Desde la edad que disfrutamos nos es muy fácil constatar que en las salas de espera se congregan muchos ciudadanos coetáneos que, uno piensa, bien podían ocupar su tiempo en otra cosa. Pero ese en un juicio superficial y muy probablemente injusto. Seguro que cada caso tiene su mérito.
La demanda asistencial de los adultos es autónoma. Van al médico cuando les parece. En Pediatría, quien decide demandar asistencia no es el paciente sino sus padres, y esa intermediación incluye que a veces sea porque lo necesita el niño paciente y otras porque son los padres los que la necesitan.
Los sistemas informáticos de los centros asistenciales, ambulatorios, Urgencias o consultas, permiten detectar fácil y objetivamente los hiperfrecuentadores. La mera opinión de los profesionales no vale ni basta porque hay gente que por su actitud, su atuendo o su comportamiento siempre nos parece que “los tenemos demasiado vistos”. Pero los sistemas informáticos se tienen que revisar periódicamente. Y cuando se detecta un hiperfrecuentador lo correcto es investigar la causa.
Desde aquí podemos afirmar categóricamente que detrás de cada hiperfrecuentador hay un problema social. Incluso cuando se trata de pacientes pediátricos crónicos con patologías complejas. En esos casos porque quizá no se han arbitrado pautas de seguimiento lo suficientemente eficaces. En otros igual se oculta una distocia familiar o una enfermedad mental materna. Un poco más lejos queda el síndrome de Munchausen por delegación, que es una forma de malos tratos.
El hiperfrecuentador requiere asistencia. Muy probablemente social.
X. Allué (Editor)