Del instante de destrucción salvaje de la vida, de lo más fugaz y pasajero, surgirá la creación artística maravillosa de la fotografía.

Por Artepoesia
Fue en la década del año 1870 cuando se crearía un sistema de fijación de imágenes fotográficas que, realmente, hizo de la fotografía una actividad creativa muy valiosa para poder ser, por ejemplo, ahora una creación itinerante... Porque a diferencia del Arte pictórico, la fotografía, inevitablemente, requiere estar presente en el mismo espacio físico donde el objeto o el escenario natural fijado se encuentre, azaroso, vigente mientras exista. Es la fotografía quien lo fijará eternamente para glosar, sin añadidos, sin aditamentos ni subjetividades excesivas (como sí lo puede hacer el Arte), la imagen real de la vida real que posará, indiferentemente, ante el objetivo primoroso de unos ávidos seres humanos, esos mismos que buscarán, sin reconocerlo del todo, toda aquella eternidad que ellos no conseguirán para sí mismos con sus meros alardes tecnológicos. Así que entonces, en el año 1871, el británico Richard Maddox descubriría, asombrado, el nuevo proceso fotográfico denominado de gelatino-bromuro, un sistema por el cual a la placa de vidrio fotográfica se le extiende ahora una capa de bromuro de cadmio y de gelatina con nitrato de plata, no precisando ya que se mantengan húmedas en todo momento las placas, con lo cual se podían transportar sin dificultades y, además, no necesitaban revelarse en el mismo lugar de la toma, sino que se podían sensibilizar en los laboratorios tiempo después. Pero, lo más importante de entonces fue el tiempo de exposición, que se redujo extraordinariamente. De ese modo, la fotografía dejaría de ser tan solo una alternativa al retrato, lo que los pintores tuvieron en exclusiva desde que Leonardo da Vinci retratase a la Gioconda, y comenzaría a ser también un extraordinario procedimiento para fijar los paisajes naturales del mundo, ahora con la luz del sol como un aliado maravilloso e inevitable. Algo que no conseguirán los pintores, realmente, ya que el sol les dará a éstos la extraordinaria justificación de su Arte, pero no la participación tan activa, necesaria y poderosa que los fotógrafos obtendrán con el astro rey, al ser su luz solar uno de los elementos imprescindibles y precisos, tan físico y presente como el propio paisaje eternizado, y que toda impresión fotográfica requiere siempre para serlo. 
El Renacimiento tendría muy claro el sentido de la imagen artística, ésta estaba jerarquizada, tanto como lo sagrado mismo, para ser representada según los cánones estéticos de los principios más clásicos. El ser humano era lo más importante en el Renacimiento. El fondo, el paisaje añadido, era secundario o marginal. Leonardo da Vinci fue uno de los primeros en hacer del paisaje lejano de sus obras un rasgo estético característico a tener en cuenta. Las cordilleras kársticas de sus obras renacentistas reflejan ya el sentido del decorado natural, ese que toda representación artística pictórica podría necesitar para serlo. Sin embargo, no sería hasta el Barroco cuando el Arte comenzaría a darle relevancia al paisaje sobre la figura del ser humano, de sus cosas o de lo sagrado. Uno de los primeros genios que mostraron el paisaje como recreación de una capacidad artística sobrecogedora lo fue El Greco en el año 1614. En su obra Vista de Toledo, el pintor cretense nos representaría, por primera vez en la historia del Arte, una imagen donde el ser humano no es lo importante sino la fijada instantánea de un paisaje creativo extraordinario. Tiempo después, los holandeses fueron los barrocos que más pronto mostraron en sus óleos la fragancia artística más primorosa del paisaje, ahora además como uno de los sentidos de fe creativa más trascendente del mundo. El gran pintor holandés Jacob van Ruisdael (1628-1682) compuso sus paisajes con el detallismo más exquisito y creativo que el Barroco pudiera expresar sin excesivas figuras humanas, tan sólo con el sol y sus sombras, con el cielo y sus matices o con el mar y sus gradientes ondulaciones primorosas. Pero fue después del Barroco, en el ilustrado siglo XVIII, cuando los pintores quisieron componer el encuadre más perfecto que representara la imagen perfecta del lugar más perfecto. Cuando el Arte fuese creado por primera vez como un útil para enseñar, o para descubrir, o para orientarse en el mundo, los pintores venecianos, como el gran Canaletto (1697-1768), consiguieron plasmar en sus óleos artísticos la representación original de lo que, poco más de un siglo después, fuera la nueva invención maravillosa de la fotografía. 
Pero fue el pintor francés Corot quien, en el año 1825, cincuenta años antes de que la fotografía pudiera hacer lo mismo que él hiciera antes con sus óleos, crease el paisaje furibundo, original, salvaje, realista, poético, impreciso y sentimental que los fotógrafos querrán hacer cuando descubren, asombrados como Corot, el rutilante, esplendoroso, único y embriagador instante que la naturaleza, su luz y sus detalles confusos, puedan hacer relucir en una imagen artística extraordinaria, sea ésta pictórica o fotográfica. El pintor romántico francés Paul Delaroche (1797-1859) llegaría a vaticinar la muerte incluso de la pintura a causa de la fotografía, y lo dijo entonces por el nivel de detalle que ésta, la fotografía, llegaba a conseguir. Sin embargo, creo que esa afirmación de Delaroche es equivocada. El Arte desarrollará más nivel de detalle en su primorosa creatividad artística tan subjetiva, donde los pintores pueden mejorar así, incluso, el perfil representado de cualquier paisaje, objeto o sujeto de que se trate, ante su propia vista, reflejo o imaginación. La fotografía consigue fijar todo detalle existente, es cierto, pero éste tiene que existir antes de que la instantánea sea tomada con habilidad. El Arte, a cambio, puede ir más allá en los detalles, componer así todo aquello que exista, o que no exista, antes, durante o después de toda representación efusiva o no de la naturaleza. Es por lo que tuvo que llegar el Impresionismo para hacer a la fotografía una competencia efectiva. Porque fueron los impresionistas los que consiguieron hacer del instante fugaz (lo que consigue fijar la fotografía sin muchos alardes) una obra de Arte cargada de belleza, de sofisticación, de insinuación y de carisma estético. El pintor impresionista francés Monet alcanzaría la gloria artística más extraordinaria al obtener, casi un siglo antes, lo mismo que hoy puede obtener la tecnología fotográfica con un instante creativo primoroso, uno donde el objetivo y la mirada del fotógrafo converjan, así, en un maravilloso momento de esplendor exultante. 
La fotógrafa artista Carmen Gallego (Utrera, Sevilla, 1973) consigue expresar ese momento creativo que los artistas y pintores persiguieron, anhelosos, tras de la luz y del horizonte como una referencia necesaria y poderosa del instante fugaz, de aquel momento maravilloso no perdido para siempre. En sus obras fotográficas, Carmen Gallego nos confunde casi al desdibujar la sutil frontera existente entre la pintura y la fotografía. Porque lo que los pintores deseaban hacer en sus óleos era llegar a emocionar con los reflejos luminosos que un paisaje pudiera expresar sin dejar de serlo. La credibilidad y la fantasía propias de lo creado debían coincidir en un instante único... Cuanto más acentuadas eran ambas cosas, más artístico era el resultado final. Los pintores podían hacerlo sin demasiados condicionantes ajenos a su creatividad. Los fotógrafos, a cambio, requieren conseguir plasmar ambos requisitos, credibilidad y fantasía, con la sola ayuda de la luz solar, de la velocidad de su objetivo y de su fría determinación subjetiva. Estas cosas las conseguirá esta artista-fotógrafa sevillana al impresionar, con su cámara itinerante, los momentos decididos, los instantes encuadrados y los paisajes y objetos que su ávida visión sensible eternice, para siempre, en la memoria pixelada de la imagen sobrevenida más creativa de la instantánea fotográfica. En estos años de especial sensibilidad ante el paisaje ajeno y salvaje de la vida, Carmen Gallego nos ofrece, en esta pequeña muestra seleccionada de algunas de sus obras, las imágenes fotográficas obtenidas de sus paisajes entre el difícil verano del año 2020 y el del año 2021. Es como un bálsamo, como una justificación, como un sosiego y una continuidad ante la destrucción o la fatiga. Sus imágenes artísticas nos transportan tanto al pasado como al futuro, dejando por ahora el presente paralizado y sin vida... Nos ofrecen sus imágenes tanto nostalgia como esperanza, tanto arraigo como determinación. Vivir es una forma de mirar; sentir es una forma de expresar el tiempo sin que éste consiga aterrarnos la existencia. Con estos elementos necesarios y su especial sensibilidad ante la luz y las sombras, Carmen Gallego nos regala la maravillosa interpretación de la imagen fotográfica recreada, la artística, esa obtenida con la mirada, con el encuadre, con las lentes, con los tiempos o con la misteriosa realidad tan indefinida del mundo.
(Obras fotográficas de la artista-fotógrafa Carmen Gallego Mena: El bosque mágico, 2020; Castillo en el mar, 2021; Sombras en el mar, 2021; Amanecer, 2021; Cielo azul sobre un mar negro, 2020; Atardecer, 2021; Oro en el cielo, 2021; Colección Privada, Utrera, Sevilla.)