finges no interesarte.
Te delatan tu maneras.
Tus ansias de aparearte.
Y los ciegos topos gimen
en grutas de decadencia.
Se dan cuenta, ese himen
es simple y pura apariencia.
Quizá algún incauto cojas
seducido entre tus redes.
Escondiendo tus congojas
lo encierras entre paredes.
Ya el desgraciado desquita
con sus gritos los claveles
que es lo que en ti más suscita
esos instintos crueles.
Y cuando este es acabado
cubres tu ser con el velo.
El hombre ya esta humillado
y tú estás de nuevo en celo.
Silvestre Santé