Revista Educación

Premio Nobel de Química

Por Siempreenmedio @Siempreblog
Premio Nobel de Química

Cada vez que como jamón serrano me acuerdo de esa persona única, ese ser inolvidable que pensó un día, de buenas a primeras, en una matanza del cochino "vamos a poner en sal esta pata del cerdito, pobre, que nos ha sobrado y cuando venga una hambruna vamos a necesitarla". Y allí la dejaron, olvidada, colgada en algún seco y oscuro rincón. Y un día la fueron a buscar y se había obrado el milagro. ¿Ustedes entienden lo que esa persona ha aportado a nuestras vidas?

A fin de cuentas, es un salazón más como el del pescado, uno de los grandes legados de España al mundo. Probablemente fuera una previsora doñita. Poco se habla de ella...

¿Y la tortilla de papas? Quién sería esa cocinera brillante, esa señora que la leyenda nunca confirmada nos dice que se encontró una horda de soldados hace más de doscientos años en plena Guerra Carlista, y tenía unos huevos, cebollas y unas humildes patatitas. Ese momento en que decidió mezclar esos ingredientes cambió la historia del mundo, así de simple. Y, por otro lado, ¡Viva América y sus tubérculos!

Pero, avancemos. ¿A qué cerebro privilegiado de las Baleares debió ocurrírsele que el aceite y, de nuevo, el prodigioso huevo, podían maridar de forma tan exquisita? ¿En qué momento alguien tuvo la santa paciencia de sentarse en el duro poyete de la cocina, armado de una rudimentaria cochara de madera, y se pegó diez minutos dale que te dale hasta que salió el delicioso mejunje que hoy llamamos mayonesa, ella me bate como si fuera mayonesa? Digo yo que de esa bendita casualidad nació la madre de todas las salsas.

Voy a añadir un elemento de discusión. La croqueta. ¿Qué me cuentan de esa humilde y simplona reina de todos los entremeses, campeona de toda mesa que se precie? Imaginen esa familia pobretona, esa señora sufrida de hace cientos de años que un buen día decidió matar la última vieja gallina que le quedaba y con todo el dolor de su corazón lo mato, lo sirvió a sus hijos diciendo: Tomad y comed. Y le vino a la mente que ese poquirritín de raspas que habían quedado pegadas a los huesos podían aprovecharse haciendo una albóndiga con ellos y con un poco de harina y leche. Y la puso a freír. Y vio que era buena. Esa señora es mi ídola, y debería ser también la tuya.

Imaginemos, en plena hambruna, la monjita del convento pronuncia las siguientes palabras: "Ha sobrado pan, madre abadesa, ¿qué hacemos?". Ella, previsora, que para algo era la madre abadesa, la mandó ordenar a la famélica cabra, que estaba en un rincón. Recordemos que este país nuestro no era tierra de vacas, y más bien abundaba el pacífico ganado lanar y el divertido caprino. Humedecieron el rancio pan duro en la líquida y blanca leche. Y, de pronto, a la monjita preocupada se le ocurrió que podían untar el fondo del caldero con un poco de manteca. Añadiendo un poco de azúcar se obró el milagro y nació la torrija. ¿Fue así? Lo ignoro, pero creo que esas dos monjas y su cabra merecen mis respetos.

Sí, mucho fuego, mucha rueda, mucho papiro y mucho microchip, pero esas pequeñas y grandes joyas de nuestra gastronomía bien valdrían un homenaje permanente. Debería haber un Premio Nobel compartido para España en materia de química, que póstumamente reconociera a las personas que inventaron el jamón serrano, la croqueta, la tortilla de papas, la mayonesa y la torrija. Nuestras ciencias deberían añadir tamaño reconocimiento a los logrados por Severo Ochoa y Santiago Ramón y Cajal que pusiera en la historia a esas cinco personitas, yo creo que abnegadas mujeres, que tanto han hecho por la humanidad.

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