De cómo el mundo es un pañuelo
unto a la casa en ruinas había un pozo todavía en uso. Es una de las características de aquellas gentes: el respeto a los demás. En otros lugares hubieran cegado el agujero antes de abandonar la casa. Y en otros, hubieran vallado la propiedad para que nadie se hubiera servido ni de ella ni del agua. Por ley natural, el agua es de todos, ni de los lugareños ni de de los propietarios de las fincas por donde discurre. Por eso me molestan los problemas que surgen cuando se habla de trasvases, por ejemplo. Si hay escasez del preciado líquido habrá que racionarla, pero siempre repartirla con equidad. Aunque nuestra idea era descansar, esta ocultaba el retardo de nuestra llegada a Fez. Dimos unas vueltas por Zebzat que, aun siendo una aldea agrícola, no estaba desparramada, sino concentrada en un pequeño núcleo urbano alrededor de una alcazaba que otrora nos hubiera impresionado de no haber visto Merzouga. En nuestro caminar era notoria la falta de ganas, aunque no era en realidad desgana, sino matar el tiempo sin saber qué hacer. Conseguimos que el sol decidiera ponerse y nosotros decidimos recogernos en aquellas ruinas para cenar y dormir. Nos costó conciliar el sueño.
Oí como Adama daba vueltas bajo su manta, igual que hacía yo. Incluso se levantó a orinar dos veces y por lo que escuché sin mucha necesidad. A punto estuve de incorporarme y proponerle charlar un rato hasta que nos bendijera el sueño, pero, como sabía que diálogo iba a haber poco, terminé por aplicar el remedio casero de mi abuela Mayifa cuando en nuestra choza se iba el sosiego por la llegada de un Mbo borracho: “Dikembe, tú cierra fuerte los ojos y las orejas y piensa en cuando seas un guerrero”. Y funcionaba porque la violencia era ajena a mí. En cambio, aquella noche la desazón estaba en mi interior, había sustituido al cansancio que no habíamos acumulado durante el día. Así que, por mucho que cerrara mis cinco sentidos no conseguiría aislarme del desasosiego porque estaba dentro de mí. Por supuesto terminé dormido, como mi amigo, aunque no sé quien cayó antes. Cuando me levanté, él ya estaba en danza. Y lo extraño es que me esperaba. Quería hablarme: «¿Dikembe, no sería mejor apretar el paso y quitarnos esto de la cabeza?». Que me hablara antes de desayunar casi me causó un ictus. No, es una exageración irónica con tintes de broma. Sí, tenía razón, no podíamos caer en un pozo de comodidad cuando estábamos tan cerca de alcanzar la meta. Desayunamos, recogimos las mantas y sin decir una palabra más dejamos atrás la casa en ruinas. Caminamos con rabia. El paso que cogimos nada tenía que ver con el del día anterior. Era una lucha para no dejarnos ir y quedarnos a las puertas de donde, curiosamente, deseábamos llegar. No es que voláramos, no, pero andábamos a trancos. Cada zancada nos alimentaba la ilusión que parecía perdida, pero que en realidad simplemente dormía. Cada poco cogíamos el relevo del otro, hecho que jamás se había producido antes. Siempre uno iba a la cabeza y el otro, un par de pasos retrasado, le seguía. Pero ese día cambiábamos la retaguardia constantemente. Uno tiraba del otro y viceversa. Era nuestra forma de demostrarnos que cualquier miedo se había quedado bajo aquellos escombros. Por ello, cuando llegamos al siguiente pueblo, pasamos de largo, así que no puedo contarte nada de Midelt, salvo que se parecía a las aldeas anteriores. Según el mapa, la siguiente con la que tropezaríamos sería Ait Toughach, pero como no sabíamos interpretar la escala no podíamos calcular la distancia, aunque en el mapa aparecían todas muy juntas. Además, al contrario que en otras ocasiones, no hablé con nadie, ni pregunté. Si alguien hubiese reparado en nosotros, se hubiera preguntado de qué huíamos. Nadie nos perseguía, éramos nosotros quienes íbamos detrás de un sueño que, ahora sí, veíamos exequible. De alguna manera, aquella galbana, ya abandonada, se debía a la relajación que las buenas circunstancias del viaje nos habían permitido. Desde que habíamos dejado atrás la dureza del desierto, avanzar se había hecho más cómodo, si es que este adjetivo cabe en estas andanzas y en el itinerario. También se había sumado el golpe que recibimos al haber dejado atrás también a nuestro amigo Hamal. Pero en aquellos momentos en los que al mirar atrás veíamos las montañas con los picos nevados, nos sentíamos seguros aun sin él. La naturaleza ya no era un enemigo, sino un aliado. Y lo sería hasta llegar a otro mar, este de agua y no de arena. Ese era el marco perfecto para que se desatara una tormenta adventicia porque natural era imposible por la falta de nubes. Después de entrar en Ait Toughach se produjo el primer relámpago y comenzó la tormenta en mi interior. El fogonazo y el estruendo, que me afectaron a mí únicamente, me dejaron paralizado amén de sordo y mudo, pero no ciego del todo. Contra esa blancura cegadora se dibujaba una figura tan temida como conocida. No podía creer que tuviera ante mí a Abu Dharr, el cabecilla de los terroristas para quienes había interpretado el papel de muecín. Al retirarse el efecto del shock y volver a ser dueño de mí mismo, observé que no estaba solo. Reconocí a alguno de sus secuaces, guerreros de Alá, que antaño fueron ficticios compañeros de armas. No solo deseé que la tierra me tragara, también que se los tragara a ellos en otro agujero distinto y más profundo. Cuando reaccioné grité a Adama: «¡Corre!». Y corrimos. Y como todo lo hacía bien, conseguí llamar la atención de tout le monde. Por allí nadie corre, todo el mundo anda como si le sobrara el tiempo. No como aquí, que parece que no haya una vida para hacer las cosas. Ya sabes qué opino de tus prisas siempre apuradas. Como te digo, por aquellas calles no corría ni el aire. Teníamos dos ventajas. Una, yo les había visto antes. Y dos, nuestra relación no estaba jerarquizada. Si bien, había una tercera que yo creo que fue la responsable de que pusiéramos tierra de por medio: Éramos más jóvenes. No es que fuéramos Usain Bolt, pero dos gansos de uno noventa tienen piernas y corazones que les permiten dar zancadas de metro y medio sin ninguna dificultad y una detrás de otra. Y si bien la adrenalina solo saturaba mis venas, Adama al verme correr de aquella manera, no la necesitaba. En un momento determinado nos encontramos en un callejón sin salida. A los lados casas y enfrente una pared de adobes. Nos miramos, y gracias al tiempo y las peripecias pasados juntos, supimos qué hacer. Y tuvimos más suerte que quien fue a buscar notoriedad y se encontró con la presidencia de una nación. Cuando caímos del otro lado del muro no nos recibió la tierra, sino el forraje recién cortado que trasportaba una carreta. El carretero lanzó un largo “so” para que
pararan los bueyes y miró hacia atrás. Yo le miré, él me miró y como si no hubiera pasado nada, aguijó a los animales para que siguieran camino. Tanto Adama como yo, buceamos hasta las tablas del carro y, aunque un poco incómodos por los picores, nos sentimos un tanto seguros. ¡A ver quién nos encontraba allí! Y, al final, hasta se nos hizo largo el viaje. De modo que antes de llegar a destino, asomamos los dos la cabeza con la boca llena de hierba. Habíamos salido de Ait Toughach sin saberlo y como siempre en modo huída. Saltamos al camino y grité unas gracias al carretero que, sin volverse, las contestó al levantar la mano libre de la aguijada. Nos sacudimos las briznas que pudimos y nos miramos con una sonrisa tensa. Pero se conoce que ese día estábamos más conectados de lo normal porque los dos debimos pensar lo mismo: Vaya estupidez bajarse del carro, ¿no? Y corrimos de nuevo. Esta vez no tomamos el carro por arriba, sino por detrás. En él nos sentamos de sendos brincos. Tampoco asustamos mucho al carretero, porque ni se volvió. Solo expresó la idea que habíamos tenido nosotros: «¡Hay que ser tontos!». No te he dicho que nuestro salvador era un muchacho más niño que nosotros que al llegar a una encrucijada de caminos, se volvió y nos preguntó: «¿Hacia donde huís?». «Fez», tuvo la amabilidad de decir Adama. «Entonces, por ahí». Señaló y arrancó hacia el otro lado. Saltamos a tierra y antes de pisarla oímos un “¡Suerte!” que ambos agradecimos. Yo que no tenía todas conmigo le dije a Adama: «No estaría de más correr otro trecho». Cuando los pulmones no me daban más paré, me doblé sobre mí mismo y esperé a mi amigo. No tardó en llegar ni en preguntar entre sobrealientos: «Tú dirás». Y le conté según andábamos y recuperábamos la respiración. Cuando acabé, me lanzó una pulla: «No sé porqué he corrido, a mí no me conocían». Alfilerazo que yo interpreté como una broma irónica, más que nada por su gesto final. Nos alejamos de la pista de tierra pero no nos cundió mucho. No es lo mismo correr por un camino ya pisado que por las piedras y a tras campo. Adama, se debió percatar y sin decir ni mu, volvió al camino llano. Dudé un momentín en seguirle. Cuando llegué cerca de él, le vi intentar parar a un camión cuyo conductor le hizo el mismo caso que a mí: ninguno. Eso ocurrió varias veces más. En esto que vimos venir de lejos desde Ait Toughach, a los que iban no les hacíamos señas lógicamente, una nube de hatos de tela sobre la que se desplazaba
Atlas se alzaba majestuoso y nevado. De allí veníamos y volvimos a sentir el frío. El falso llano nos engañó. Al ver las calles empinadas como se cerraban en curvas sinuosas fuimos conscientes de ello. Y como lucía el sol, cientos de prendas multicolores intentaban levantar el vuelo como grandes pájaros tropicales para unirse a las nubes que, por su lejanía, no amenazaban a nadie. En contraste con las casas de piedra que trepaban por la pendiente, las palmeras, los pequeños huertos verdes y la tierra roja. Y esta herida por el azadón de los primeros pobladores que hogaño se mantenían tan limpias y rectas como antaño. Las acequias, solución perfecta para domar el agua que bajaba de las montañas, servían para hacer parir la tierra con aquello que conducían. Eran las mismas que los árabes, al conquistar el Levante español, construyeron durante los ocho siglos que anduvieron por la península, donde también dejaron infraestructuras, palabras, músicas, bailes y demás restos culturales que todavía hoy contemplamos y disfrutamos. Vimos dátiles en las palmeras y, entre las casas, gran número de animales de carga, en su mayor número burros y algún camello que otro. Pero mi recuerdo es de muchos burros, más que personas en una primera impresión. Por lógica, acabamos en la plaza y yo esta carta por cansancio. Sé que me pongo tarde a escribirte pero, por algún motivo, necesito un recogimiento que no encuentro a otra hora para hacerte estas confidencias. Cada uno es cada cual y como dice el cantor: Baja las escaleras como [y cuando] quiere (1). Un saludo,
(1VG) [↑][Volver] Dikembe se refiere a la canción Cada loco con su tema (1983) de Joan Manuel Serrat, cuya letra dice: “…/cada uno es como es,/ cada quien es cada cual/ y baja las escaleras como quiere…/”
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