Revista Cultura y Ocio

Viaje a Honduras 1

Por Julio Alejandre @JAC_alejandre

Saulo fue a Honduras para buscar a su mujer. El avión de Tan Sasha, procedente de Guatemala, descendió al hoyo que contenía Tegucigalpa en acrobáticas espirales, sobrevoló tejados, cruzó rasante sobre la carretera Panamericana y aterrizó en la única pista del aeropuerto internacional de Toncontín, un pequeño cerro en el centro del valle, deteniéndose bien entradas las líneas amarillas de fin de pista. Un poco más y no lo cuentas, pensó él, el estómago en la boca, una vena alocada en la cabeza, al ver por la ventanilla el barranco donde terminaba el asfalto. Apenas había cien metros hasta las primeras chabolas que asomaban por el borde: aquí no aterriza cualquiera, no señor. Miró alrededor y vio que algunos −rostros morenos, acento latino− charlaban distendidos, alegres, pero los extranjeros tenían aún el susto en el cuerpo. Cuando puso el pie en el suelo, el crepúsculo teñía de naranja el cielo y soplaba una brisa agradable que hacía ondear la ropa de los pasajeros.

Saulo atravesó la pista andando despacio, con su bolsa roja colgada en bandolera, y se situó al final de una cola única, estática, frente a las cabinas de migración. Estaba cansado por un viaje agotador de veintidós, veinticuatro horas, hombre, quizá más, lleno de escalas: primero en Santo Domingo, donde los recibió un calor húmedo e implacable, después en Panamá, una vertiginosa escala de treinta minutos que la gente aprovechó para comprar en el dutty free licores, tabaco, café, lo que fuera, todo en dólares, y por último, en Guatemala, nueve horas de espera que se le hicieron interminables, paseando por los pasillos de la diminuta zona internacional, tirado en los bancos: una azafata era la única distracción, recuerda, una azafata que ofrecía gratuitamente tazas de café de la tierra. Por fin alcanzó el mostrador donde un policía con gafas de espejo recibió su pasaporte y estampó un enorme sello, folclórico, en una página indeterminada entre otras muchas en blanco, vaya manera de joder un pasaporte nuevo, amigo, y, ya a bolígrafo, escribió el número treinta sobre el sello, treinta días, y lo rodeó con un círculo.

Afortunadamente, la bolsa de mano es su único equipaje y no debe esperar junto a las cintas transportadoras a que aparezca ninguna maleta. Otros pasajeros que venían en su mismo vuelo han tenido mala suerte y Saulo los ve buscar desesperados un mostrador donde reclamar el equipaje desparecido. En la aduana, un policía de color vestido con un uniforme claro registró su bolsa con una meticulosidad sorprendente: lo desparrama todo sobre una mesa de madera, camisetas, pantalones, ropa interior, dos libros, una radio pequeña, el contenido del neceser, pero no encuentra nada sospechoso y Saulo observa su gesto de fastidio cuando le indica que lo recoja todo, oquéi, pase; sin embargo, el compañero de la mesa contigua tuvo más suerte y encontró algunos artículos susceptibles de pagar mordida, que es una palabra que Saulo todavía no conoce pero con la que pronto se familiarizará.

Cuando sale del aeropuerto ya es de noche, la sala de espera está casi vacía pero afuera hay una legión voraz que ha esperado pacientemente el último vuelo de una pista que no tiene luces. Ofrecen souvenirs, dólares, change, change money, los mozos se ofrecen a cargar los equipajes hasta los vehículos que esperan en la explanada del aparcamiento, se desviven por ayudar, los quitan de las manos, los taxistas prometen carreras a buen precio, las mujeres venden dulces, plátanos, gaseosas, que llevan en canastos sobre la cabeza. Saulo se siente de golpe perdido, embotado, demasiados estímulos en un instante, dónde había venido a parar. Se colgó la bolsa por delante, para tenerla más controlada. Con cuidado abrió la riñonera y sacó un billete de cincuenta dólares y antes de que hubiera cerrado la cremallera ya tenía a su lado a un hombre ofreciéndole cambio: lempiras a dos cincuenta, varón, no iba a encontrar mejor oferta. Saulo no sabía si era buen cambio, pero vio que se acercan más cambistas con los grandes fajos de billetes en ristre, agitándolos como el fuelle de un acordeón, así que sí, estaba bien, aceptó el cambio. El billete de cincuenta dólares desapareció de su mano y Saulo sintió un repentino sobresalto, un vahído en la boca del estómago, casi como cuando aterrizaron, pero el hombre seguía a su lado, sacando los billetes del fajo con enorme rapidez, los dobló y se los entregó. Saulo los contó, faltaban diez, le dice, y el hombre, que ya se iba, sacó de mala gana un billete gris, mugriento, desgastado, y se lo dio sin una palabra de disculpa.

En medio del gentío que abarrotaba la entrada del aeropuerto, Saulo se mantenía atento tratando de localizar a la persona que habría de recogerlo y procurando mantenerse bien a la vista de cualquiera. Pasó media hora y nadie preguntaba por él, ni vio ningún cartel con su nombre. Los pocos que vio, al principio, y que leyó varias veces por si acaso se equivocaba, eran nombres extranjeros. Uno de ellos lo llevaba una muchacha muy guapa, vestida de uniforme, con el pelo muy liso, la piel clara y un gesto de inalterable bienvenida con el que recibió a un gringo alto, rosado y rubio. Saulo siente una punzada de envidia, le habría gustado ser recibido por aquella sonrisa, por aquellos ojos cálidos. Después se le ocurrió escribir su nombre en el reverso de la tarjeta de embarque, el papel que llevaba más a mano, y enganchársela en la camisa, entre dos botones. Pero no tuvo suerte, acaso no le dieron el recado al padre Michael, se dijo, tendría cojones que no me viniesen a buscar, ya más enfadado. Y más que habría de enfadarse porque pasó un buen rato y nadie preguntaba por él. Media hora después se habían ido todos los pasajeros, las vendedoras, los mozos, los cambistas, incluso los propios empleados del aeropuerto. De un taxi aparcado frente a la entrada salió un hombre, se le acercó y le dijo que se iba a quedar sin transporte, que ya se marchaban, jefe, que si quería él lo llevaba. El taxista era pequeño y delgado, algo mayor, y eso, la edad, le dio confianza a Saulo, estaba bien, y lo siguió y se sentó a su lado, la bolsa sobre las rodillas.

Arrancó el coche: que adónde iba a ir. Saulo recordaba un nombre, Excelsior, el nombre de un hotel. Al Excelsior, le dijo, y el taxi salió de la explanada y empezó a bajar las cuestas del aeropuerto hacia el fondo del valle. La carretera estaba oscura, no se veían casas, pero por delante, a los lados, lejos, hay luces que flotan en la noche, la ciudad que trepa por las laderas del valle, y más arriba una franja de cielo aún claro y otros puntitos que son las estrellas. Por la ventanilla abierta entraba un aire templado, acogedor, que Saulo respiraba a bocanadas, de repente más frío, más húmedo, de golpe perfumado. Saulo levantó la cara, quería atrapar un olor, pero se le escapó, se fue, un olor dulzón, penetrante, que le recordaba al verano de su tierra, un olor como a jazmín. Ahora ya estaban en la ciudad, había casas a ambos lados, pero el tráfico era escaso. Callejean. Tegucigalpa se parecía, por momentos, a sus ciudades, con casas bajas, paredes, portales, ventanas similares, los techos de teja, pero son diferentes los colores, los contrastes. Pasaron junto a la mole de un estadio, y el taxista que ese era el estadio Nacional, y él nada, sólo lo miraba, oscuro, feote, en lo alto de una loma, cruzaron el puente que separaba Camayagüela de Tegucigalpa, y el taxista que en realidad eran dos ciudades, más calles, sinuosas unas, rectas otras, y por fin se detuvieron ante una fachada sucia y mal iluminada: el hotel, jefe. Estaba cerrado, pero el taxista llamó al timbre y el encargado de noche abrió el postigo y se asomó tras la reja. Era un hombre moreno, ni joven ni viejo, con el torso desnudo, en la mano llevaba un machete. Una habitación para el señor, dijo el taxista, el hombre observó a Saulo a través de los barrotes, un momento, con mirada de gato escaldado, lo gustó, o no le disgustó, y le franqueó la entrada. Saulo pagó al taxista las veinte lempiras de la carrera, precio de amigo, jefe, y siguió al encargado a través del vestíbulo hasta un pequeño mostrador. Detrás estaba el casillero de las llaves, pintado de un marrón puré de lentejas y el hombre cogió una: veinticinco lempiras la habitación sencilla, y Saulo que si se las pagaba ahora, y el encargado mejor que sí. Saulo las pagó y lo siguió por un pasillo que estaba a oscuras, los baños son aquí, le indicó el encargado, señalando hacia atrás mientras andaba, salió a un patio interior, giró a la derecha, pasó delante de una, dos, tres puertas, se detuvo ante la cuarta, la abrió, encendió la luz, dejó pasar a Saulo y le entregó la llave, que pasara buenas noches.


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