El caso es que hace unos días, hablando con un compañero, me comentó lo enfadadísimo que estaba con cierta autora por el final que le había dado a cierta novela suya. No daré ningún nombre, pero a la pobre la puso verde, pero verde, como si de algo personal se tratase. Para él, el libro sería perfecto si no hubiese terminado de esa forma tan (palabras textuales) horrenda, insultante y aborrecible. Y es que al final la escritora decidió matar a la carismática heroína de su novela, y eso al parecer es sencillamente inadmisible.
El caso es que no es la primera vez que veo producirse en los lectores una histeria general y casi descontrolada cuando los protagonistas mueren o bien no acaban juntos, casándose, teniendo hijos y comiendo perdices. Es como si estos personajes, por el simple hecho de pertenecer a una historia con la que nos encontramos a gusto o con la que nos identifiquemos, estuviesen exentos de morir o de ser infelices.
Supongo que detrás de esa necesidad de un happy ending existe algún tipo de explicación psicológica o algo así, ya que está claro que todos soñamos con la felicidad y con la victoria del bien sobre el mal y demás (utopías). Pero, como dicen los mayores, la vida no es nunca como queremos que sea, y con los finales pasa algo parecido.
Por un lado, entiendo que haya desenlaces que no nos convenzan o que sencillamente detestemos. Lo entiendo, nos ha pasado a todos que, al cerrar un libro o salir del cine, nos sentimos indignados, engañados o decepcionados porque el final sencillamente no hay por donde cogerlo, bien porque sea una fantasmada, una chapuza o una cosa tan obviamente predecible que confiábamos en que el escritor o los guionistas tuviesen suficiente talento como para impresionarnos con un poquito más de originalidad.
Por supuesto, esto no quiere decir que sea una psicópata que disfruta cada vez que se cargan a los protagonistas, ni que me amarguen los finales felices per se. Simplemente creo que en la literatura y en el cine, como en todo, hay finales que son como tienen que ser. Buenos o malos, trágicos o cómicos, felices o tristes, pero finales al fin y al cabo. Ni más, ni menos.