15-O. El sábado volvió a ser un clamor, más global que nunca. Miles de realidades descontentas e indignadas salieron de nuevo a la calle a protestar y a exigir un cambio que no llega (habrá que ir a buscarlo), y que nada tiene que ver con el que algunos pretenden reivindicar como suyo, ya relamiéndose ante la próxima cita electoral. El 15-O le ha arrebatado al 20-N la categoría de fiesta de la democracia.
Y algunos ya se han puesto nerviosos. Y se han vuelto impacientes. Pese a que no tienen motivos aparentes: las encuestas les sonríen y el futuro se divisa lleno de alegres pactos e impunidad. En Barcelona, 25 años después de que fuera designada sede olímpica, tal día como hoy, CiU y PP ya tienen sus negociaciones bilaterales exclusivas, regalo de Navidad adelantado. La exclusividad la reclamaba el PP para dar el sí a los presupuestos del consistorio. Los primeros acuerdos, esta misma semana. Un ensayo general de lo que será el espíritu de las Navidades futuras pese a que desde las filas de CiU se prometa (estamos en campaña y no hay que espantar votantes, al menos no todavía) que es puntual y no es la avanzadilla de la marabunta. Pero el futuro se vislumbra en las bolas de cristal de Castilla-La Mancha, Madrid o Extremadura, con su nepotismo nada ilustrado y menos lustroso. Y ahora también en Catalunya. Pobre Catalunya, que quiere parecerse a Finlandia y sólo lo está consiguiendo en demografía gracias al éxodo de jóvenes, mientras dirige sus pasos hacia una república bananera colonizada por las multinacionales, sin clase media ni servicios públicos de calidad. Menos mal que el tiempo acompaña y el otoño está tardando en llegar.