En su segundo largometraje como director, el japonés Genki Kawamura ha decidido cambiar completamente de registro --tras la melancólica Cien flores (2022)-- adaptando un videojuego que lo petó en 2023 (The Exit 8). El filme --Exit 8 (2025)-- exhibe numerosos elementos dramáticos y recursos técnicos en este tipo de historias, a medio camino entre la experimentación y el puro divertimento terrorífico. En eso no ha arriesgado demasiado; sabe que el terror se presta como pocos géneros a estos formatos. Para empezar, la línea argumental: absolutamente mínima, limitada a un fragmento de pasillo del metro que actúa como una auténtica cinta de Moebius, donde en cada recorrido es necesario superar una prueba diferente e imprevista antes de acceder al siguiente nivel. Cada iteración va revelando poco a poco no sólo la naturaleza del juego y la estructura de la película, sino ahondando en la disyuntiva vital en el que estaba inmerso el protagonista en el momento de quedar atrapado. En segundo lugar, un relato que se cuestiona a sí mismo constantemente (no sabemos nunca a ciencia cierta si lo que vemos es real, parte del juego o la imaginación distorsionada del protagonista), incluyendo cambios de narrador y punto de vista. La primera vez que sucede resulta sorprendente, abriendo la historia a una complejidad que hace más llevadera la tozuda repetición del mismo recorrido y la obsesión por pasar la prueba. Pruebas en las que cabe todo: retos alineados con el objetivo de cualquier videojuego, posibilitar alardes de efectos especiales --incluido un clarísimo homenaje a El resplandor (1980)-- y fragmentos sentimentales bastante pillados por los pelos. Pero todo se sostiene porque el terror experimental lo aguanta casi todo. El secreto es saber encontrar el equilibrio entre lo inesperado y lo previsible. Y Kawamura lo consigue la mayor parte del tiempo.
La cosa es que Exit 8 se disfruta a pesar de las reiteraciones, los tópicos genéricos y los derroches puramente estético-técnicos. Sabemos que estamos ante una película experimental, consciente de que --en estas circunstancias-- las audiencias bajan la guardia y toleran cierto grado de complejidad y de rareza. Al final, como no podría ser de otra manera, el propio filme provoca que el espectador desconfíe de cuál es la verdadera solución del juego. Porque tanto da qué es verdad y qué es mentira, la cosa va de pasar un buen rato y no quedarse con la sensación de que existe una única realidad.