La Tragedia de Hamlet, Príncipe de Dinamarca, se escribió entre 1599 y 1601, hay dudas sobre la fecha exacta, y es sin duda la obra mas famosa de Shakespeare, y el monólogo "Ser o no ser" trasciende mas allá de lo meramente teatral y literario, formando parte de la cultura popular, y siendo posiblemente el fragmento teatral mas conocido de todos. Varias son las fuentes de las que bebió Shakespeare para contar los avatares que acontecen en la Corte de Elsinor con tan graves consecuencias para sus protagonistas. Desde Arabia hasta España pasando por Bizancio, lo que se nos cuenta en Hamlet ya fue narrado de forma mas o menos parecida en múltiples leyendas. La retórica utilizada de una forma tan brillante, la complejidad de la psicología de su personaje principal, así como las dudas (nunca mejor dicho) que plantea en el respetable, ya han sido analizadas desde tantos prismas, que no me voy a poner ahora a descubrir la pólvora. Hamlet con sus dudas existenciales, que en algún momento tan caras paga, la grandeza del mensaje que destila, y la tremenda humanidad, para bien y para mal, de sus personajes, conmueven y epatan de la misma forma que lo hicieron hace 400 años, porque la psique de nuestra especie, se mantiene exactamente igual ahora que entonces, y los conflictos por los que nuestro héroe transita están en total vigencia hoy en día sin que se pierda un ápice de frescura. El lenguaje elevado pero asequible de la obra, la carga filosófica que entraña, y la mas que bien hilada trama son las principales virtudes que destacan a este Hamlet, que ya fue muy alabado en los tiempos de su autor.
La versión que esta crítica ocupa, viene firmada por el propio Miguel del Arco, encargado a su vez de la propuesta escénica. Si bien es cierto que el texto está sensiblemente recortado, y que la famosa frase "algo huele a podrido en Dinamarca" ha sido eliminada, en líneas generales funciona, y no se ha esquematizado tanto como ultimamente parece ser que está de moda, resultando la versión coherente, comprensible, y muy dinámica. Hay ciertas actualizaciones en el lenguaje que no acabaron de convencerme, y que curiosamente en vez de acercar a sus personajes los alejan, ya que no resulta fácil entrar en el juego, aunque la visión de los personajes sea contemporánea nos cuesta que el lirismo shakesperiano se rompa con modismos actuales o coloquiales anglicismos que empañan un poco el tratamiento del texto.Vayamos con el elenco:
José Luis Martínez, correctísimo como Polonio. Martínez brega a la perfección con un personaje difícil, y al que su insoportable verborrea le convierte en ciertamente antipático para el respetable. Martínez trufa a su personaje de las suficientes dotes de cinismo y servil pedantería, como para que nos creamos a su Polonio, y que no se quede en un mero pesado que habla y habla sin parar. Entendemos perfectamente su forma de actuar y sus motivaciones, algo muy de agradecer en un personaje que muchas veces no se cuida lo suficiente.Cristóbal Suárez, como Laertes, no termina de redondear su actuación, ya que algunos recursos resultan insuficientes, en los momentos mas comprometidos del personaje. Laertes es un hueso duro de roer especialmente cuando regresa a la corte y se encuentra todo el pastel con su padre muerto y su hermana demente, el recorrido que tiene que hacer el personaje es muy complicado, y debe ser resuelto de forma rápida y creíble. Suárez no convence y no acaba de llegar a la emoción desde la verdad, algo que resiente su interpretación, muy bien resuelta en lo físico, y que tiene su momento álgido en el duelo final con Hamlet de brillante planteamiento a todos los niveles.Ana Wagener, como Gertrudis, se encuentra magnífica en una medida creación que va de menos a mas, tal y como el personaje requiere, y que llega al paroxismo en un crudo momento de anagnórisis en la famosa escena con su hijo. Pretendidamente vulgar, y alejada de las visión habitual que de la reina de Dinamarca se suele dar en Hamlet, Wagener demuestra una vez mas su altura como actriz, sacando lo mejor de si misma incluso cuando no dice nada. Tener una Gertrudis de su nivel es todo un lujo que parece no estar del todo aprovechado en el montaje, pero que Wagener por encima del bien y del mal, consigue convertir a su reina en una filigrana en la que se aúna ligereza, profundidad y cierta retranca, con solidez y una enjundia actoral cargada de empaque físico y escénico. Soy muy de Wagener lo reconzco, me parece una soberbia actriz que nunca defrauda, y en este caso no podía ser menos.Daniel Freire como Claudio, irregular. Varios problemas nos encontramos a la hora de enfocar su interpretación, el primero la excesivamente estereotipada visión del villano, que en algunos momentos peca de histriónica, resintiéndose el resultado final que encontré algo superficial, así como un extraño juego con su acento en el que no llegamos a saber si es que pierde el papel o que ha sido marcado así. Si el actor es argentino como en este caso se trata, se debe afrontar sin complejos, y si la propuesta es que dependiendo del personaje que el actor representa se mantiene o no el acento, debe ser así durante toda la función, por tanto si la apuesta es que Claudio no tiene acento, no lo debe perder en sus intervenciones. Freire no me llegó y me pareció que no dota de suficiente peso a su personaje, desdibujándose en exceso a medida que avanza la función.Ángela Cremonte, como Ofelia. Mayúscula a todos los niveles. Desde el acierto total de la visión de su personaje que se da en la función, y que sin duda es mérito de Miguel del Arco, hasta la solidez con la que Cremonte aborda su personaje, dotándolo de carácter e inteligencia, algo que otras veces en Ofelia brilla por su ausencia. De gran capacidad dramática, sirvió un soberbia escena de la locura, muy difícil de defender, y que en una actriz de menos solvencia podría caer en lo ridículo, con Cremonte se convierte en un ejercicio de sabiduría escénica y emocional que llega sin el menor problema al respetable entrando automaticamente en el código de la escena. La Ofelia que Ángela Cremonte plantea es sensual y sensible y sobre todo rezuma el amor de nuestra actriz por su personaje, así se aprecia, y así se debe agradecer en una creación mas que estimable, y de gran porte a todos los niveles.Israel Elejalde como Hamlet. ¡IM-PRE-SIO-NAN-TE señores! alejado de cualquier afectación y con una etérea composición física del personaje que cuadra perfectamente con la visión del mismo, siendo el conjunto de su trabajo fascinante a todos los niveles. Elejalde mide cada palabra y cada intención de forma prodigiosa, en una fastuoso trabajo del texto en el que nada está de mas ni de menos. No hay un exabrupto gratuito ni un solo recurso que busque los fuegos de artificio de forma efectista. Todo está justificado y todo tiene un perfecto recorrido, especialmente en los monólogos de tan complicada ejecución y que en manos de nuestro actor adquieren una profundidad y una claridad en la exposición realmente encomiables. Entendemos a Hamlet, incluso en la discutida escena en la que no mata a Claudio aunque lo tenga a la altura de la mano. El profundo estudio psicológico de Hamlet que Israel Elejalde lleva a cabo apabulla, y lo hace por la inteligencia con la que está llevado a cabo, la honestidad que se desprende de su trabajo, y la aparente sencillez de lo que hace, que se convierte en enormidad cuando se va viendo el calado tan profundo e interiorizado de lo que nos cuenta y como nos lo cuenta.En resumen, una propuesta altamente recomendable, de una calidad indudable, y que merece ser vista, máxime cuando se nos brinda una segunda oportunidad de hacerlo a los que nos la perdimos en su estreno. Hablamos de teatro a un nivel de excelencia superlativo, y que resulta muy interesante desde todo prisma.
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