Identificarnos con algo es renunciar a nuestra identidad esencial. Hemos sido educados para renunciar a nuestra presencia, fragmentando nuestra identidad en diversas creencias, hasta el punto de olvidarnos de quién realmente somos: es la danza de las falsas identidades, de los velos que ocultan nuestro ser...
A fuerza de bailar al son de músicas que no son la nuestra hemos perdido nuestro centro, y con él nuestro poder de ser nosotros mismos. ¿De qué sirve defender tal o cual creencia si no reconocemos a quién la habita? ¿De qué sirve sentirse orgulloso de pertenecer a una nación o grupo social si no nos pertenecemos a nosotros mismos? Identificarse con algo que no sea nuestro propio ser nos convierte en su esclavo, pues le cedemos nuestra identidad.
Sólo recuperando nuestra presencia podremos iluminar con sabiduría nuestras creaciones; crear habiendo cedido nuestra identidad es hacer de nuestras creaciones nuestra celda.