Revista Educación

La necesidad de un amigo invisible

Por Siempreenmedio @Siempreblog
La necesidad de un amigo invisible

Parece haber un acuerdo tácito en el mundo de la literatura entre quienes escriben y quienes leen para disponer de un cupo de malentendidos y errores de comunicación. Así, la pluma inventa con un objetivo, pero el mensaje que se recibe al otro lado puede ser muy diferente. Algo así me ha ocurrido en estos días con el escritor Andrés Barba y su última novela El último día de la vida anterior. Devoré la obra, parca en páginas, y luego decidí buscar algo de información de un autor al que desconocía y que descubrí que, nacido en Madrid, emprendió un viaje hacia América Latina, un camino físico pero que también se dirige hacia una literatura con toques fantásticos, que dicen es más propia de la corriente de autores emergentes del otro lado del charco. Soy yo muy poco de etiquetas y corrientes, quizás por el mismo sentido de fallos de comunicación al que aludo al principio de este artículo, pero lo que me sorprendió de la entrevista en El Periódico de Barba, es que su motivación a la hora de escribir la historia de una agente inmobiliaria que se encuentra con un aparente espíritu infantil en una de las casas que debe vender, fue muy diferente a lo que yo sentí en la lectura. Ahí entra la experiencia vital de cada cuál y cómo tendemos a proyectar nuestras emociones del momento en el mundo que nos rodea, diferente en cada instante.

La necesidad de un amigo invisible

Sí, El último día de la vida anterior gira en torno a la infancia y sus traumas, no hay felicidad ni ingenuo disfrute, sino culpa y preocupación. También aparecen las amigas reclusión, incomprensión o las desesperadas peticiones de ayuda, no lo niego. Sin embargo, en esa energía que parece haberse quedado atrapada en bucle en la casa yo proyecté la repentina necesidad de volver a contar con el apoyo incondicional de un amigo invisible. Y eso que en mis recuerdos no existe ninguno, aunque, con el paso del tiempo, he empezado a sentir que un gato que yo creía que me visitaba en un séptimo piso en Santa Cruz de La Palma no existió y fue mi versión de ese otro ser que yo quería cerca. El niño que protagoniza la novela corta de Andrés Barba coloca a la agente inmobiliaria ante un espejo para que contemple su propio reflejo, la orienta, la desconcierta, sí, pero también le recuerda juegos infantiles y formas más sencillas de llevar la vida. Durante la lectura de esta historia no me pareció inquietante la posibilidad de ver un niño que nadie más es capaz de detectar, al contrario, me resultó placentero contar con esa presencia, con la oportunidad de investigar lo inexplicable, de abrazarlo y disfrutar de una compañía tan sutil. Igual la verdad la tienen las niñas y niños que hablan sin tapujos con ese amigo invisible, del que se tienen que despedir por una estupidez semejante como es crecer.


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