El receptáculo de la materia humana no está dispuesto a recibir cualquier forma de poder. Siempre está cualificada para ciertas posibilidades y no para otras. Durante milenios, la forma de la república parecía predispuesta a la sola posibilidad de organizar el poder político. La necesidad de ordenar la distribución del agua de regadío creó la primera policía central, el primer poder organizado. La religión dio la administración de los Estados fluviales a castas sacerdotales, con pontífices-reyes. Los templos eran palacios y almacenes de granos. El rapto de hembras y esclavos, junto con el comercio, empujaron a cruzar los mares. El modelo mítico de una forma de poder monocrático se expandió por contagio a todos los pueblos, incluso a los de secano, porque disminuía las hachas por el poder tiránico. La tiranía sacerdotal duró hasta que el comercio y la cultura politeísta crearon la civilización, con la democracia y la República en las ciudades-estado. El perecimiento de la civilización clásica hizo retornar los pueblos europeos al modelo mítico, con señores de la guerra y de la Iglesia, hasta que la Ilustración reclamó el derecho de la razón para sacar a la humanidad de su permanente estado de servidumbre. La independencia de Estados Unidos y la Revolución francesa abrieron la posibilidad de organizar el poder estatal mediante la libertad colectiva. Los europeos aun no lo hemos logrado.