La España pequeña: de Salamanca a Castellón pasando por Guadalajara, Zaragoza y Teruel

Por Masqueudos

Hace cuatro días empezamos un viaje sin rumbo fijo que empezó como casi todo lo que pasa en mi vida en los últimos tiempos: con un asunto de trabajo. Lo digo con la pena de depender en un altísimo porcentaje de todo lo que m pasa profesionalmente para poder organizarme, per también con la alegría d estar aprendiendo a disfrutar,  como me ha pedido millones d veces la gente que tengo cerca. Sea cual sea la circunstancia, el inicio, la situación, aprender a disfrutarla. Y así lo he hecho.

De la fantástica biblioteca de Guadalajara donde tuve la inmensa suerte de compartir la forma de entender la lectura que practicamos desde Unpuntocurioso, pusimos rumbo fijo a lo que nos marcara la carretera. Y acabamos en el Balneario de la Virgen de Jaraba, justo al lado del increible Monasterio de Piedra. Tenía entendido que era un lugar mágico desde que leí a Paulo Coelho pero la realidad supera con creces a la literatura, en este caso.

El paseo por los alrededores del río Piedra es un auténtico regalo para los sentidos. Cascadas, grutas, los colores de la naturaleza en otoño en su máximo esplendor… La tranquilidad, por fin, de no tener nada más en la cabeza que respirar, poner un pie delante del otro y caminar, asi todo el rato. El propio Monasterio es también un lugar d recogimiento que, aun haciendo sido expoliado varias veces mantiene todo su espíritu de quietud y majestuosidad.

En esa zona tan bonita de Zaragoza descubrimos una parte de la España rural que quiere quedarse pero no puede. Carreteras descuidadas, dependencia del turismo de interior, industrias que se asientan lejos de donde pueden dar vida. Y pocas soluciones a la vista.

De allí nos fuimos a Teruel y descubrimos una ciudad pequeña pero con encanto. Del empeño de algunos por evitar su abandono se nos quedó grabado a todos en los oídos aquel mensaje que decía “Teruel existe”. A pesar de la orografía, del abandono de algunas instituciones o de la falta de una referencia para poner su nombre de moda, es una ciudad que tiene mucho que contar, especialmente en lo que se refiere a su historia, que podeis disfrutar en el Museo Povincial. Luego sus paseos, sus rincones con encanto.  ella uno se da cuenta de que hay que aprender a leer las ciudades. Huir del ruido, las visitas demasiado organizadas y el turismo de masas para acabar descubriendo los mensajes sencillos que esconden en cada rincón.

Entregados a la improvisación acabamos durmiendo en un hotel de carretera después de una visita fugaz al cementerio de aviones de Teruel (muy curioso) y al bonito pueblo de Albarracín (demasiado entregado al turismo). A la mañana siguiente pusimos rumbo a lo que si que empezamos a considerar el final de nuestro viaje: Castellón. Y llegamos justo a tiempo para dar un paseo por la playa con 17 grados de temperatura, descansar en el puerto y comer un delicioso arroz en el Rincón del Marinero. Y es que a veces, el mejor plan es simplemente no tener plan.

Solo con experiencias de este tipo recuerda uno que lo importante no es dónde llegas sino cuánto disfrutas del camino. Y en ello estoy, ahora con fuerza y con seguridad: en DISFRUTAR.