Un ansias. El señor del 16C ha abierto el ordenador, ha sacado una bolsa de gominolas y se ha quitado la americana, todo prácticamente al mismo tiempo. Come compulsivamente y me pone nerviosa. ¿Cuánta glucosa necesita para trabajar mientras arranca el tren?
Ha ingerido más gominolas por minuto de las que puedo soportar, así que intento mirar para otro lado, meterme en el libro o hacer scroll en el móvil. No puedo. Los niños que van en el 15C y el 15B no paran de discutir sobre la conveniencia de un Pokémon para no sé qué y la señora del 16A está respondiendo mails con una Arial 48 que no me deja indiferente.
¿Qué necesidad de trabajar un viernes a las 18:30 en el tren? Parece que todo es urgente y merece respuesta inmediata. Me cuestiono mi propia productividad pero, por suerte, el arrebato me dura unos pocos segundos. El paisaje a través de la ventana se va tornando cada vez más oscuro y las siluetas de las casas y la gente se van desdibujando.
El del 17B se ha quedado dormido. Sensato. Envidiable. En mis auriculares suena ‘Triste y vacía’, la canción perfecta para deprimirse con dignidad. ¡Qué grande, Lavoe! He descubierto que el ansias del 16C se llama Albert, por la firma de sus correos. Escribe en inglés mientras absorbe un chupa-chup que parece no tener fin.
Hay cuatro adolescentes en procesión por el pasillo. Se ríen con energía, como si hubieran encontrado el chiste definitivo. Quiero ponerles zancadilla, pero no me atrevo. Me encanta imaginar cómo irían cayendo, uno detrás de otro, pero prefiero guardarme el impulso para otro escenario en el que mi maldad no sea tan evidente.