Podría hoy hablar de una cosa (la prohibición) o de la otra (Cataluña vs España), pero prefiero centrarme en un debate más amplio y, para mí, mucho más interesante en la medida en la que nos ayuda a replantearnos nuestra verdadera posición como estudio de arquitectura: ¿qué tipos de funciones cumple el arte?, ¿quieren nuestros clientes que les entreguemos una obra de arte o por el contrario, simplemente un edificio funcional, ajustado en plazos y costes?
El hombre moderno (genérico que incluye, por supuesto, también a las mujeres modernas) acumula tensión con sus obligaciones domésticas y laborales. Tomando lo cotidiano como escenario de la vida, el arte (o las expresiones artísticas) pueden o pudieran ofrecerle un efecto balsámico, proporcionando alivio, relajación y estímulos. Es sencillo encontrar esas sensaciones en las artes denominadas temporales: la música, el teatro, el cine, la danza (la tauromaquia, incluso), pero no es la única manera de conseguirlo. La arquitectura, al domesticar y moldear el espacio que nos rodea, tiene mucho que decir a este respecto. También el deporte, en la medida en que algunos deportistas son capaces de practicar su disciplina de una manera mucho más personal y creativa que el resto de sus colegas, generando en el público que los sigue, sensaciones de satisfacción, placer o admiración.
La respuesta, por tanto, es sí. Sí. No sólo debemos entregar edificios funcionales y ajustados en precio y plazo, sino que debemos intentar generar en los usuarios de nuestro trabajo sensaciones que les permitan sobrellevar las circunstancias que los definen como hombres y mujeres.
El arte o el camino que nos conduce hacia él es más una cuestión de estética que de ética. Más de forma que de función. Más de lírica que de pragmatismo.
O al menos nosotros, lo vemos así.
Luis Cercós (LC-Architects)
http://www.lc-architects.com/
luiscercos@hotmail.es