se merecerían los bárbaros heredar el arte, es necesario eliminarlo para resurgir? Postapocalíptico de futuro chungo, con un anciano en el centro del relato y un mundo en ruinas con supervivientes que comen ratas e incluso humanos. Los vándalos son los herederos del mundo, niños que piden cuentas a sus generaciones anteriores por arruinarles su futuro, pero que se han quedado sólo con lo peor de ellas, la violencia. El acto final del anciano deja en el aire preguntas y dudas sobre motivaciones y merecimientos. Un gran final.Episodio siete: la última defensa contra la jauría en el reíno de las flores púrpura, de John Langan. Quizás el peor del volumen. Una historia tonta de supervivencia un tanto inocentona que se dice contestación al de Bailey y que también tiene un toque a lo Wyndham. Humanos que se transforman en plantas poseídos por seres de otra dimensión, con el protagonismo de un lector de cómics que se erige en protector de una mujer embarazada. Quizás hay puntos de conexión, pero no obtiene el mismo resultado que el cuento de Bailey. Y, ni por asomo, ya que hablamos de plantas invadiendo cuerpos humanos, que La crisis, de M. John Harrison.Lecturas recomendadas, por John Joseph Adams. Una lista bastante completa con los títulos de decenas de extraordinarias ficciones postapocalípticas que hacen cerrar el libro con una tristeza añadida a la de acabarlo, ya que un gran número de ellas no han sido publicadas en España.Hasta ahí llega este magnífico volumen de catástrofes, absolutamente pertinente en estos tiempos de amenazas globales, de fascismos, IAs y cambio climático. La lectura ha sido, para mí, un auténtico disfrute, aunque he de decir también que me han sorprendido algunas pequeñas taras en la edición, descuidos inesperados y también errores provenientes de la traducción, bastantes, impropios de un libro de semejante fuste. Frases mal interpretadas, alguna redundancia, algún sinsentido y un par de despistes en las entradillas de los cuentos. En al menos dos de ellas, las que dan paso a Lethem y Bacigalupi, traducen el título de forma distinta a la que luego le han dado en el cuento. En la introducción, además, se produce un desajuste por falta de revisión, debido también al auténtico punto recriminable de este volumen, su incompletitud. La antología original de John Joseph Adams contiene veintidos cuentos, y así lo menciona también en la introducción de este Gótica: veintidos. Sin embargo, entiendo que por una cuestión de derechos, el primer relato no figura en la versión española, sólo hay veintiuno. Y es una ausencia notable, porque se trata, nada más y nada menos, que de la aportación de Stephen King, que además es de una calidad excepcional. Es uno de los mejores relatos del libro y mantiene relación, en cuanto a tratamiento argumental, con otros dos. El final del desastre es un cuento que se ha copiado mucho y que, debido a ello, sonará a más de uno. El protagonista trata de acabar con la violencia del hombre exponiendo a todo el mundo a un compuesto químico, pero lo que logra es idiotizar a toda la Humanidad, él incluido. Ecos de Haldeman y, principalmente, de Daniel Keyes.No quiero minimizar el asunto de la edición (es un Valdemar con un precio Valdemar), pero tampoco terminar dando una sensación falsa de lo que opino sobre el libro. He aquí una antología que los amantes de la cf van a disfrutar de verdad y que tampoco defraudará a los devotos de la editorial más cercanos al terror. Da lo que promete y asegura buenas horas de lectura postapocalíptica. En mi caso, particularmente, ha agudizado ese pesar de tantos años que me produce el amor de Valdemar por otros subgéneros como el terror o el western, que también quiero, pero que no puedo comparar con la cf. "Paisajes del apocalipsis" demuestra que gran parte de este tipo de literatura tendría cabida en una línea paralela, que enriquecería el catálogo y no produciría choque alguno. Valdemar Futura sería un gran nombre. Y si no, tampoco sería mucho pedir que se animaran a publicar los dos volúmenes siguientes de la antología, con más cuentos seleccionados por John Joseph Adams del mismo palo. Muchos lo agradeceríamos eternamente, aunque la eternidad parezca, ahora mismo, más lejana que nunca.